Hay un sabor a raro flotando en la penumbra. Sabe a piano antiguo. No hablo de paladear un piano, sino del olor de un barniz antiguo, como de principios del siglo XX. Pero no lo siento en la nariz, sino en la boca.
Hay un mueble negro. Puedes quitarle un poco de pintura, como si fuese cera. Se queda en las uñas. Pero el mueble sigue completamente negro. Hay un suelo fregado que no huele bien. Un cuarto oscuro. Estoy seguro de que tenía ventana, pero no logro recordarla abierta. Siempre cerrada. Hay un objeto de cristal que no logro comprender.
Una pequeña estatua de sal del niño que se saca la espina del pie. Me molesta la expresión “quiero recordar” cuando podría decir, “creo recordar”. En esta ocasión, yo quiero recordar, porque no tengo total certeza de que una niña lame la estatua del niño con la punta de la lengua para ver si sabe a sal o no. Luego yo chupo también la figura, y no quedo convencido de que sapa salado.
cuarto_oscuroHay un colchón antiguo, amorfo, previo a la invención de los muelles. Un pasillo con curva en vez de esquina. Una cocina que se limpia con algo raro. ¿Una piedra? ¿Una madera? ¿Una piedra y serrín? Hay un olor desagradable algunas veces. Hay una presencia hostil. Mantillas negras. Paños de ganchillo sobre los brazos de los sillones. Cortinas de terciopelo. Platos con entremeses sobre el colchón. También una pared recubierta de papel pintado con unos pájaros que eran tres veces mayores que la palma de un niño de cuatro años como yo. Hay una amenaza continua de soledad en el aire. Y un reloj de pesas. Un santo en una rinconera. Una cerraja decimonónica. Hace mucho calor. Un barrendero moja la plaza. Qué envidia, poder dedicarse a regarlo todo. Vuelvo la cara hacia la mesa cuadrada. Hay un mantel de plástico. Olor a cigarrillos. Las expresiones de los ancianos son de cariño. Pero hay algo hostil. En algún sitio. Quizás al fondo, el cuarto cuya ventana está siempre cerrada. Siempre oscuro. Algo permanece al acecho, amenazante. Un olvido que amenaza con hacerse recordar. Un pasado hundido en la memoria que pretende volver a flotar.

Photo by Julie Raccuglia

Ven a escribir con nosotros

Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí: Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.

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