¿Está mal escuchar conversaciones ajenas? Claro que sí. Por supuesto, naturalmente que sí. Es de lo peor. Me degrado si escucho la charla de alguien que no esté dentro de mis propios pensamientos. Escribo  por hacer algo con ese torrente de conversaciones que continuamente rebotan en mi cráneo, por su parte interna, claro. Esas son las conversaciones que escucho y con ellas tengo bastante. No me interesa la vida de nadie. Puedo proclamarlo con la sinceridad más rotunda. No atiendo a lo que no me incumbe, Lo digo con la mano puesta en el corazón o con la mano puesta en cualesquiera otras partes, porque en principio, lo puedo decir ponga la mano donde la ponga. A veces creo que ni siquiera me interesa mucho mi vida. Pero menos las de los demás.

He derrochado el maravilloso regalo que es estar solo durante toda la mañana. Porque solamente hay algo más valioso que la compañía humana, y es la soledad, si sabes disfrutarla. Normalmente yo la disfruto con arte, como un buen cocinero, manejando los ingredientes justos, Hoy he desperdiciado una mañana llena de sol y una piscina que me estaba esperando como una amante. Pero mi mente ha deambulado de una basura informacional a otra usando un cacharro electrónico. Ya eran casi las cuatro de la tarde. El calor sofocante sin duda no favorece el entusiasmo olímpico. Empecé por poner un podcast ya que los audios me paralizan menos que mis propios pensamientos y en unos minutos estaba saliendo a almorzar a la hora de merendar. Precisamente estrenaba unas gafas de sol graduadas. Quizás me marearon un poco,  porque al doblar una esquina, un coche que pasaba a toda velocidad tuvo que hacer una maniobra tremenda para no chocar contra el mío. Total: un buen susto. No es prudente eso de salir a conducir con una graduación nueva. Soy un tipo aturdido por naturaleza. Pues claro, con esas gafas casi me mato.

Y bueno, hay una terraza a la sombra, un sitio que me gusta, ni muy tranquilo ni muy bullicioso que en mi opinión es lo perfecto para estar leyendo o escribiendo con algo de comer y de beber. En toda la fila de mesas que había al aire libre, como ya no eran horas, solamente estaba yo. Bueno, y en otra mesa tres mujeres que.. ¡Quién sabe! Quizás algo influyeron en que yo escogiera precisamente ese café al pasar por allí con el coche. Siempre es más agradable una local con tres clientas que un lugar vacío, ¿no? Dos de ellas parecían bastante jóvenes y otra de mi edad aproximadamente.

Había una que parecía más charlatana. Sin embargo, desde pequeñito he tendido a creer en las niñas modositas; en esas que se quedan calladitas mientras las otras polemizan. Yo es que soy un niño modosito también y tiendo a callarme cuando los otros hablan, y siempre he creído que podría reconocer a mi media naranja sin haber conversado con ella, solo cruzando la mirada a cinco o seis metros de distancia. Silenciosos los dos, nos comprenderíamos… Lo cierto es que uno no se olvida fácilmente de que está casado y de que además ya va teniendo una edad…  ¡Como para andar creyendo en princesitas!

Cuando se me acercó la camarera, no me despertó de ningún ensimismamiento. Así es que pedí un tartar de atún, que fue un acierto, y me dispuse a escribir. Las tres chicas se hacían oír mucho más alto que mis propios pensamientos. Después traté  de leer pero el resultado fue el mismo, así que lo cerré todo y me resigné a compartir mi almuerzo vespertino con la charla de las tres señoritas que estaban de sobremesa con confidencias más allá.

La calladita estaba muy seria,  haciendo honor al nombre que le había puesto, mientras que las otras dos se dedicaban a comentar problemas ajenos. Entendí que el tema era la prima lesbiana de alguna de ellas, y entraron a juzgar el modo en el que sus padres afrontaban aquella circunstancia. Después preguntaron a la calladita si ya iba a romper con su novio. A partir de este punto, la calladita fue la que habló más y más alto de las tres. Al parecer, dudaba respecto a dejar a su novio, no porque lo quisiera todavía, sino porque según decía, la chica tenía miedo a quedarse sola.

Cómo varón me parece que es de la mayor importancia que nosotros de vez en cuando apliquemos oídos a las conversaciones que las mujeres mantienen entre ellas en las terrazas, cuando creen que no les oímos. Esa mezcla de vulnerabilidad y egoísmo me preocupa y me desconcierta. Sus amigas, empezando por la más talludita, se apresuraron a explicarle lo preciosa y encantadora que era la niña a sus veintiún años y que no tenía por qué tener miedo de nada, lo que en el fondo equivalía a decir que si ella no hubiera sido tan guapa, sería de lo más normal que utilizarse al pobre infeliz de su novio con tal de tener compañía. Me sorprendió. No le dijo, niña, tú simplemente debes dejarle por su bien, porque no le quieres y ya encontrarás otro al que querer y todos felices. No. Lo que le dijo es que, mientras seas joven… puedes arriesgarte a ir a por otro. Cuando la música pare y sea más peligroso quedarse de pie en el juego de las sillas, ya pecharás con el primer infeliz que se conforme contigo, como tú con él. Claro que no lo dijo exactamente así, es traducción libre.

