Desde pequeñito, siempre he sido indeciso por naturaleza. Jamás supe qué contestar a la típica pregunta de ¿qué quieres ser de mayor? Porque no lo sabía, no era capaz de discernir si alguna cosa me llamaba más la atención que otra. Cuando iba a la pequeña tienda que había frente al colegio para comprarme una chuchería, no sabía cuál elegir. Al final siempre me quedaba sin ninguna y con una rabieta de muy señor mío. Lo recuerdo como si lo estuviese viviendo ahora mismo.
No sé si se trataba en realidad de indecisión o de un excesivo comportamiento conformista, pero lo cierto es que era incapaz de tomar ni una sola decisión. No podía elegir entre el color de dos cuadernos, por ejemplo, porque la verdad es que me daba igual uno que otro. En cualquier caso, me diese igual o no, no podía decantarme por uno u otro. Y así en todos los demás aspectos de mi vida.
Como consecuencia de mi incapacidad de decisión, mis padres comenzaron a tomar todas las decisiones por mí. Decidían la ropa que debía ponerme cada mañana, lo que debía comer, las actividades que debía realizar. Decidieron qué estudios debía cursar para asegurarme un mejor porvenir, decidían con quién debía salir y con quién no, llegaron a decidir incluso cuál sería la mujer con la que yo compartiría mi vida, la guapa hija de unos de sus mejores amigos. Decidieron la fecha de nuestra boda, así como dónde debía celebrarse, sin darle a ella siquiera la posibilidad de expresar su opinión al respecto. Tal era la costumbre que se había afianzado en ellos, con tal de que yo no tuviese que pasar por ese mal trago que suponía para mí tomar una elección.
Tras nuestra boda, mi esposa, que ya conocía en profundidad mi gran debilidad, ocupó su lugar con grandes honores. Decidió el puesto de trabajo que me convenía, cuándo era el momento de tener hijos y los nombres que tendrían, si irían o no a la guardería y, por supuesto, a cuál. Decidía incluso la hora a la que yo debía irme a la cama por la noche. Cuándo tendríamos sexo y cuándo no, mi corte de pelo, si debía o no dejarme barba y un sinfín de elecciones más, como, por ejemplo, cuál era la alimentación más conveniente para mí. Es un amor.
He de confesar que yo me sentía muy cómodo con esta situación. Gracias a mis padres, hoy tengo una profesión con futuro, una mujer maravillosa y unos amigos excepcionales. Gracias a mi esposa tengo un trabajo en el que me siento muy a gusto; sin responsabilidades, claro, jamás me atrevería a tomar ninguna de esas grandes decisiones empresariales. Gracias a ella, también tengo unos hijos preciosos, cariñosos y que crecen sanos, fuertes y muy bien educados. ¡Y todo ello sin tener que tomar ninguna decisión! Me levanto por la mañana y tengo preparada la ropa que he de ponerme ese día, un desayuno equilibrado y la ruta que debo seguir con el coche para llegar hasta mi trabajo, en función de las previsiones de tráfico.
Para mí, ser indeciso desde mi nacimiento, o conformista, o como queráis llamarme, esta situación era idílica. Hasta hoy. Llevamos ya varios días en mi destino de vacaciones, elegido por mi mujer, por supuesto y para mi alivio. Hasta ahora siempre hemos hecho lo que ella ha propuesto, pero esta tarde… Esta tarde no sé qué me ha ocurrido, pero me ha apetecido salir a dar un paseo solo. ¡He tomado una decisión! ¡He tomado la decisión de salir yo solo! Y la verdad es que no sé si alegrarme por ello o echarme a temblar. Lo cierto es que todo iba bien. El paseo estaba resultando muy placentero, me sentía cómodo. La brisa marina del atardecer me acariciaba y acompañaba en mi improvisada excursión. Hasta que me encontré con algo que elevó mis niveles de ansiedad hasta límites superiores a los que podía soportar. En mitad del paseo, un alto poste se imponía delante de mí, desafiándome. En él se veían infinidad de carteles señalando diversas direcciones, diversos destinos, diversas atracciones. ¡Ay, madre! ¿Y ahora qué hago yo? Por favor, que venga alguien y me ayude a decidir qué camino tomar. Soy ese hombre sentado bajo el poste, abrazado a sus piernas, que lleva en la misma posición desde mucho antes de que se pusiera el sol.

Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...

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