Dios mío, estoy agotado. Tengo un sueño tremendo. Me siento muy bien, de maravilla tumbado en esta cama, pero se me cierran los ojos. Me fijo en los tuyos. Sonríen. Los cierro y de inmediato se mezclan mis pensamientos como si empezase a soñar. Digo algunas cosas incoherentes. Me encanta verte sonreír, pareces tan feliz que me contagias. Mi cabeza es como una coctelera llena de sensaciones agradables, que no se agita, pero se nota algún tipo de mensaje rítmico que de puro sopor no logro identificar. De nuevo, abro los ojos, no sé lo que me ha despertado, pero tu sigues ahí, con el joystick, divertida, como una reina, sentada sobre mis piernas dándole al videojuego, que es algo que a ti te encanta. Me miras y te encoges de hombros, con una mezcla de vergüenza, picardía y dulzura. Eres feliz. Tu mano derecha sigue tratando de ganar otra partida interactuando a través del mando. Pero el juego no parece estar en un momento que te sea propicio. Nos miramos… Si me quedaran fuerzas me levantaría para darte un beso enorme, pero en vez de eso lo sueño y me duermo con la risa en los labios. La habitación está silenciosa, todo me relaja. Y tú sigues con la palanca de mando.

No sé cuánto tiempo ha pasado, creo que han sido solo algunos minutos, pero he dormido muy profundamente, Me he despertado y me mirabas sonriente, pero vuelvo a caer inconsciente. Y ahora, otra vez igual: te veo de nuevo con el control del juego en la mano, Tu bastón de mando. Mientras lo manejas, te entregas a él, como si fuera un símbolo de Dios. Sigues sonriendo…

-¿Sigues sonriendo?

Me dices que sí con la cabeza, calladita, como una niña tímida, riendo y moviendo el joystick. Hasta que por fin me noto algo más descansado, te veo, sentada sobre mis muslos, desnudos ambos. No ambos muslos, se entiende, sino tú y yo. Sigues sujetando el mando y apretando con el pulgar. Pero yo te digo sonriendo…

-Ya me incorporo otra vez al juego.

Y tú te lanzas sobre mí cuerpo y me besas.


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Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí: Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.

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