Antón carecía de un espíritu aventurero, tan sencillo como eso. Era una ameba al sol, o al menos  eso era lo que le decía su novia todos los fines de semana a la hora de hacer planes.

Andaba pensativo, miraba al techo o al suelo y los días que se sentía con más ánimo, observaba por la ventana. No se trataba de ninguna extraña afición. Antón no era feliz.

Pero Marta Luisa, lo vivía de otro modo.  Ella se sentía hastiada de semejante presente y se preguntaba a menudo, que futuro le esperaba con él. Así que se vio en la obligación de poner las cartas sobre la mesa.

— Mira Antón, hasta aquí hemos llegado. No pienso ser arrastrada por ese aburrimiento crónico que desprendes. O cambias o me veré en la obligación de abandonarte. Estás hecho un asco, llevas el mismo pijama desde hace siete días, los platos se amontonan en la cocina, y los ceniceros tienen un colmo de colillas nauseabundo. ¿Cuanto hace que no te miras al espejo?.

Antón pensó para si mismo la respuesta que ameritaba aquella pregunta, pero no la encontró. Siempre había sido algo olvidadizo con su aseo personal y ahora además, lo era con todo en general. O así lo veía ella, la novia pulcra, correcta e impecable.

—Estoy en huelga, -afirmó el novio cochinillo.

—¿En huelga, de que? si tú no trabajas. Estás de baja Antón.

—Estoy en huelga de vivir. En huelga de ti, -reiteró, elevando el tono de voz.

—Mira Antón, necesitas tomar aire. Llevas demasiados días aquí encerrado. Has terminado con toda la colección de “Walking Dead”, de “Breaking Bad” y hasta con “El Último hombre en la Tierra”. A ti lo que te pasa es que te has quedado un poquito pillado de la cabeza. Necesitas salir a la calle, ver gente, pasear, respirar. Necesitas vivir. ¿Y que quieres que te diga? yo también lo necesito. Eres novio para nada, nunca puedo hacer planes contigo. Más de una vez me han preguntado si soy viuda, – expuso refunfuñando Marta Luisa, la novia pluscuamperfecta de nombre compuesto.

—Chica, estoy en huelga de vivir. No estoy de acuerdo con el mundo, ni con su ritmo, ni con el ruido que hace. Quiero silencio. Silencio. – afirmó Antón con autoridad y cierto toque de derrota.

—Antón, ya me estás preocupando de verdad. ¿Quieres que vayamos a un médico? necesitas regresar al trabajo, un traje nuevo y unos zapatos a juego. Conducir un coche con clase, la que nos corresponde, recuerda de que familias procedemos ambos.

— ¡Estoy hasta los güevos!. Estoy en huelga del mundo y de ti. Harto de que quieras manejarme, de que me digas que ropa he de ponerme, de que me hagas ver como debo coordinar las camisas, que me programes lo que debo comer.

Estoy hasta los mismísimos güevos de tus amigas, de tu padre, de tus hermanas, de tu trabajo, de tu corte de pelo y de tus bolsos rancios y exclusivos.

No te quiero cerca, ni lejos. No soporto tu timbre de voz, ni tus planes con tus compañeros de trabajo. No quiero saber que te gusta, ni cuales son tus sueños. No voy a pasar otra navidad más contigo, ni con tu horrible pavo navideño. No sabes cocinar, tus comidas son lo más parecido a chupar un palo de béisbol.

No me gusta tu conversación, ni el ruido que haces por las mañanas al despertarte. Odio tu perfume de ámbar de El Cairo, tus zapatos de piel de avestruz de vieja ñoña, que los llevas porque son los mismos que luce la reina.

Estoy en huelga de ti, de la persona castrante que eres. De que no quieras tener hijos porque eso deformaría tu figura, que por cierto es penosa. Eres lo más parecido al Quijote en mujer, eres lánguida y de triste figura, monótona y monocromática. No me gustan tus tetas de goma, ni tus lentillas de colores, ni las alzas que usas en tus zapatos.

No se si has captado el mensaje, querida. No quiero verte nunca más. Me haces infeliz, no eres una meta. Eres un tope, un muro, un lastre, un freno.

No me gustan tus ideas ni tus ideales. No me gusta tu risa falsa, ni me gustan tus ojos cuando me miran y ni hablar de lo que pensarás mientras lo haces. No me gusta tu forma de intentar manejarme.

Odio que no me oigas cuando hablo. Que nunca tengas en cuenta mis gustos, mis sueños. Nunca me has preguntado que me hace feliz. No te has parado a mirarme de verdad. Nunca me has visto, solo has mirado lo que querías ver, a un muñeco al que vestir y maquillar. Pero no soy Kent, querida, por mucho que tú te empeñes en parecer una Barbie.

—¡Antón que cosas tienes! anda, ponte el traje de Burberry que compré para ti. A las dos hemos quedado para almorzar con papá y mis hermanas. Recuerda que es el santo de Merceditas y no debemos llegar tarde. Hemos encargado lo de costumbre, espero que no te moleste, pero es la comida prefe de papá. Anda tonto y después podremos ir de compras y así te animas, que estás algo estresadillo.

¡Ah! se me olvidaba, el sábado como recompensa tenemos barbacoa en casa de Miranda y Julio, nos van a presentar la última colección de bolsos. No podemos faltar, estará toda la jet querido. Anda, verás como te animas, hijo, que estás de rarito.

Déjame también llamar a Pochola para pedirle hora y que te haga la manicure, no hay dolorcillo de cabeza que una buena manicura no lo solucione.

¿Querías decirme algo más? Ya sabes que soy todo oídos para ti, Antón mi amor.

 

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras, en ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... de todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.

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