Me preocupa esta forma de amor tan inconsistente, ese falso realismo tan cutre, con el que actualmente la gente estropea su vida y la de un montón de gente, lo que incluye a su pareja, el recambio de su pareja, los hijos de todos ellos… Antes todo esto se recubría de una capa generosa de hipocresía y todo el mundo parecía estar profundamente enamorado. Era muchísimo mejor. Quedaba la duda. Cabía la fe gracias a la mentira generalizada. Ahora en cambio, dejamos al descubierto nuestra simpleza. Una naturalidad que ya no es descarada, sino descarnada. Y patética. Con esa misma insolvencia, hay mujeres y hombres que se anhelan sinceramente sin molestarse en conocerse primero. Esos inesperados actos de entrega a mí no me afectarían si en algún momento fuese su destinatario. Al contrario, acelerarían más la pérdida de la ilusión y de la fe. Por otro lado, reconozco que yo podría comportarme igual. Tan nefasto es querer a ciegas como usar a tu pareja.

Algunos de mis lectores, en el caso de que yo tuviera de eso, me preguntarían si me acabo de caer de un guindo. ¿Acaso he descubierto algo nuevo? Lo cierto es que yo siempre he querido creer en los Reyes Magos. Me supieron a poco de pequeño, no sé porqué. De mayor ando buscando ilusiones pero no las encuentro  por ningún lado. O no tan sólidas como querría. Todas se desvanecen.

Mientras mis amigas pasaban a hablar de depilación, yo disfrutaba aún mi atún con algo parecido a mostaza de miel. La calladita de mirada cohibida y virginal explicaba lo que le había ocurrido la vez anterior, tanto en sus axilas como en sus inglés. Se detuvo especialmente a explicar los problemas que le generó en sus zonas más íntimas. ¡Dios!¿Qué le harían a la desdichada? Algo de bultos, de granos, de golondrinos, grandes como bubones, ¡qué sé yo! Lo contaba como si fuera un pregón. ¡Mi calladita, oye! Dios me conserve la vista. Era estar mirando a Meg Ryan y que de pronto se convirtiera en el Yoyas ese. Otro señor, que pasaba por ahí y la oyó, se quedó mirando, como a punto de intervenir sobre las bien aireadas ingles de la muchacha. Vaya con la dulce y cohibida doncella. Moraleja: qué bien haríamos todos manteniéndonos en silencio, dejando a los otros pensar que nuestra enorme personalidad está ocultando pensamientos intensos o ideas valiosas. Pero la gente abre siempre la boca y se rompe el encanto.

Mi mente me puso con algún interlocutor imaginario que me decía, pero Enrique, ¿Te extraña lo de la calladita? ¿Crees que sigue habiendo calladitas como aquellas con las que tú soñabas? ¿Acaso existieron alguna vez, Enrique?¿Qué ha sido de tu cinismo? ¿Dónde está tu mala leche?  No lo sé, tío, no lo sé. Por un momento había creído en las miradas otra vez. No sé qué me ocurre últimamente. Ya me pasó hace poco, con catorce años o así. Y ahora, otra vez. Eso puede que sea porque en el fondo, querría seguir creyendo en los Reyes Magos y en muchas cosas más. O por lo de la nueva graduación de mis lentes. Estaría atontado… Ya me acostumbraré, se tiene que adaptar la vista, ¿no? Y mi interlocutor imaginario me echaba un capote y me decía afirmando con la cabeza que sí, que sí, que fijo. Que así era. Que eso de atribuir un carácter angelical a una niña de buen ver, pasaba mucho con las lentes progresivas.

En realidad yo nunca creí en calladitas. Pero era bonito soñarlas. Comprensivas, dulces, e incondicionales…

Así que, entre la graduación de mis lupas y la del vino blanco, salió este texto así de confuso. La próxima vez que las circunstancias me sitúen ante una conversación ajena, me iré de allí a paso ligero, hacia mis paredes y mi soledad. Quiero seguir viviendo encerrado en mis pensamientos y no saber jamás de nada que no esté destinado a que yo lo escuché. Nada que pueda obligarme a conocer lo que no quiero reconocer. Me amarga ese regusto prosaico que suele dejar todo análisis de los humanos y humanas. Por eso, si nos encontrásemos un día, hazme un favor: al destapar tu alma, cuida, no la desnudes nunca del todo. Intuyo que no será necesario ni conveniente porque, como he dicho otras veces, lo que más me molesta de que me descubran la verdad es caer en la cuenta de que siempre la he sabido.

Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí: Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
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