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Tengo mi cabeza en las manos
y mi vida en las tuyas, 
que son ingratas y frías.

El remolino que hoy me engulle 
comenzó tragarme cuando nací. 
El gran sumidero, 
contra el que nada puedo, 
es una agonía que se demora, 
empujada por una corriente de aguas implacables.

Señor, qué lento es perder.

Tengo mi cabeza en las manos
y mi tiempo en las tuyas, 
que no tienen dedos para acariciar 
sino hierros para descorchar.

Has abierto en mí un gran boquete 
donde quepo yo entero dentro de mí. 
Dios, cuánto se tarda en caer.

Tengo mi cabeza en las manos 
y mis vísceras en las tuyas: 
indignas. egóticas. Solo quieren golpear.
Oigo el murmullo de mi sangre al abandonarme. 
Por qué, por qué tardo tanto en descansar. 

Tengo mi cabeza en las manos 
y no me la debo arrancar.

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Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
Enrique Brossa

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