Le llamó su exmujer por teléfono.
-¿Sabes ya lo que ha pasado en tu casa? El vecino de arriba se ha tirado por la ventana. Me lo ha dicho mi amiga Ana, la que es vecina tuya.
Él se quedó pensando. No recordaba quién podría ser el vecino de arriba. Había varias viviendas por piso y a muchos, tras quince años viviendo allí, ni los conocía. Observó que no sentía nada. Ni compasión, ni horror, ni nada. No era asunto suyo.
-¿No te has dado cuenta al salir por la mañana? Han ido dos coches de la policía, una ambulancia, vecinos, conserje…
-No, no he visto ni oído nada.
-Lo habrán recogido todo de inmediato.
Su exesposa era muy ordenada, pensó él. Parecía satisfecha del funcionamiento del sistema cuando alguien se suicidaba. Quedaba resuelto el problema de limpieza. No había permanecido allí mucho tiempo el cadáver a la vista de los niños que hubiera jugando en el jardín. Habrían lavado la sangre. La policía y los servicios de urgencia se habían retirado deprisa molestando lo mínimo… Estaba contenta con esa actuación.
Acabaron la conversación de inmediato porque a ella le sonaba otro teléfono.
La normalidad era absoluta cuando él salió a mirar la por la ventana..La cerró y oyó en su interior las palabras de su exmujer. “Lo habrán recogido todo de inmediato”.
Sobre el alfeizar de la ventana vio una hormiga. Abrió de nuevo. Tomó la hormiga entre los dedos y la dejó caer a la calle. probablemente donde poco antes se habían aplastado los huesos del vecino. Después levantó la vista y vio que las nubes que se acercaban no eran de lluvia.
-Por si acaso voy a coger un paraguas. No me fío -se dijo mientras corría las cortinas.

Enrique Brossa
Soy una maquina de escribir que lleva mucho tiempo sin usar y quiero hablarte de mí. Español, varón. Adolescente desde hace décadas. Mi educación no fue de letras pero mi pasión sí. Soy al mismo tiempo emprendedor y perezoso. Me gusta mucho hablar, pero hablo poco cuando hay poco que decir o que escuchar. Me encuentro muy bien tomando algo en cualquier terraza, tanto en compañía de buenos conversadores, como con algo para leer o para escribir. Disfruto con la polémica. Veo mejor de lejos que de cerca. Odio los detalles. Tengo una relación contradictoria con lo convencional que se refleja en todo lo que escribo. Mi firma, como mi vida, está hecha de trazos paralelos, es decir, que no convergen. Soy algunas veces demasiado cándido, otras desconfiado. Noto que puedo influir en la gente, pero no suelo aprovecharme de este poder. Al contrario de lo que ocurre en nuestro tiempo, no siento fascinación alguna por el mal, porque me parece terrenal y simple y dentro de mí hay un arzobispo sin religión ni fieles. Soy solitario y sufridor. Soy un ermitaño en la ciudad. Un audaz aventurero: un explorador ante un despacho. Tengo los pies grandes y los hombro pequeños. Soy el viento de bohemia que se mete en una celda. Sería el mejor de los amigos, si los tuviera, ya que exijo en los demás la madera del árbol que nunca existió. Aprecio la indulgencia y la compasión. Puedo estar ofuscado o lúcido, pero escribiendo me siento mejor. Escribir no es para mí ni un viaje al infinito ni a mi propio interior, sino al centro de la Tierra.
Enrique Brossa

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