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Mientras acomodaba sus últimas pertenencias en el diván de la habitación, pensó en todo lo ocurrido. En como había llegado hasta allí. En cómo la vida manejaba continuamente los hilos de su existencia. Unas gotas de sangre eran testigo mudo y callado de las últimas horas vividas, caídas y salpicadas graciosamente al azar, dibujando un improvisado y malicioso camino, desde la escalera hasta su dormitorio, en la primera planta.

Pocos viajes le habían supuesto tanto esfuerzo mental. Lo de menos era el dinero.

Pero el desgaste emocional, nunca es gratuito, ese sabes que siempre acabará pasando factura en algún momento.

Eleonora Rabinadof no podía sospechar que aquel fin de semana volvería a cambiar su vida para siempre. Cuando estás lejos de casa echas en falta tus cosas, son tus apegos. Cualquier mínimo detalle, como el sabor de tu café, o la suavidad de tu almohada, pueden desequilibrar y alterar todo un estado de ánimo.

Una mañana del mes de Marzo, Eleonora desayunaba en su terraza, disfrutaba a diario de las templadas mañanas previas a la primavera. Aficionada a leer la prensa informativa, halló sin esperarlo un nueva ilusión en su vida. Fue un extraño anzuelo por palabras que encontró entre los anuncios de Alquilo, Vendo o Busco Pareja. Allí apareció el mensaje que la dejó pegada al asiento un buen rato, meditando, intentando decodificar el misterioso código, mientras mordía y saboreaba la tostada de mantequilla y mermelada de frutas del bosque.

“Ha llegado el momento de encontrarnos. Te necesito a ti que me lees, necesito estar cerca de ti.

Te espero este fin de semana en La Casa de Maria Pandora, al borde del acantilado norte. La contraseña es Maquiavela. Tendrás que dejar tu mente en blanco y vivir conmigo esta aventura compartida.

Cuando la noche traiga el frío, comenzará la partida.”

Y pensó que sí, que debía hacerlo, que se lo debía a ella misma. Los años de encierro, habían llegado a su fin.

Así que escogió unas pocas prendas de vestir del armario, lo estrictamente necesario, y preparó su maleta. Se aseguró de dejar lleno el depósito de agua de las macetas, casi rebosante. Por si la “aventura” duraba más de lo previsto.

Dio un último vistazo a la casa, comprobando el gas, las ventanas, los grifos del agua y todas esas normativas de seguridad caseras. Finalizada la inspección con éxito, suspiró mientras sonreía emocionada, pensando en los 3 días que tenia por delante para “vivir”.

Después de todos esos años de encierro, era la primera vez que salía al exterior. Por primera vez en 7 años iba a compartir una conversación con una persona.

No es que ella no quisiera hablar con nadie, al contrario, siempre fue muy sociable. Pero la última vez que estuvo en una reunión de amigos, no acabó muy bien del todo.

Y se vio obligada a un aislamiento que se alargó y fue alargando en el tiempo. Pero eso ya había pasado. Ahora la vida volvía a darle una nueva oportunidad y estaba dispuesta a aprovecharla.

El tren la dejó a las cinco de la tarde en una estación bulliciosa, ruedas de carros y ruedines de maletas acompañaban con su música celestial a los pensamientos de Eleonora. Pensó en tomar un taxi por la inmediatez y rapidez con la que llegaría a su “destino final”.

Pero le pudo más el lado poético del asunto, y se imaginó una estampa al más puro estilo cinematográfico. ¿Qué mejor modo de llegar a aquella casa del acantilado, que en un coche de caballos?

No es que ella se sintiera como el Conde Drácula llegando a los Carpatos. No.

Pero le pareció un precioso recuerdo de por vida, un bello paisaje, un gran caserón y un carruaje de caballos… Alquiló uno de esos para turistas, de los que comparten parada con los taxis, y negoció su excursión hasta aquella casa al pie del acantilado.

A medida que el camino se iba estrechando, Eleonora se henchia de satisfacción y volvió a pensar en lo acertado de su decisión. Hacía años que no se sentía tan viva. Si duda este estaba resultando el mejor viaje de su vida.

Al llegar a la casa, encontró una gran portada de madera, con una graciosa aldaba más propia de la Toscana que de Madrid. La rodeó con una mano, y sin pensarlo dos veces, golpeó con fuerza llamando dos veces.

Las piernas le temblaban un poco, más de emoción que de miedo a lo desconocido.

Al momento se escucharon unos pasos acercándose a la puerta, y un crujido de metal. Un pequeña puertecilla de hierro forjado a la altura de los ojos, se abrió, dejando ver unos ojos azules al otro lado del ventanuco.

Unas palabras de “Micke ojos azules”, iniciaron un juego de palabras:

—Santo y seña…

—¡Juas!, -pensó Eleonora, me está pidiendo la contraseña a la que hacía referencia ¡el anuncio del periódico!

—La contraseña es, Maquiavela.

Y acto seguido la puerta de aquella majestuosa casa se abrió de par en par.

Al abrirse la puerta, aparecieron ante mi unas 10 o 15 personas todas sonrientes, corrieron a abrazarme, se me engancharon al cuello, me saludaban, me besaban y me dieron la bienvenida como si aquello fuera “El Festival del Amor Fraterno”.

En ese momento, salieron a relucir mis antiguos demonios escondidos. Aquellos que una vez tuve que encerrar para no hacer daño a los demás. Aquellos que habían surgido hacia siete años durante un cumpleaños en un Burguer King. Un incidente al que la prensa denominó como, Cumpleaños sangriento.

—¡Hola Bienvenida! Somos desafiantes, hemos escrito un libro entrañable, con muchos relatos y más ilusión. Queremos compartir contigo este fin de semana y que te lleves uno de nuestros ejemplares firmados por cada uno de nosotros. Verás que bien lo vamos a pasar.

Las palabras de aquella chica se iban desvaneciendo en mi mente, e Intenté recordar si aún llevaría los instrumentos de tortura en el falso fondo de la maleta, o alguno de los bisturís que usaba para rebanar las orejas a mis víctimas en el pasado.

Y mira que lo había intentado. Pensé que estaba curada, y que después de todos estos años ya no sentiría esos instintos asesinos. Pero tanto abrazo y tanta sonrisa, despertaron en mi una melodía con tendencia a miserere…

Bisturí en mano me los fui cargando uno a uno. No pregunté nombres, rebané a destajo sus cuellos y extirpé prominentes protuberancias sin compasión. Mi botín se saldó cuando llené un gran saco de tiernas orejillas. Tan solo se salvó uno de los asistentes, un tal Meco, lo salvé porque me dio ternura al decirme, que a él siempre que iba a Madrid le gustaba cenar oreja, y pensé… este es de los míos.

Así que lo senté en la mesa principal, como el perfecto anfitrión y después de cocinar un gran perol de oreja para él y para mi,   serví nuestra cena regada con un buen vino, que por cierto lo había llevado otro de los asistentes a tan rico festín.

Prendí el viejo tocadiscos que había junto a la chimenea y cenamos, sin remordimientos y con buena música… Como debe ser.

Nunca os olvidaré, querid@s escribidores desafiantes, ahora estáis dentro de mi…

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras, en ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... de todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.

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