“Has recibido la carta. En ella encontrarás las indicaciones pertinentes”.

Recuerda, tienes que seguir las instrucciones al pie de la letra, de lo contrario… Morirás en dos días”.

Con ese mensaje escueto, se despertó aquella mañana, Waldo, el tipo más tranquilo de la ciudad, con la vida más tranquila del universo en general.

Estaba aún dormido, soñando con uno de esos cigarrillos a los que hacia tiempo ni se acercaba. Y en medio de ese delicioso limbo, el run run  del móvil vino a despertarlo.

Al mirar la pantalla, comprobó helado aquel mensaje tan extraño. ¿Qué carta? ¿qué instrucciones? Sin duda se han equivocado, esto no es para mi.

Pegó un salto de la cama, y se dirigió a la ducha. Bajo el agua caliente, no dejaba de darle vueltas al intrigante mensaje. No era para él, estaba claro.

En su vida no existían los misterios. Pero ¿a quién iría realmente dirigido semejante discurso?Debía ser alguien con un número parecido al suyo. El remitente, habría equivocado algún dígito.

Waldo terminó de ducharse, se vistió, tomó una taza de café recalentado del día anterior y salió pitando por la puerta.

Para su sorpresa,  nada más poner un pie en el descansillo de la escalera, encontró un sobre en el suelo. Lo observó  por encima, no se apreciaba nada escrito. Se agachó para recogerlo y comprobó  en mano que ambos lados del sobre estaban en blanco.

—Se le ha debido caer a alguien. Tal vez si lo abro, pueda saber a que vecino está dirigido.

Al abrir el sobre, aparecieron dos folios muy bien doblados. Uno era un mapa, y el otro instrucciones, comenzó a leer.

“Aquí tienes las instrucciones a seguir. Recuerda que todas y cada una de ellas, deben ser llevadas a cabo con el máximo rigor, de lo contrario, morirás en dos días.”

—¡No, otra vez! ¡Es la carta! no puedo creerlo, entonces ¡sí, era para mi! ¿Quién diablos puede estar mandándome estos jeroglíficos sin sentido?

Asustado, regresó a casa, cerró la puerta, echó la llave y dos cerrojos que tenia. Corrió al escritorio y se sentó.

Le daba miedo leer lo que allí ponía. Por una lado le intrigaba y de otro, le horrorizaba. Alguien había pensado poner fin a su vida. Pero ¿a quién podía haber molestado tanto como para eso?

Volvió la vista atrás, al día de ayer, antes de ayer, la semana pasada, alguien del pasado, de la escuela. ¿Algún compañero dolido en la infancia que ahora quería vengarse? Waldo no tenia ni idea de quién podría ser aquel extraño y peligroso remitente que quería poner fin a su vida.

Los nervios comenzaron a apoderarse de su cuerpo, sus manos temblaban. El estomago se le iba revolviendo mientras un sudor frió recorría su frente.

Las ganas de encender un cigarrillo se le hacían irresistibles…

—Necesito más que nunca un cigarrillo, sí, eso me calmará.

Waldo fue a su mesita, había dejado un paquete de emergencia. Encendió uno entre sus manos temblorosas y se sentó bajo la ventana, sintiéndose derrotado  en una guerra imaginaria.

Sonó el teléfono, un escalofrió recorrió su espalda.

—¡Es él! ¡Es el asesino! ¡Déjame ya!

En apenas una hora, acabó con medio paquete de cigarrillos. En dos horas paquete y medio. No dejaba de darle vueltas a la cabeza, intentando adivinar, quién podía estar detrás de aquello.

Pensó en Jack, su compañero de piso hasta hacia unos meses. Era mal pagador con el  alquiler, no colaboraba en casa, ni en gastos ni en el mantenimiento. Waldo se vio en la obligación de echarlo de malos modos. Durante días Jack le había estado increpando por el móvil, diciéndole alguna que otra salvajada. Estaba claro, era él ¿quién si no?

Las horas fueron pasando. Su estado de nervios cada vez era más acusado, las manos no dejaban de temblarle, se le entumecieron los pies, el cuello comenzó a ponérsele rígido. La opresión del pecho apenas lo dejaba respirar. Sus labios amoratados y un ictus fulminante, dieron paso al fin.

7:30 AM

—Hola. ¿Es usted el portero del edificio?

—Sí señora, dígame ¿en que puedo ayudarla?

—Verá, estoy preocupada. Soy la doctora Sandra Márquez, un paciente mío vive aquí. Hace un par de días que lo estoy llamando, le he enviado varios mensajes, incluso le escribí una carta, pero no he tenido respuesta de él. Se trata de Waldo Martín, ¿lo ha visto usted por aquí?

—No, Ahora que lo dice, hace un par de días que no lo veo bajar, ni tan siquiera la basura. Sí, recuerdo perfectamente su carta. Yo mismo se la dejé ayer en el rellano. ¿Estará enfermo?

—Bueno de eso se trata. No debería contarle esto, pero tratándose de una urgencia lo haré. La semana pasada se realizó unos análisis en nuestra consulta, lamentablemente el resultado fue positivo en Salmonela Vírica Fulminante, una variedad rara, que se da muy pocas veces. Desde la consulta le enviamos las instrucciones a seguir y un plano de las farmacias donde podía conseguir la medicación necesaria, junto con las indicaciones para tomarla. Pero no he tenido respuesta alguna, estoy muy preocupada.

—Está bien, le acompañaré a su apartamento. Déjeme coger la llave de emergencia…

Ambos subieron apresurados por las escaleras. Encajaron la llave en la cerradura y al abrir comprobaron estupefactos, que el cuerpo de Waldo yacía tirado en el suelo, sobre un cenicero lleno de colillas.

La doctora Márquez, no pudo más que dictaminar la hora de su muerte…

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras, en ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... de todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.

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