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Uno no escoge donde nace. Es el mundo el que escoge donde vas a  nacer,  y yo tampoco supe que había nacido en el lugar equivocado hasta que te conocí.

Andaba buscando un lugar, el mío, intentando delimitar mi espacio en el planeta, mi hogar, ese rincón donde echar raíces y crecer a la par de alguien a quien amas.

A la edad de trece años acordaron mi matrimonio con Pascual, un señor de mediana edad según su fecha de nacimiento, pero de avanzada edad según lo veía yo.

La pobreza de alma y la riqueza de ambición, hicieron que mi avariciosa madre pactara un acuerdo con aquel señor sin escrúpulos, una boda que más que una fiesta pareció un entierro, el de mi alma y mis sueños. Vivíamos en una aldea pequeña, una comunidad con sus propias reglas, donde todo se acordaba o pactaba entre la gente del lugar, daba igual si se trataba de cabras o de mujeres.

No fue hasta los dieciséis años cuando me casaron con él, recuerdo bien el año,  no el día. Recuerdo el dolor que sentí cuando profanó mi cuerpo aún virgen y puro, pero no logro recordar su cara, tan solo su olor, su horrible olor.

Esa noche, mi flamante marido me hizo vestir con las más finas sedas, terciopelos y algodones, joyas y perfumes caros, no sé para qué, si justo después de verme sentada en la cama me las arrancó sin miramientos, creo que no cruzó palabra alguna conmigo, y es posible que no supiera ni tan siquiera mi nombre.

Cuando llegó el amanecer yo misma no sabía como llamarme, solo tenía la certeza de cómo me sentía… sucia, vacía, carne sin nombre, sin patria ni hambre, sin rumbo ni fe.

Durante tres años, fui ultrajada y violada no solo por mi esposo, también por los amigos a quienes él quería agradar y agasajar para obtener otro tipo de favores, en lo que a economía se refiere, para poder seguir ampliando sus negocios y su capital.

En tres ocasiones intenté acabar con mi vida, bueno mejor dicho con el latido del corazón que hacía mover a mi cuerpo sin vida. No quería mirarme a los espejos, no hubiera podido soportar ver mi reflejo en ellos, ¿como hubiera podido mirarme a mi misma a la cara?

En mi tercer intento casi lo consigo, los cortes que hice en mis venas fueron bastante profundos y necesité dos meses de ingreso en una clínica en la ciudad, el médico prohibió a cualquier persona de mi entorno que viniera a visitarme, lo cual agradecí sinceramente, necesitaba silencio, mucho silencio, oírme a mí misma, a la vocecita que venía de lo más profundo de mi alma, la que lloraba a gritos esperando ser salvada.

Y es allí, en mis días de silencio donde te encontré.

Cada mañana la enfermera que hacía la cura de mis heridas físicas también intentaba sanar mis heridas emocionales, decía que nunca había conocido unos ojos tan tristes, y se propuso en firme acabar con aquella soledad que según ella yo irradiaba.

Me contaba muchas historias sobre viajes, anécdotas vividas por ella u otros, me leía libros y también me hablaba de su hermano Jonás, vivía muy lejos, en Australia. Al parecer un día hastiado del mundo y de las personas de su alrededor, decidió poner tierra de por medio, y empezar de nuevo.

Su forma de ver la vida, el coraje de saber empezar desde cero y sus ansias de vivir, me hicieron enamorarme de la persona que era sin haberlo visto ni hablado con él.

La joven enfermera hablaba cada noche por internet con su hermano y le contaba mis progresos, y el modo en que sus historias me ayudaban a ver y conocer el mundo a través de sus ojos.

Jonás se enamoró de mí a través de las palabras de su hermana, la intermediaria de dos corazones que se amaban en la distancia.

Olvidé mi vida de afuera, y me centré en amar y ser amada dentro de mi nuevo espacio, en una habitación de hospital, recluida y en soledad pero más libre de lo que nunca antes había sido.

Amé sin hablar ni oír, sin ver ni tocar, amé su forma de sentir y su pasión por vivir.

Esperaba con ansia cada mañana a Esperanza, mi nueva y única amiga para que me contará algo de Jonás, lo que habían hablado la noche anterior y si tenía algún mensaje para mí.

Una mañana Esperanza me trajo una sorpresa, estaba dispuesta a ayudarme a escapar, en apenas dos semanas el médico tenía pensado enviarme de vuelta a casa, al ver mis progresos y mi ilusión renacida por la vida, pensó que estaba curada, pero por supuesto ninguna de la dos  queríamos  verme regresar a mi claustro, a mi celda de muerte en vida.

No solo me consiguió un pasaporte y un billete de avión, me regaló un pasaje hacia mi libertad y felicidad.

Un miércoles, dos días antes del alta prevista, ambas salimos por la puerta del hospital vestidas de enfermeras, como dos compañeras que salen a desayunar, en el estacionamiento subimos a su coche, y emprendimos camino hacia el aeropuerto, mi avión salía en una hora.

Esperanza había dispuesto todo, una maleta con ropa, lo necesario para unos días, algún dinero, y una tarjeta por si me perdía con la dirección de Jonás.

Él estaría esperándome en el aeropuerto, con documentación falsa, una nueva identidad y un proyecto de futuro juntos.

Cuando subí las escalerillas del avión no solo subía peldaños, asistía a la ascensión de un alma hacia su libertad, volver la vista atrás y dejar  lo que había sido mi vida anterior resultaba liberador, la vida corría por mis venas bombeando como un torrente desbocado, el color cubrió mi rostro, mis pómulos se volvieron rosados y mis ojos brillaban de nuevo, aunque quizás debería decir que brillaban por primera vez en toda mi existencia.

Me senté del lado de la ventanilla, era la primera vez que viajaba en avión, mi primera vez en todo lo referente a felicidad, admiré las nubes que parecían saludarme, soñé despierta con mi nuevo destino, imaginé el olor de la brisa y el cielo, sentí que la felicidad estaba en el aire, que solo era cuestión de extender la mano y atraparla en el viento.

Han pasado algunos años desde que bajé de aquel avión, Jonás ha borrado hasta la última cicatriz en mi cuerpo y en mi corazón. Hemos tenido dos hijos, y somos felices. Fundé una organización donde asistimos a las mujeres maltratadas, las ayudamos a salir del pozo donde se encuentran, les damos una educación y les facilitamos el acceso a un trabajo. Cuando las veo llegar no puedo evitar reconocerme en sus ojos, miradas vacías que piden a gritos ser rescatadas. Cada vez que salvo a una de ellas, me sigo salvando a mí misma, una y otra vez.

La vida merece la pena vivirla cuantas veces sean necesario, hasta que lo hagamos bien. Recuerda que la felicidad está en el aire… Tan Solo Es Cuestión De Atraparla En El Viento. 

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras. En ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... De todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.