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Hay una zona azulada que podría ser gris. Hay un golpear de olas que percibo amortiguado. Un recodo que no continúa. Oigo una conversación y podría provenir del pasado. Una carretera cortada con un cartel medio caído. Hay un olvido sin nostalgia. Hay un rencor sin rencor. Una huella que se borra. He pestañeado y el mar ya estaba seco.
Te he olvidado. Como a la vida, como a la muerte. Sin preocupación. Sin escándalo. Os he olvidado. Como a las lágrimas. Como a las risas. Os he abandonado. Como al temor y al hambre. Quedo yo. Siempre y cuando piense, quedo yo. Y eso es todo. Con el alma apagada, ya no estoy. Habéis asesinado mi fantasía y está creciendo mi atención. Me volveré reptil como vosotros. Hay un resentimiento sin pasión. Odio tranquilo, casi paternal y afable. Al mismo tiempo sin emoción. Un amor sin amor. Queda la espera. Sin impaciencia. Sin inquietud. Con el tiempo detenido. Ningún crimen vuestro me produce ya sorpresa. Mientras los perros arrancan mis tripas, yo pienso en el sol y el cielo, porque hay una zona azulada que podría ser gris.

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
Enrique Brossa

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