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Había perdido el sentido del humor y el deseo de salir. Estaba frío. No estaba triste, se sentía bien, generalmente bien, salvo en momentos concretos, muy poco frecuentes. Había aprendido eso de gestionar emociones. ¡Por fin! Ciertos sentimientos habían quedado atrás. ¡Ya era hora! Estaba listo para trabajar y descansar hasta la jubilación. Sin complicarse la vida: hacer lo posible por sus chavales; darse algún capricho; buscar una afición, como la fotografía, el golf o el tute; integrarse en una sociedad a la que consideraba demasiado simple, luciendo su éxito económico, que no era nada como para salir en los papeles… Envejecer, pasear… Ir quedándose solo, poco a poco a medida que sus hijos emprendiesen su propia vida. Hacer regalos en las fiestas familiares, pasar algún dinero para ayudar a la compra de tal o cual piso. Envejecer más, pasear más… Algún perro quizás entraría en su vida. Un perro grande, un amigo leal. Saldrían juntos a sentir el sol, o la noche, o el frío, o lo que fuera tocando.
Seguir envejeciendo, seguir paseando…
Siempre había disfrutado leyendo la prensa en los bancos, pero presentía que el desinterés se iría apoderando de él porque ya nunca había nada nuevo bajo el sol. Las noticias pertenecerían poco a poco a personas más jóvenes comparados con él. No podría darles importancia a esos seres, mezquinos igual que siempre, pero de inferior experiencia y cultura cada vez. LLegaría el día que no podría leer la prensa ni escuchar las canciones porque, tal como él lo percibía, el mundo se convertía poco a poco en un ecosistema de niñatos. Desde que se separó de su mujer, quedaban, eso sí, algunas compañías femeninas, que le daban una cierta ilusión de juventud retenida de la que jactarse. Se dejaba querer. Todo ello en conjunto, podría parecer triste al explicarlo, pero los años le habían ensanchado las espaldas, y podía mirar todo aquello de frente y con optimismo. Llamó a su último amorío de galán trasnochado. Una con la que estaba saliendo quizás más de la cuenta. La verdad es que ella era especial en algunos aspectos. Se sentía comprendido. No tenía nada de tonta. Conversar con ella le encantaba, era su mejor entretenimiento. Pero aquel día no se puso al teléfono. No le costó demasiado trabajo matar el rato con otra cosa.
Tres días más tarde, él le había hecho muchas llamadas y enviado correos electrónicos. A cambio había recibido respuestas lacónicas. Estoy muy ocupada. Ya nos veremos.
Él se sentía fuerte, Capaz de encajar cualquier golpe, absorber todo tipo de venenos sin pestañear. No sería ningún problema lo de aquella mujer que claramente quería poner fin a su relación. Por algún motivo ella no se sentiría suficientemente mimada y contemplada. Ya se sabe cómo son estas cosas… Notaría un poco su ausencia durante un día o dos y después… ¡No necesitaba de nadie en este cochino mundo de ratas! Solo al tiempo, para que le lleve.
Pasaron los días. Hizo muchas gestiones de trabajo, se compró algunas cosas en centros comerciales, caminó… Leyó. ¡Hasta vio televisión! Se distrajo con otras señoras, que fueron con él tan amables como la anterior…
Por cierto. ¿Y la anterior? Un día le dijo que no quería verle más. Que quería olvidarle completamente. Hasta él mismo se sintió fatuo, por creerse tan importante para aquella mujer a la que tan doloroso le resultaba quererle. ¡Qué tontería! Era una mujer maravillosa, desde luego, pero  no había por qué ponerse así.
Un domingo por la mañana, el aire apareció tan primaveral que casi le daba vergüenza respirarlo. Salió a comprar su periódico. Intercambió un par de chistes tópicos con el quiosquero y luego se sentó a comerse el diario en un banco del parque cercano bañado por un concierto de piopíos. Pasó las páginas y encontró lo normal: nuevas guerras, nuevos casos de corrupción, más declaraciones hipócritas de políticos lamentables… Leer sobre deportes era algo que no se permitía… Lo demás se lo tragó al completo. Quedó mareado de tanto leer al sol. Después, apoyó los codos en el borde del respaldo de su banco y alargó las piernas para relajarse mejor bajo el calor del sol. Junto a él había unos magníficos chopos, unos castaños, unas yedras muy frondosas… Todo muy verde y muy bonito… ¡Y poco más!
Aquel domingo no tenía interés ni en escuchar sus propios pensamientos. Sin embargo, no pudo evitarlo y se dijo algunas cosas. Por ejemplo que a veces presumimos de que ya somos capaces de vivir en soledad y en realidad lo que ocurre es que algo importante se nos ha roto por dentro. También se dio cuenta de que el momento de adquirir el perro se estaba aproximando más rápidamente de lo que esperaba. Aquellas señoras a las que iba dejando pasar por su vida no eran ella, no eran la mujer de los ojos azules.
De pronto, al pensar en el perro recordó esa cara triste que tienen algunos de aquellos animales. Mientras se fijaba en los árboles sintió que tenía mirada de un mastín solitario. Se hizo un selfy con su teléfono para comprobarlo y lo tuvo claro. Tenía expresión de perro abandonado. Aquella maldita mujer…
Rastreó por internet una canción para ella. Se la mandaría. Buscaba a toda prisa. Perderla era una gran majadería. Acudió a su memoria, buscó décadas atrás, para encontrar una canción que hablase por él. Por fin encontró una de los tiempos en los que en las discotecas se bailaba agarrados. Entonces comprendió que dentro, en un lugar muy profundo, seguía siendo el mismo chaval que escuchaba aquellas canciones, que reía, polemizaba y se enamoraba como un idiota. Hubiera querido llorar en ese momento, como si eso pudiera liberar a aquel muchacho prometedor y apasionado, pero las lágrimas salen solo cuando ellas quieren. Allí, escondido, dentro de mí, estoy yo todavía, esperando durante años a que yo mismo me vaya a buscar. Aún queda mucho de mí en mí, se dijo. Yo te iré a rescatar, voy a rescatarnos, con una mujer extraordinaria.
Pensó en sus mejillas suaves e iluminadas, su corazón precioso, oculto entre dos senos rebosantes y sensibles  y recordó también el reclamo de sus muslos. Revivió las cañas que tomaron juntos, su apoyo, las risas…  En fin: escribió su correo a la chica de los ojos azules  y tras adjuntar el enlace a una cancioncilla, quizás infantilmente empalagosa, “If you leave me now” de Chicago, 1975, le dijo: por favor, de verdad, quiero que vuelvas. Yo te necesito. Y yo también. Los dos te queremos. Tanto el chico apasionado como el hombre maduro y triste, estamos por ti. Vales la pena. Vuelve. Si tú nos aceptaras a este par de muermos, nosotros estaríamos encantados contigo. Vuelve. Eres nuestra oportunidad de empezar por el principio.
Y al clicar para el envío, cerró los ojos como rezando.

Photo by todo tiempo pasado fue mejor

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Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
Enrique Brossa

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Comments

  1. Me ha gustado mucho esta contemplación de lo viejo y lo nuevo, de la resignación y la soledad, la esperanza y el recuerdo. Deja un gusto amargo muy agradable después de leerlo. De verdad, muy buena mezclas de sensaciones.

     

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