“Hay un lenguaje natural con el que se expresa el hambre del cuerpo, se escribe y se dibuja al compás del movimiento. Pon tus manos sobre mi, bailemos con la pasión que supone, danzar sobre otro cuerpo”.  Marcelo Taramundi & Marley

Jueves 16.30

Como cada jueves subí al autobús para dirigirme a mis clases de baile en el SOHO. Llovía sin remedio, sin control, como en los últimos tres días. Corrí al bajarme del autobús. Intentaba sortear sin mucho éxito los charcos que el agua había creado en los socavones de la calle 48. Los coches pasaban salpicando sin miramientos. Por suerte, mis zapatos de baile y mi ropa estaban a salvo en mi mochila impermeable.

Yo en cambio, no pude evitar mojarme. A pesar de mi pericia al saltar los charcos,  ya estaba empapada. Me resguardé sin mucho éxito bajo un par de balcones que encontré por el camino. Me sentía calada desde los huesos hasta mas allá del fondo de mi alma.

Y de golpe, en mitad de la tormenta, apareció él, como surgido de la nada. Como si hubiera estado esperando a resguardarme entre sus brazos de la lluvia.

Vestía de un modo elegante. Su porte, su indumentaria y el garbo al pisar denotaban una elegancia innata. El aire de su abrigo al caminar y su sombrero acompañado de un paraguas, me hicieron pensar que debía de ser extranjero, la gente de por aquí no suele vestir así.

—Señorita, permítame acompañarla, se va a empapar y parece que ambos nos dirigimos en la misma dirección, -argumentó sabiamente el misterioso hombre bajo la lluvia.

Agradecí sus palabras y su gesto, pero sobre todo, su sonrisa. Me atrapan las sonrisas desde siempre y si encima se dibujan desde la mirada, puedo morir de muerte lenta.

Acomodó su abrigo sobre mis hombros. Su paraguas sobre nuestras cabezas se convirtió en el refugio de ambos. Caminábamos en sintonía, con armonía en el paso, cómo si desde siempre hubiésemos caminado de la mano.

Desprendía un olor meloso, algo afrutado, tan intenso que se abría paso ganándole el pulso al perfume del ambiente a tierra mojada. Algo turbador, un matiz incendiario que provocaba una reacción inmediata en mí. Provocaba lanzarse sobre él y besarle. Estos meses de soledad y un hombre tan apetecible cerca, resultaba ser una tentación difícil de esquivar.

De pronto se paró en seco y me miró a los ojos. Yo recibí la mirada sin escudo ni protección, intentando adivinar que quería decirme. No abrió la boca, al menos para articular palabra, pero me dedicó una sonrisa tan bonita y amplia, que me tembló hasta la carpeta de apuntes.

A unos metros ya del portal de la academia, me tomó de la mano apretándola, y aceleró el paso hasta la puerta que estaba entreabierta, empujándola antes de que se cerrase del todo.

Por la decisión de sus actos comprendí que conocía claramente el edificio. Me miró haciéndome el gesto con su dedo índice de silencio. Divertida y sin saber muy bien porqué, sonreí,  y poniendo mi dedo sobre mis labios repetí el gesto de silencio. Me convertí de repente en su cómplice silencioso.

Andamos sigilosamente por el pasillo, como la pantera rosa temiendo ser sorprendida en un museo. Dirigió mis pasos hasta el hueco de la escalera que había al fondo, la que solo se usa para subir a la azotea del edificio. De seguro un lugar íntimo, lejos de los ojos de la gente.

Se quitó el sombrero, tiró el paraguas al suelo y comenzó a desabrochar mi blusa, dejándome sin embargo, su abrigo por los hombros.

Era una situación extraña, pero no violenta, al contrario, me resultaba muy placentera,

¿Habría adivinado quizás mis pensamientos sobre él?

No era momento de preguntas. Me fijé en sus labios, solo pensaba en besarlos. Eran carnosos y apetecibles, de los que sientes un deseo incontenible de morder. Labios con la redondez de una manzana que invita a ser mordida.

De fondo se oía la música que provenía de la academia. Era mi tango, con el que comienza mi clase cada jueves. En esta ocasión no fue sobré la pista, bailaba mi cuerpo, sí, pero deslizándose sobre otro cuerpo, al compás del tango sobre una piel ardiente y apasionada que me buscaba con ritmo y cadencia. Sintiendo ese vértigo que provoca el acercamiento perfecto entre dos.

El encuentro se prolongó unos minutos o una hora, no puedo saberlo, soy mala calculando el tiempo en esas situaciones. Para cuando terminó la “música” yo sentí que había viajado y cruzado La Pampa varias veces. Me tomó de las manos y mirándome una última vez, mordió de nuevo mis labios, puso su dedo índice en mi boca y sonrió, pidiéndome silencio.

Tardé un rato en recomponerme ya en los vestuarios, pero atiné a  ponerme el vestido y mis zapatos de baile. Me costó más peinarme, andaba tan alborotada que el cabello estaba loco de contento. Acomodé como pude mis rizos con una goma e improvisé un moño sahariano.

Al entrar en clase, la profesora me hizo un gesto señalando al reloj de su muñeca, reclamando claramente por mi hora de llegada.

Me encogí de hombros excusándome y ella en un gesto de benevolencia me señaló a la pista para no demorar más el comienzo de la clase.

—¡Qué bueno que llegaste ya, Maria Manuela! . Quería comunicaros algo, ahora que estáis todos aquí. Como sabéis me caso en dos semanas, me voy a tomar un año sabático, pienso largarme al extranjero ¿sabéis donde? ¡Sí, a Buenos Aires! Quiero seguir aprendiendo desde allí. Podéis venir a visitarme cuando queráis. Y por las clases no os preocupéis, vais a quedar en muy buenas manos. Os presento a vuestro nuevo profesor de tango… Marcelo Taramundi, un tipo simpático, entregado… y chicas, tengan cuidado, es ¡tremendamente guapo!

Al mirar a Marcelo, se me deshizo el peinado de nuevo. Allí estaba él, el hombre que hacía un momento me había desmontado y vuelto a montar por piezas, resultaba ser mi nuevo profesor de Tango.

Es cierto era guapo, muy guapo, sonreí me mordí el labio y arqueé una ceja pensando… ¡Y yo, con estos pelos!

 

 

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras, en ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... de todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.

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