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Querido monsieur Dupond, han pasado algunos meses desde la última vez que lo vi. Han sido meses que han transcurrido como la letanía de una condena. He visto esclavos haciendo trabajos forzados, al calor del sol o del frío invierno, más felices y menos dañados que yo. He sabido de su matrimonio con madame Tussot. La noticia llegó a mí como una daga que atraviesa el pecho, déjeme decirle que aún no he podido aceptarlo.

Lo sé, lo siento y le pido mil disculpas por mi osadía. Esta obsesión de amarlo aún sabiéndolo ajeno, es del todo enfermiza. Pero nada puedo hacer ante este mal que me aqueja, un sentimiento atormentado que es más fuerte que yo. Tengo que confesarle que durante estos meses he soñado día tras noche, con volverlo a ver. Poder abrazarlo y decirle al oído lo importante que durante años ha sido para mi. Usted ha sido el eje de este motor que hace aguas por todas partes. Una pieza valiosa de incalculable valor, indispensable en este engranaje llamado corazón, que bombea con cierto vértigo, sangre a mi vida. Ha sido como una penitencia a la par que un adorable refugio.

Porque usted monsieur, es el amparo de mi soledad, es el calor que hace hogar. Es el culpable de todos mis sueños. Usted son todos los abrazos que nunca quise regalar en vida a nadie más. Es el sueño de una playa donde muero cada tarde al ponerse el sol. Y es que yo nazco y muero con cada una de sus palabras. Usted me da la vida o me la arrebata de una forma tan sencilla, que debería ir preso por intento de homicidio. Cada vez que usted me habla o me mira, es un disparo a traición que no puedo esquivar.

Del mismo modo, sé que usted no merece mi amor. Lo supe en el instante en el que me enamoré, el instante en el que decidí amarlo. Fueron dos certezas que tuve en el mismo momento, la de amarlo y la de no merecerme. Su interés en otras cuestiones que se suceden en su calendario, son buena muestra de esto que le digo.

En verdad discúlpeme, no es mi intención reprocharle su forma de ser, pero me hubiese gustado al menos una vez en la vida, sentirme amada del modo en que yo lo hago por usted. Y sé que esto que siento es tan bueno y verdadero como que hay un cielo protector que nos cubre por encima de nuestras cabezas.

No tiene que quererme. Basta con que lo quiera yo. Guardaré todo este frágil sentimiento, donde nadie lo dañe. Lo alimentaré y le procuraré un dulce lecho, lo justo para que no muera de inanición, aunque está tan dañado que quizás no supere los fríos ni la soledad del invierno. Debe saber monsieur Dupond, que hay una soledad escondida, encubierta bajo la aparente imagen de toda amplia sonrisa. No daña la soledad, ni su ausencia, es el frío que causa este abismo oscuro, el culpable de tal dolor.

Seguramente esta sea la última carta que envíe a su dirección. No tiene caso, ni sentido, ni puedo alargar más la espera aguardando por su corazón.

Suya que lo es… Elisabetta.

Brest, diciembre de 1876

*Segunda carta hallada dentro de una botella a la deriva en el mar, entre los restos del naufragio de Le Séduisant.

 

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras, en ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... de todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.

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