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Hace tiempo que hay cosas que me enfadan. Pero no tiene ningún sentido que os las cuente a vosotros, porque ni os interesará mucho el tema ni yo obtengo nada con poner mis trapos al sol. Además luego hay buena gente que me manda mensajes: ¿Enrique, estás bien? ¿Puedo ayudarte? Sin embargo, a esas mujeres tan cariñosas debo decirles que no necesito ahora de muchos mimos, que eso debilita el espíritu del guerrero, y que sí, que de verdad, que efectivamente estoy bien, que no lo duden. No quiero algodón entre la realidad y yo. Tolero bien el roce.

No me pasa nada. Tengo sueño y trabajo. Lo normal. Hay órbitas de las que querría alejarme y otras que están demasiado apartadas de mi vida. Ya no quiero complacer a nadie con el tipo de cosas que solía escribir en años pasados. No es por fastidiar. Sino porque el universo, quiero decir, el mío, está cambiando.

De pequeño creo haber entendido en algún momento de mi educación la barbaridad de que la felicidad no era lo importante. De joven recuerdo haberme encontrado en , sobre una cama, con una estudiante a la que acababa de conocer en una fiesta de colegio mayor universitario, y, estúpido de mí, le dije totalmente ebrio que era más importante comprender que ser feliz. Evidentemente la señorita se escapó viva en el ultimo segundo. ¿Qué querría yo comprender? Se fue como asustada, yo que pretendía parecer interesante… ¿No quería yo comprender? Pues comprendí.

Ese fue el joven Brossa de entonces. El joven Brossa de ahora, con treinta años más de experiencia en juventud, puede decirlo. Sus objetivos están cubiertos. Tengo la sensación de que ya comprendo el mundo. Y el mundo era simple. Simple, chato y feo como un perro pequinés.

Una autora de Zaragoza, Soledad Puértolas, tuvo un gran éxito con un libro que se llamaba “La soledad era esto”. Gran título. “Era esto”. Nuestra magnifica e insuperable lengua española -como otras- usa el tiempo pretérito en este caso, no para indicar una acción del pasado, sino para relacionarlo con una expectativa desaparecida. “Era esto”. Existir “era esto”. Y sigue siéndolo, pero yo creía que era otra cosa -sigo usando el pasado-, pero solo era “esto”. Es como si llegas a la capital de un país exótico que esperas y deseas que te apasione, y luego resulta que hay un par de zocos mugrientos, y poco más. Resulta que esto era todo.

El mundo es simple. Es un montón de apariencias de cosas que no son como al principio creíamos que “eran”, pero que no tienen mucho misterio tampoco. A pesar de la física cuántica, las cosas son sencillas en el fondo. Cuanto más elemental y primario seas, mejor adaptado estarás para la vida. Porque todo es obvio, hasta para el más idiota. Más obvio cuanto más idiota eres. Yo he debido de volverme idiota,  porque ahora ya lo entiendo.

A esa chica que se escapó corriendo de mi cama en el último minuto por culpa de mi momento de falsa lucidez alcohólica, aunque no pueda recordar ni su nombre, ni su cara, ni ella a mí seguramente, quiero decirle que tenía razón. Que querer comprender cosas es de gente rara. Y que no te lleva muy lejos, Sin embargo, no tengo arreglo. Ahora querría ser feliz, Pero no quiero ser feliz para ser feliz, sino para descubrir otra manera de vivir y de pensar. Un camino distinto. Un nuevo misterio que desentrañar. Me empeño  en encontrar lo que no hay.

De verdad te lo digo, no te molestes. Déjame. No me respondas, no me comentes nada. No me aconsejes nada hoy. Además, salgo en este momento  y me voy a ver dónde puedo comprar tabaco a estas horas.

Photo by clari burn

 

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
Enrique Brossa

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