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Cuando llegué al velatorio todos evidenciaron sus condolencias con la mirada. Se daban codazos unos a otros, advirtiendo a los más despistados que yo había llegado. Me apuntaban con lo afilado de sus narices, cómo si intentaran dirigirme su consuelo por una vía más rápida. Se mostraban compungidos, con el semblante descompuesto, rotos por entero, de dolor.

Dejé caer mis párpados con la cadencia de un profundo suspiro y apreté mis labios mientras aguantaba el llanto. Cerré los ojos un momento e incliné la cabeza hacia el suelo, improvisando una especie de saludo de agradecimiento.

Mi avión acababa de aterrizar, aún no había tenido tiempo de asimilar la pérdida. Apenas me lo comunicaron por teléfono, tomé el primer vuelo transoceánico y regresé a París

Vi sus zapatos bajo el féretro, adheridos al suelo con paciencia o derrota. Cómo una fiel mascota que espera a su amo atado frente al supermercado. Inmóviles y perfectamente alineados, esperando quizás un giro del destino. Parecía que estuviesen aparcados, aguardando la orden de salir de paseo.

Al verlos comprendí que mi esposa, estaba muerta. Ella nunca habría dejado los zapatos por medio en una habitación. Respiré aliviado, con cierto aire de libertad.

¡Joder! de liberación absoluta, no nos engañemos. Todos estos años de represión, de comer albóndigas de soja los sábados a mediodía, de cenar hamburguesas de tofu al salir de clases de padel. De tomar seitán cuadrado, imaginando que era un chuletón redondeado.

¡Cómo he podido aguantar tanto tiempo, semejante sarta de tonterías! ¡Con lo felices que éramos hace 20 años… cuando ni nos conocíamos!

Ahora voy a comer lo que me dé la gana, a cualquier hora, cualquier día. Voy a liar esas endemoniadas bolitas de soja y las voy a lanzar una a una contra la azotea del edificio de enfrente. Desayunaré todas las mañanas tostadas de mayonesa con ajo, y me limpiaré los dedos en el mantel de su tía Federica, ese que había bordado a punto de cruz, representando la odiosa puesta de sol de su pueblo.

Pero todavía tengo que guardar el tipo delante de toda esta gente, ellos esperan verme muerto en vida. El viudo destrozado. Es normal, una muerte violenta y tan joven, una mujer en la flor de la vida. Pero ¿a quién se le ocurre abrir la olla express sin esperar a que baje la válvula? Solo a mi mujer, ese manojo de nervios de cebollino. Igualita que su madre.

Por cierto, que la pobre de su madre estaba en casa cuando ocurrió el terrible accidente. Siempre aprovechan para juntarse y ponerme verde cuando salgo de viaje. Cuando recibí el aviso de su tía, la verdad es que quedé en estado de shock, supongo que nunca se está preparado para recibir este tipo de noticias. Pero, cést la vie, ahora debo aprender a vivir a mis anchas.

¿Y que hago ahora con todos sus zapatos? ¿los meto dentro del féretro?

No, ella lo encontraría muy inapropiado, son de la temporada pasada. De haber sabido que iba a morir tan pronto, seguro que se habría acercado a H&M a comprarse unas botas actualizadas.

Mañana mismo volveré a fumar, a usar slip en lugar de bóxer. Mañana lanzaré por el contenedor de basura del edificio, todos su zapatos rellenos con los paquetitos de seitán que quedan en el congelador.

—Cariño… Ya estás aquí, disculpa, no te vi llegar, estaba en el baño ¿has visto a mamá? parece dormidita. Me salvó la vida, sin saberlo. La pobre quiso hacer la comida para nosotras y no me dejó abrir la olla. Si vieras el ruido tan tremendo, fue cómo una bomba. Y encima estaba  yo sola, y tú de viaje en un momento tan dramático. Nunca estás cuando te necesito. Ya me dijo la tía Federica que te metió el susto en el cuerpo al llamarte para decir que era yo, quién había muerto. Pero querido, ya sabes que la pobre está más sorda que un pez y no se entera de nada.

Mira sus zapatos. Mira los zapatitos de mamá, siempre le gustaba comprarse el mismo modelo que yo. Por cierto, los voy a meter ahora mismo en la caja, ya me estoy poniendo nerviosa de verlos por ahí tirados.

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras, en ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... de todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.

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