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He soñado con un sendero de cuervos negros. Me observan inquietos, formando un improvisado escuadrón a ambos lados del camino. El sol oculto entre los árboles, se muestra implacable, cegando sin remedio a mis ojos aún dormidos.

Las grúas del puerto se balancean como un péndulo. Parecen inmensas, titánicas, pero un simple golpe de viento las mueve como plumas de ave. Un movimiento lento, armónico, constante, anuncia algo. Como un negro presagio de que algo va mal.

Un señor con mala leche y en moto, me ha hecho un gesto de desaprobación al cruzar por un lugar prohibido.

Un sauce llorón hace reverencias a un perro que ladra a un gato que salta. Y una chica en bicicleta pasa tan cerca que ha enganchado su bolso a mi mochila. Me mira acusando mi despiste. Su mirada me recuerda a la mala leche del señor de la moto. No descarto algún parentesco entre ambos.

Las grúas siguen balanceándose, hacen ruido, crujidos de metal oxidado. Algo no va bien, se va a romper. Al lado, el depósito del agua  no deja de gotear sobre un extenso charco improvisado que crece por momentos.

Enormes bolas de salicor ruedan a mi lado, imparables al compás del viento,  me acompañan  como el chicle al viajero, pero me cansan, me asfixian. Quiero dejarlas atrás.

Pasa un taxi y su luz cambia de rojo a verde, de verde a rojo, intermitente. Parece una alarma visual. Una señal de advertencia. El perro que ladra, ahora mordisquea algo. Es una tubería de goma que alguien ha tirado a la basura. La muerde con rabia, la muerde porque ella no ladra.

Las tuberías no hablan, pero producen sonidos. Son gritos callados, que solo entienden las propias tuberías.

Cerca del contenedor, una botella vacía de Monkey 47 yace con la etiqueta hacia arriba junto a unos zapatos. Parecen viejos y tienen un chicle enorme pegado en su suela. Me recuerdan a aquellos viejos y amados zapatos de aquel escritor que llegó aquí en invierno.

Presiento que ha comprendido al fin, que se aproxima Malibú, y que necesitará en su viaje, unos nuevos y amados zapatos viejos.

 

 

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras, en ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... de todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.

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