Una cosa es suspirar… Yo no estoy para suspirar. Y otra cuestión distinta es llenar los pulmones de la paz de la noche. Es que este mayo especial… Te veo como cuando nos hemos despedido contentos y entonces respiro. No quiero ponerme así, seguramente será peor que suspirar, lo sé, pero… yo creo que esto es otra cosa. Es hinchar el pecho de gratitud cuando mi mente recrea tu imagen. Me siento muy bien. Te pienso y creo que el mundo me lleva a ti, y que la vida acaba también felizmente en ti. Ya sabes lo que quiero decir… así que a ver si me lo explicas. Inspirar pensando en tus mejillas de cristal, que se ponen coloradas cuando nuestras risas se desatan. Estamos tan cerca… Esto no es suspirar. Esto es otra cosa. Me pongo un poco tonto, pero nada más. Me doy cuenta enseguida y toso, como disimulando aunque nadie me ve.

Sé que tiene que ser un espejismo. ¡Vamos, yo no creo en esto! Pero me siento realmente bien. Tan bien… ¡Da igual que no me lo crea! Te agradezco que hayas aparecido, eres un regalo. Mis años mozos, tan abruptamente interrumpidos, emergen de nuevo sin complejos décadas más tarde, gracias al deseo que tengo de andar contigo por la calle, pasar mi mano por tu hombro, y hablar y hablar y andar, aunque sea dando vueltas a la misma manzana, qué tontez la mía, y mirarte y reírnos. Esa risa que no se acaba… Claro que hay otras cosas entre nosotros, pero… Lo raro es estar encantado con andar. Eso es raro, sí. Pero simplemente esto ya me hace sentir único, como si Dios no mirase a nadie más y estuviera pendiente de mandarme lo mejor. Inhalo el aire de la calle, que será mejorable, sin duda, pero yo me siento afortunado y en paz. Te vas, vuelves a tu casa, y yo pienso: qué bien que me va andar contigo. El bienestar permanece flotando a mi alrededor, o yo floto en él, aunque te vayas, porque sé que quiero repetir. Y descubrir lo que uno quiere de verdad da toda la fuerza del mundo. Y no sé por qué me pongo agropecuario, cuando soy cien por cien de ciudad, pero me salen tonterías, majaderías todo, pero majaderías de romanticismo agropecuario…como cuando me digo cosas como que tú eres el campo que quiero labrar. ¡Qué labranza ni qué campo! ¡Yo lo que quiero no es labrar! Trato de descontaminar mi cabeza de esas voces que suenan como la mía pero que no son yo en absoluto, las repudio, abomino de ellas. Todo eso sobra. ¡Fuera de mí esas monsergas! Lo que no sobra en absoluto es volverte a ver. Eso sí que es de verdad.

La serenidad vuelve a mí al pensarlo. Lleno otra vez el tórax todo lo que da de sí con la noche de este mayo. No hay nada como respirar a gusto. Y eso es lo que me pasa, que yo no suspiro nunca. Pero eso sí lo hago: respirar hondo, eso sí. Por un momento creo entender el sentido de la vida. Hay que mantener este conocimiento, esta sabiduría, esta Verdad revelada, que me llega por tu forma de mirar.

Pero la certeza de haber comprendido el mundo se escapa enseguida y yo querría retener esos instantes de lucidez pasando las tardes contigo. Pasando contigo los días.

Cuando llega la noche, suelo hacerlo: respirar hondo, beber agua fresca pensando en tus besos y luego acostarme feliz. De tan bien que estoy… estoy de pena.

Photo by Adrian Fallace Photography

Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí: Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.

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