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Veo tristeza en su tierna mirada felina. En el silencio de la noche, ni él ni ninguno de sus compañeros se atreven a emitir sonido alguno. Pero todos están alerta, bien despiertos, agudizando los sentidos por lo que pudiera ocurrir. Ni siquiera yo, envuelta en las sombras para pasar desapercibida, me atrevo a hacer el mínimo ruido. Sé perfectamente dónde me encuentro y cualquier paso en falso podría hacer que mis huesos terminaran tendidos sobre el asfalto.

Mi amigo me ha visto, me reconoce, intenta realizar un tímido gesto de alegría, pero se contiene una vez más. Ya ha visto lo que les ocurre a los compañeros a los que se les ocurre armar algarabía durante la noche. Jesús, el vigilante, tiene un humor de perros y no duda en disparar el arma que guarda de manera ilegal bajo la cinturilla de su pantalón para terminar con el alboroto. Había visto caer a muchos de sus compañeros allí.

Él aún no comprende la situación en la que se encuentra, pese a llevar allí dos largas semanas. No entiende por qué un día salió a dar un paseo como tantas otras veces y fue encerrado a la fuerza en una sucia camioneta repleta de compañeros como él. No regresó a su hogar, donde le esperaba el cariño, su mullida cama y el plato rebosante de comida al lado de la chimenea.

Me costó mucho encontrarle. Recorrí todas las calles del barrio, pegando carteles avisando de su desaparición e incluso prometiendo una suculenta recompensa. Era mi mejor amigo, mi compañero, y no aceptaba su pérdida así porque sí. Yo sabía, aunque nadie de mi familia me apoyase, que él no se marcharía de aquella manera. Él siempre regresaba al calor del hogar. Regresaba para abandonar su cama y tumbarse sobre la mía ofreciéndome su calor.

Fue un día por casualidad. Me alejé bastante del barrio y me encontré ya en las afueras de la ciudad. Allí todo era campo. Bueno, más que campo era un inmenso descampado poblado de pequeñas chabolas, nidos de droga y de ocupaciones fuera de la legalidad. Mis pasos me llevaron a caminar por detrás de una decena de jaulas amontonadas, de las que se escapaban sordos los maullidos de todos los gatitos que allí se hallaban encerrados. Entonces le reconocí. Era él. Mi querido amigo, mi compañía. Divisé una pequeña oficina destartalada en un rincón y me acerqué a ella con temor. Mi instinto sabía que no debía levantar sospechas ni identificarme, que las cosas no tendrían buen color para mí si lo hacía. Aquel señor cubierto de mugre, sorbiendo sopa directamente de una lata y que me miraba con ojos depredadores, me pidió varios cientos de euros por cualquiera de los “animaluchos” que allí tenía. “Son todos de las mejores razas”, me decía. Con un guiño extraño en los ojos realizó un intento de acercamiento a mí. Aquella mirada libidinosa me provocó una arcada que no pude reprimir, por lo que terminé llenando más de mugre aquella asquerosa oficina. Salí corriendo como alma que lleva el diablo.

Ahora sabía dónde estaba. Solo debía trazar un plan y rápido, no sea que aquel “señor” vendiese a mi querido amigo antes de que yo lo salvase. Lo hice sola. No quería que nadie más viniese conmigo y pudiera estropear algo.

Fue a altas horas de la madrugada cuando llegué allí cual vulgar ladrón, vestida por completo de negro y con un pasamontañas que cubría mi rubia cabellera y ocultaba la mayor parte de mi rostro. Agradecí a mi afición a la escalada el poder usar los pies de gato para poder acceder al recinto con el mayor sigilo del mundo. Jesús, el asqueroso, dormía a pierna suelta dentro de la oficina, emitiendo unos sonoros ronquidos. “Mejor”, pensé para mí, “así me enteraré de si despierta”.

Voy a obviar la manera en la que aprendí a abrir cerraduras sin la llave correspondiente, porque se supone que soy una chica de bien. Pero el caso es que sé hacerlo. Cuando vi la triste mirada de mi amigo asomar a través de la jaula, no pude evitar derramar unas cuantas lágrimas, que cayeron sobre el suelo arenoso dejando gruesas marcas húmedas entre la sequedad que había allí. Cuando él me vio, hizo un pequeño gesto que reprimió al instante y, de alguna manera, sé que avisó al resto de compañeros para que hicieran lo mismo. Eso o todos callaron por instinto cuando me vieron acercarme a sus jaulas y liberar las cerraduras. La última fue la de mi amigo.

Parece que se hubieran puesto de acuerdo, pues todos esperaron inmóviles en sus jaulas, observándome con sus miradas felinas, hasta que abrí la de mi querido amigo. Entonces sí, una vez todos liberados de cerrojos, huyeron de allí con la misma celeridad con la que yo corría con mi compañero en brazos, mientras recibía agradecidos lametazos en la cara. Corrí y corrí hasta casi desfallecer, mientras oía los gritos de Jesús y sus pesados pasos correr sin sentido en la oscuridad. No me detuve hasta que hube llegado a casa.
Casi no pude ni responder a mi familia cuando se despertaron con el golpe que di con la puerta de la entrada tras cerrarla sobre mí. Se sorprendieron de mis pintas de ladrona de poca monta, pero eso pronto quedó relegado a un segundo plano cuando vieron entre mis brazos a mi querido gatito. Le bañé para quitarle la mugre que lo recubría y lo alimenté bien. Aquella noche la pasó conmigo en mi cama, quitándose también la mugre que recubría su delicado corazón.

Dormimos muy juntos aquella noche. Yo, con la tranquilidad de haber dejado en libertad a todos aquellos gatitos robados. Y tenía razón, el jamás me hubiese abandonado de esa manera. Ahora sabe que yo tampoco lo haré.

Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...

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