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Fue después de aquella noche cuando realmente nos conocimos, en el más amplio sentido de la palabra. Te conocí a ti y me conocí también a mí, en una nueva faceta oculta en mi interior desde quién sabe cuándo y que jamás habría identificado como mía.
Mi vida no podía ser más corriente. Transcurrían los días en un constante ir y venir de casa al trabajo y vuelta de nuevo del trabajo a mi casa vacía, que solo me esperaba a mí. Llegaba a casa, me ponía el pijama, tomaba una cena ligera y solía dormirme temprano acompañada del ruido de ambiente que producía alguna de las series de moda. Para volver de nuevo al trabajo y vuelta a empezar, en un enorme círculo vicioso de monotonía rutinaria del que ni sabía ni quería salir, acomodada como estaba con mi situación.
Me había acostumbrado de tal manera a vivir sola que ya ni siquiera era capaz de soportar el hecho de compartir cama con un extraño durante unas horas en la noche. Mi soledad, auto impuesta y disfrutada, era mi modus vivendi y ya no quería renunciar a ella bajo ningún concepto. Vivía bajo una especie de clausura que solo se veía interrumpida por las largas horas de trabajo en la oficina. Lo que, al fin y al cabo, era otra clausura.
Por eso me sorprendí tanto a mí misma cuando me encontré aceptando la invitación para asistir a la fiesta de carnaval que se iba a celebrar en mi empresa con motivo de la coincidencia con su décimo aniversario. Normalmente solía eludir cualquier tipo de evento de este tipo, una manera perfecta de esconder mi personalidad tímida por naturaleza, de protegerla cuando no llevaba puesta esa máscara con la que cada mañana me cubría antes de partir para el trabajo. Yo era la reina de las excusas, tenía para cualquier ocasión. Quizá por eso precisamente acepté la invitación, porque sería un baile de máscaras y podría ir escudada tras otra nueva, todo lo diferente que quisiera de la habitual, y puede que esa posibilidad me atrajese. Más bien, habría de decir que esa posibilidad me atraía bastante.
Creo que sería interesante, si tuviese que realizar un análisis de mi personalidad, tener en cuenta el detalle de que me preparé para esa fiesta con el esmero de alguien que hace años que no asiste a un evento en sociedad. Escudada tras mi máscara, podría brillar con esa luz tan ausente en mi vida cotidiana. Protegida en la intimidad de mi hogar y con los nervios a flor de piel, dediqué varios días a rebuscar en la gran red la máscara apropiada, aquella que fuese más diferente a mí. Supe que sería la elegida en cuanto la vi.
En tonos grises, era una máscara veneciana entretejida muy sugerente, rodeada de delicadas plumas. Me encantó en el primer vistazo. Las hermosas plumas serían más que suficientes para esconder casi la totalidad de mi rostro. El único detalle que me hizo dudar fue que venía acompañada por un juego de esposas, también envueltas en plumas del mismo tono, haciéndolas suavemente mullidas. Estuve indecisa durante varios días, intentando que los nervios que me consumían por dentro pasasen inadvertidos para mis compañeros de trabajo. Al final, no pude resistirme a comprar el juego. La máscara ejercía un magnético influjo sobre mí. Las esposas también, pero eso no lo sabría hasta más tarde.
Cuando llegó el día de la gran fiesta, me maquillé cuidadosamente, algo que llevaba años sin hacer, y me vestí para la ocasión. Me permití el lujo de comprar, para mi simple disfrute, un conjunto de lencería que acompañase a la máscara que cubriría parte de mi rostro. Un corto vestido de tirantes gris, fabricado con suave seda, completaba mi atuendo, junto con mis mejores sandalias de tacón. Justo cuando estaba a punto de salir de casa, en un arrebato de osadía, introduje en mi pequeño bolso de fiesta las esposas, que me tentaban ociosas desde la mesa del salón.
Reparé en ti en cuanto llegué a la fiesta, muy segura de que nadie me reconocería bajo mi elegante máscara y mis labios recubiertos de carmín rojo. Y, por completo decidida a adquirir una nueva personalidad aquella noche, fui directa hacia ti. Era consciente de que incluso mis movimientos resultaban más felinos, dotados de una enorme sensualidad, por completo desconocida para mí. Me observaste con la mirada protegida por tu máscara de cuero negro hasta que llegué a tu encuentro. Sin mediar ni una sola palabra nos fundimos en un apasionado beso y, en menos de media hora, justo el tiempo necesario para tomar una copa, desaparecimos de aquella fiesta como escurridizos ladrones escondidos entre las sombras de la noche, directos hacia nuestra fiesta particular.
El hotel más próximo fue testigo de la noche más apasionada de mi vida, con alguien que se suponía debía conocer pero que continuaba siendo un completo desconocido. Mi única condición había sido que mantuviéramos las máscaras en todo momento, y así lo hicimos. No podía permitirme sacar mi verdadera personalidad a flote, no si quería que aquella maravillosa noche continuara. Aún me recuerdo esposada a la cama con mi máscara veneciana como única vestidura, mientras tu cuerpo se adentraba en el mío una y otra vez. Y aún un escalofrío de placer me recorre de la cabeza a los pies al recordarlo.
No recuerdo el momento en que me quedé dormida, pero cuando desperté, avanzada la mañana, me encontraba sola en la enorme cama que aún mantenía tu aroma. Sobre la mesilla, un ramo de rosas me esperaba. No encontré ni rastro de la máscara ni de las esposas por ninguna parte. Regresé a mi casa azorada por completo, preocupada por las consecuencias que podría tener aquello para mí. Avergonzada por todas las cosas que había sido capaz de hacer la noche anterior con una persona que no sabía ni siquiera quién era. Un compañero de trabajo desconocido que sí sabía quién era yo.
Fue tal la desazón que me causó, que por primera vez en la vida fingí una enfermedad y no salí de mi casa durante tres largos días. Me sentía incapaz de regresar a mi puesto de trabajo, muerta de vergüenza como estaba. Cuando por fin lo hice, encontré sobre mi mesa un ramo de flores junto a una hermosa cajita que contenía mi máscara y las esposas. Miré a mi alrededor, buscándote. A aquella hora, tan temprano en la mañana, solo acostumbrábamos a estar en la oficina dos personas. Casi todos los días nos reuníamos a tomar un café. Te visualicé sentado en tu mesa, mirándome fijamente con una gran sonrisa. Jamás imaginé que el chico más tímido de la oficina pudiese llegar a comportarse de la manera en que lo había hecho aquella noche.
Tras esa noche fue cuando nos conocimos de verdad, a pesar de ser amigos y compañeros desde hacía años. Fue cuando te conocí a ti y cuando me conocí a mí misma. Y desde entonces, ya sin máscaras, podemos al fin ser libres el uno junto al otro. Y desde entonces, sin máscaras, disfrutamos juntos de una pasión desmedida que los demás jamás creerían. Era nuestro pequeño secreto.

Photo by Rafae_ Silva

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Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...

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