Quiero protestar por el sexismo femenino de baja intensidad, que es el más peligroso.

Los fines de semana por la tarde, en Antena 3, ponen después de comer unas películas de psicópatas, de esas en las que el guionista no se lo curra mucho. Generalmente es siempre lo mismo. Uno es asesino, porque sí, porque le da por ahí, porque está tarado, y sin demasiadas explicaciones, para qué nos vamos a complicar, deben de pensar los productores. Quizá una leve mención a una infancia difícil, y ya está, con eso queda justificado que el tío se ponga a matar todo el rato. La víctima es siempre una mujer, y es la protagonista, claro, son películas destinadas a mujeres… El marido es siempre medio tonto. O el malo. Sin embargo, en estas películas no falta alguna escena calentorra en la que entran al apartamento y se cepillan a la protagonista detrás de la puerta del recibidor, tal es la pasión que no llegan al sofá o la  cama, por  ejemplo. El varón tiende a ser adúltero en esas películas, como si para fornicar no hicieran falta un hombre y una mujer, uno se queda con la idea de que los hombres lo hacen más, casi todo el tiempo, y porque estamos salidos, y que ellas lo hacen menos y generalmente por amor. Pero eso sería como si 1+1 fuera = 1. Pues no. 1+1=2. La mujer necesariamente estará allí también… sumando con el  otro como una descosida. ¡Ah! Pero es que la amante de él es una mujer enamorada, en el fondo una buena pobre chica, engañadita ella, mientras que él, él… ¡Él! ¡Aj, qué asco nos da! Él es un indeseable marido infiel y egoísta que no quiere a ninguna de las dos y que acabará golpeando a la protagonista y a tres o cuatro mujeres más que vayan apareciendo. Los policías también suelen ser tontos y al principio no hacen caso a la mujer. Pero al final los polis quedarán admirados de la fuerza de carácter de la dama. “Es usted toda una mujer”. La heroína da mil vueltas a todos los varones, encima “es mona y tiene mucho estilo” como dicen. Resuelve el caso, y hasta suele vencer físicamente al malo (y eso que es un maromo de gimnasio), porque en el forcejeo encuentra algo al alcance de la mano, muy convenientemente olvidado, con lo que golpear en la cabeza o trinchar al agresor como si fuera un pavo. Este agresor también puede ser “una mala”, que toma la forma de rival femenino que trata de arrebatarle el bebé o el marido. ¡La muy… ! Respecto a los hijos, ella los protege, por supuesto. Se da a entender que los hombres no queremos tanto a los hijos como lo hacen las mujeres. Si no fuera por ellas… Eso es algo que realmente me molesta hasta el extremo de que, si me sobrase el tiempo, movería la idea de que esa imagen sexista es realmente nefasta para los hombres, las mujeres y sobre todo para los niños, y debería quizás ser llevada a tribunales.

Los hombres no somos tan tontos, ni tan insensibles, ni tan violentos, ni tan lascivos, ni tan malvados. Solo un poco de cada, pero nada más. De hecho, si las mujeres que ven esas películas fueran tan listas… ¡No verían esas películas! Adivinarían todo lo que va a ocurrir ya desde el minuto tres, porque es ¡¡totalmente previsible!! El malo muere en el último momento o es detenido por la policía. Bueno, algunas veces, cuando la heroína es atacada, en vez de salir a la calle, que a cualquiera nos parecería lo lógico, sube las escaleras de su casa, hasta donde no hay escapatoria. ¿No es absurdo? Sin embargo, eso va bien ya que el psicópata acabará por caerse por el hueco de la escalera o por la terraza (se ve que las barandillas norteamericanas son bastante frágiles) y se clavará algo punzante, lo que todos tenemos debajo de nuestras terrazas, como  un tridente, un monolito afilado de adorno, un perchero puntiagudo, o bien un cuchillo de cocina que llevaba en la mano. Y por supuesto, entonces sangrará por la boca. ¡Muerto!  Ese hilillo de sangre desde la boca, nunca ha fallado. Si hay hilillo, está muerto. Definitivamente.

¡Bueno, no! Hay veces que se despierta para darnos otro susto y hay que volver a matarlo.

En mi opinión, las películas para mujeres, como las novelas para mujeres, las revistas para mujeres, etc. no destacan siempre por su relevancia intelectual o artística y son un mal síntoma de la situación de la mujer. O son retrógradas o forman parte de un sexismo femenino de baja intensidad, que no chilla, pero ahí está. El verdadero índice de la integración plena de lo femenino en el mundo debería consistir en que una escritora, por ejemplo, escribiera desde su punto de vista algo que fuera de interés para todo tipo de gente, de cualquiera de los sexos que hay. Los idiotas pertenecen al mundo. No a un país, ni religión, ni género. ¡Al mundo! Porque tal como mis hijos hacen con el foie gras y las tostadas, sin descuidar las esquinitas, Dios ha extendido a los tontos de modo uniforme por todo nuestro planeta, sabrá Él por qué, esmerándose en que no falten ni en el más remoto rincón. No es cuestión de sexos. La mujer debe ejercer y ampliar sus miras y su mundo. Los hombres os estamos esperando, pero algunas no vienen realmente, aunque digan ser feministas. Venid, chicas, hacéis falta. Hay un plano para mentecatos de cualquier sexo donde deberán caber montones de hombres y de mujeres, y otro mundo para los y las que no quieran serlo, y será muy aburrido si faltáis vosotras o no estamos nosotros. No aceptéis productos para mujeres, salvo que sean estrictamente necesarios por motivos físicos.

He conocido muchas mujeres inteligentes, y frecuentemente dicen: “para algunas cosas soy como un hombre”. Lo juro y lo repito. Muchas veces he oído esto mismo. Eso sí que es un estereotipo que deben superar. ¿Las mujeres inteligentes dudan de su identidad puesto que no ven “Sálvame de Luxe”? Lo que les ocurre es que no se identifican con cierto tipo de mujeres o no participan de los aspectos más simplones del estereotipo, del tópico femenino.

Pero de eso no se nos puede echar la culpa a nosotros los hombres. Porque, salvo en ese tipo de películas, no todos los muertos son nuestros. Y todos los despistes, tampoco.

Postdata
Hablando de escritoras: en DesafiosLiterarios.com hay escritoras (y escritores) magníficas (y magníficos) que escriben cada semana y que nadie debería perderse.
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí: Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.

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