5.00 Promedio (98% Puntuación) - 2 Votos

 

Capítulo xx  

 

Después de la carta

Viviste una vida sin mí, dudo que eso te hiciera feliz. Al menos no creo que encontraras la felicidad que esperabas tras el pacto de dejarnos.

Dicen que nunca el tiempo es perdido. Seguramente sea así y lo único que se pierda por completo, sea la vida. Los pequeños detalles que nunca se pudieron vivir. No recuerdo cómo sucedió, en que momento dejó de interesarme el resto del mundo. Pero tengo tan claro que siempre fuiste tú lo único importante. Hasta hoy has sido ese impulso que lograba que me entregase cada mañana a la inercia de vivir.

Jamás existió nadie más para mi, ni lo quise, ni lo quiero. Llevo una vida esperando esta carta. Deseaba que un día no supieras respirar sin pronunciar con antelación mi nombre. Sé que tú has vivido así, porque yo también lo he sufrido. Seres incompletos y divididos, que en realidad eran uno solo, aunque a veces tú quisieras pensar que somos dos.

Por eso hoy al leerla, me pareció estar soñando. Me acostumbré a vivir en los sueños. Quizás por eso nunca he sentido lo que llaman, soledad. No anduve jamás por una calle sin que caminaras a mi lado. He dado varias vueltas al mundo con la única intención de cruzarnos en alguna de sus callejuelas. Hemos mantenido largas conversaciones en silencio, de ese modo tan mágico, que solo tú y yo sabemos hacerlo en la distancia.

He paseado una y otra vez bajo el sol con la esperanza de percibir tu calor con cada rayo de luz. Era tu mano la que sentía en mi hombro al pasear. Era tu cuerpo el que caminaba a mi lado, aunque nunca se reflejara tu sombra junto a la mía. Te he buscado sin descanso en la noche, y durante el día. Has sido mi bastón sin llegar a sostenerme.

Tu solo recuerdo ha sido capaz de iluminar mis día más negros llenándolos de luz. Aprendí a vivir de los fugaces instantes que me regalabas. Luego al recordarlos, podía sentir de nuevo ese calor lejano y ajeno al que yo no tenía derecho. He peinado mi cabello frente al espejo, pesando que eras tú quién lo acariciaba. Buscando un reflejo que diera respuesta y sentido, a esta agonía de estar sin ti.

Hasta hoy. Hemos pagado un precio intolerable, yo voy a estar aquí, esperando por ti. Pero por favor, no tardes mucho más, porque de desde esta carta en adelante, el tiempo va a pasar más despacio que de costumbre. Mírame y dime que vas a venir, que vendrás a buscarme y a quedarte, pero esta vez con la promesa de no irte jamás. Necesito que me rescates.

A veces he creído estar muerta, otras veces loca, pero de algún modo en los peores momentos de mi existencia, la vida siempre ha vuelto a mí, una y otra vez, aguardando a que llegara el día, en que ya  no te despidieras al anochecer.

Ningún ser humano merece esta lenta agonía.

En ocasiones he salido a sentarme en un banco, a observar a la gente que caminaba ajena a mi mirada. Transcurría el tiempo a medida que imaginaba sus vidas, quienes serian y cómo pasarían sus días. Sobre todo me fijaba en las parejas, intentando adivinar a través de su forma de moverse al caminar, en sus gestos o en su ropa, que tipo de relación mantenían.

¿Sabes?, veía a los enamorados, abrazados besándose. Y los imaginaba regresando a casa con la prisa que amerita el amor que aún está por hacer. O cenando, o viendo una película malísima, pero juntos. Algunos me parecían felices, pero puedo apostar sin temor a equivocarme, que ni tan solo uno de ellos, podía sentir algo así como lo nuestro.

Algo tan especial, no puede darse dos veces en la vida. El mundo gris no está preparado para sentir así. Tú y yo somos capaces de pintar el negro de blanco, y acto seguido desnudar al blanco para volverlo a pintar de mil colores.

Juntos tenemos un poder invisible a los ojos de los demás. No sé de dónde surge, si de las entrañas de la tierra o de una grieta en el cielo, pero es algo que brota y renace con cada gesto de cariño que nos profesamos.

Voy a estar mañana, junto al puente, en la orilla del río, dónde me encontraste por primera vez, no faltes, llevaré mi sobrero rojo.

Te necesito, Chloe.

Aldo estrechó la carta contra su pecho, del mismo modo que Chloe lo había hecho dos días atrás al recibir la de él.  Ya nada importaba ni dolía. En apenas 24 horas, estarían juntos para el resto de sus días.

Pero el destino caprichoso, aguardaba, escondiendo de nuevo sus cartas bajo la niebla. Jugando impasible, manejando los hilos de sus marionetas, en medio de una tempestad.

 

Extracto de algo más grande, que otro día verá la luz… Limerencia

 

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras, en ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... de todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.