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Día 23

Son las 8.30. Sergio, el vigilante, abre la puerta del despacho secreto. Lo hace siempre esperando encontrar algo fuera de lo normal.

Tiene la sospecha, así me lo ha confesado en cierta ocasión mientras tomamos café, que Marco, el jefe, tiene un rollo  con Lucia, la becaria.

Dice que las pistas que dejan son tan claras y evidentes, que hasta un ciego lo vería. Pero está muy equivocado, no tanto con el jefe y sí con la becaria, pues yo hace mucho tiempo que terminé las practicas.
Durante meses he huido de Marco, el nuevo jefe del departamento. Desde que llegó de Italia me ha estado persiguiendo, parece que le importa más la conquista que su ascenso, pero ha sido tan insistente y machacón, que me ha sido verdaderamente imposible rehuirle del todo.

Es el típico italiano guapo, de perfil romano por parte de padre y griego por la madre, que te habla con ese acentillo musical. Sabe que seduce y lo usa con alevosía. ¿Como se puede ser tan  seductor?  ¿acaso hay escuelas en Italia de seductores? ¿lo enseñan en los colegios o lo maman en sus casas?
Hoy me he puesto a ensayar en el espejo, necesito decirle a Marco, que lo nuestro se acabó. No quiero estar más en este sin vivir de chismorreo. Los compañeros son los primeros que detectan un chisme, incluso antes de que suceda.

Tienen un olfato especial. Son sabuesos finamente entrenados para detectar este tipo de incorrecciones sentimentales. Estos compis también parece que lo han mamado en casa de la “sua mamma”. Yo nunca me entero cuando ellos se la pegan a sus parejas. No estoy pendiente de sus vidas. Estoy tan ocupada intentando salvar la mía, que ni tiempo tengo de pensar. Y sinceramente, no me quita el sueño  el chisme, aunque entretiene bastante .
Menos mal que lo estoy escribiendo todo en el diario. Quieras que no, me sirve de terapia y a la vez, mientras lo escribo, yo misma reflexiono e interiorizo en mi “yo” más profundo. He llegado a la conclusión que debo dejarlo, mañana será el día.

 

Día 24

Son las 8.30, Sergio el vigilante acaba de abrir la puerta del despacho secreto, nos ha encontrado besándonos, precisamente ya que nos despedíamos. Si le digo que no es lo que parece, ¿como lo interpretará?. Y si le digo que vine a decirle que dejara  a la becaria, lo mismo por ahí… cuela.

Sergio acaba de cerrar la puerta de golpe, se ha asustado más que nosotros, tengo que ir a hablarle y decirle algo que lo convenza, no puedo permitir que el chisme sea más veloz que el deseo.

—Hola Sergio, quiero explicarte lo que acabas de ver, no es lo que parece. Bueno, sí es, pero no es como crees. Hace unos días descubrí a Marco con su ligue, justo como tú imaginabas. Como comprenderás me quedé a cuadros. Permíteme que no te revele el nombre de su amante, pero la chica no tiene una vida fácil y esto supondría algo terrible, un verdadero problema con su pareja. Y no es que su marido sea el mismito demonio, pero vamos, que tampoco le manda flores por primavera.

Es un espía retirado, no puedo contarte más detalles, ya que todo esto pondría en peligro no solo la vida de esta chica, también grandes secretos de estado. Ya sabes como son estas cosas.

El caso es, que ella me ha contado, que su marido mediante un sofisticado sistema de espionaje, ha instalado en nuestras oficinas cámaras ocultas y hasta micrófonos.

Está empeñado en que su mujer le monta cuernos como quien monta un armario de Ikea, en un plis y casi con una mano. Está tan asustada la pobre, que no vi más salida que ofrecerme voluntaria para ayudarla. Así que, estoy viniendo cada mañana a eso de las 7, me beso apasionadamente con Marco, para levantar sospechas de que su amante soy yo. No es nada sexual, nos lo hemos tomado como un trabajo de suma importancia, se trata de salvar la honra de la chica.

Ahora que conoces mi secreto, no sabes lo bien que me siento, ya no tendré que esconderme de ti, puedes ser nuestro cómplice. Y ya sabes, si ves una cámara o un micro avísanos para que nos pongamos delante, así el espía verá que soy yo quien anda detrás del jefe y no la pobre chica enamorada.

— ¡Uff Amanda!, que buena persona eres, ya no hay mujeres como tú, tan entregada y buena compañera. ¿Y dices que la chica está enamorada?, vaya pobrecita, estas cosas acaban pasando factura. ¿Y si me lío yo con la chica? digo, para disimular también.
Ante todo, somos compañeros, señorita Amanda, ya lo dijeron en la última reunión de empresa, “aquí remamos todos en el mismo barco”, ¿lo dirían por los mástiles en alto?

—Sería alguna metáfora del jefe, siempre tan bromista. Ya sabes como son estos italianos. No, Sergio, mejor dejemos a la chica al margen de toda la operación.

Había cumplido la misión con éxito, y sin saber porqué, en el último momento, me entró un arrebato de sinceridad, de “bocafloja” o “vendepatrias”.

—Alto, Sergio, no te vayas, quiero contarte algo, en realidad no he sido franca contigo, siéntate por favor, me gustaría revelarte un secreto. Verás…

Hace tiempo que estoy con él, pero no es como piensas, bueno al principio seguramente sí, pero a medida que ha pasado el tiempo, algo ha cambiado en mi, no me pidas que lo defina con un nombre, o al menos con el amor que tan alegremente usa todo el mundo.

Me he enfrentado conmigo misma, he sufrido a ratos, pero a fin de cuentas eso es vivir, conozco gente de apariencia feliz que está muerta y no lo sabe.

Este “dolor de a ratitos”, es síntoma de vida y él me da vida, con su risa de medio tono, callada, de un vibrato que apenas levanta un palmo del suelo. Pero es una risa que nace de un volcán oculto en las entrañas de la tierra. Consigue que me muera con su risa. Con su voz.

Hace dos días, ocurrió algo bello, nos citamos en un aparcamiento, él había llegado antes, siempre tan puntual, yo me retrasé un poco, como de costumbre. Estacioné mi coche al lado del suyo, él me esperaba de pie, apoyado en su maletero. Me acerqué, nos abrazamos y nos saludamos con un beso, fue un buen beso, de esos que se acoplan a la perfección, como dos bocas sedientas al final de un maratón.

En la mañana había oído una canción, cuando se piensa en alguien todas las canciones te lo recuerdan, quería bailarla con él, pero es tan difícil encontrar el momento, siempre andamos escondidos de la gente, así que agarré uno de los auriculares, lo puse en su oído y otro en el mío, acurruqué su rostro entre mis manos, casi meciéndolo, quería sentirlo y modelarlo como si  fuera una bloque de arcilla moldeable. Acaricié cada una de sus cicatrices, las besé una por una y nos abrazamos bailando, en aquel parking del decathlón.

Fuimos felices, un rato, un momento que coincidió con la desaparición del mundo a nuestro alrededor, fue bonito, sí, breve, intenso y sincero.

—Señorita Amanda, me deja sin palabras, entonces, ¿están enamorados?.

—No, es otra cosa, esto no tiene nombre y por eso es más autentico, es una intuición, un pellizco y casi una tragedia. No, él nunca se enamoraría de alguien como yo.

Aunque ya no lo vea más, pude arrebatarle algo, mientras me besaba, se despistó un momento, y sin poder evitarlo le robé un trozo de su alma, no se lo digas nunca, pero ya no pienso devolvérsela, jamás.

 

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras, en ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... de todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.

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