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Todos los días en el puente Richmon, a eso de las 19.30, un extraño e insólito suceso acontece sin que el universo pueda evitarlo.

Un hombre salta al vacío hasta estrellarse irremediablemente contra el asfalto de una transitada carretera. El suceso en cuestión dura un par de minutos, desde que el hombre se acerca con decisión al borde de la acera,  se encarama a la barandilla, se santigua y se lanza.

Un par de minutos de horror, que a más de un transeúnte ha helado la sangre.

Pero solo a los turistas parece horrorizar. A la gente del pueblo en cambio, le resulta algo tan cotidiano como que el reloj del campanario repique a las horas en punto.

Y es que Willby T. junior es un viejo y conocido fantasma de la comarca.

No siempre fue así, en vida fue un honorable hombre de negocios. Un respetado miembro de la comunidad, con valores, de los que ya se van perdiendo. Uno de esos hombres tan recto y honrado que jamás en su vida faltó a nadie.

Hasta el día que ella llegó al pueblo. Pepa, la de los ojos de almendra marcona.

Las mujeres pueden ser una verdadera perdición y Will lo supo nada más conocerla. Una gitana con dotes adivinatorias, con más desparpajo que clarividencia.

Llegó al pueblo en su carromato de malas artes, o de artes que no lo son, la mágica, la quiromántica, o el arte del mal amar. Pepa era la tempestad, la luz del sol y la tormenta, todo a la vez. Era como un gran torbellino capaz de arrasar todo a su paso. Ese tipo de mujer que deja una huella imborrable entre el pecho y la espalda. Capaz de dejar una cicatriz a la altura del esternón más endurecido.

Cuando Will la vio llegar, sintió como se le iban escarchando cada una de las capas de su piel. Pudo notar el crujir de la sangre expandiéndose y golpeando al completo su corpus cavernosum penis, y el chisporroteo espontáneo de una bengala encendida en su arteria dorsal. Se quedó clavado en sus ojos, y supo que algo malo, muy malo, iba a pasar. Ella le sonrió, dejando ver el destello de su diente de oro, conocedora del poder que ejercía sobre los hombres. Saludó desde el carromato al compás del vaivén de unos pechos tan peligrosos como las rocas de un acantilado, un escote donde despeñarse y dejarse morir.

Pepa se instaló en lo sombrío del bosque, oculta de las miradas de curiosos.

Alumbrada por cientos de luciérnagas que se acercaron también seducidas y desconcertadas por el brillo que emitía la mirada de Pepa, que peinaba plácidamente el zaino pelaje de sus caballos, a la luz de la luna llena.

Pronto empezaron las habladurías en el pueblo, que si una bruja se había instalado en lo profundo del bosque. Que si un alma en pena con apariencia de mujer se paseaba entre   el verde nocturno de los cipreses,  en el camino del cementerio.

Pero en realidad nadie se había atrevido a comprobar que tan cierto era todo aquello. Nadie excepto Will. Una noche se despertó sobresaltado, se incorporó de un salto en la cama tras escuchar un susurro en sus oídos. Una voz helada de mujer lo citaba por su nombre. Era ella, la había visto en sueños llamándolo. Sin saberlo, Will, era ya presa de un maleficio iniciado al momento en que ella le regaló su sonrisa de oro.

Durante noches luchó consigo mismo, para no ceder al llamamiento de la gitana, pero finalmente accedió y emprendió el camino hasta el carromato.
A medida que se acercaba escuchaba con más claridad la voz de Pepa, que lo llamaba insistentemente. Atravesó un estrecho camino que se cerraba sobre su cabeza por unos frondosos árboles. Tan solo la luna llena iluminaba cada uno de sus pasos. Caminaba hipnotizado, sin voluntad propia, arrastrado a su  perdición sin poder evitarlo.

Al rato de caminar, se abrió un claro en el bosque, topándose enseguida con el carromato. Los caballos relinchaban,   dejando ver al contraste con la fría noche, su cálido vaho . Pepa salió a su paso, llamándolo, atrayéndolo hasta ella con el dedo. Ella sonreía y él temblaba. Sus ojos gitanos eran negros, de una profundidad escalofriante. Eran dos cuencas de un negro abismo sin regreso.

—Ven, siéntate a mi lado, quiero contarte una historia, muy antigua. Una historia tan antigua que lo más viejos del lugar no alcanzaron a conocer. Parece que tienes miedo, Will, pero nada debes temer. Si tu alma es limpia y tu mirada clara, el miedo se esfumará aniquilado por tu bondad. Porque… tú no ocultas nada, ¿verdad? Solo los hombres de noble corazón encontrarán el camino de regreso a casa. Pero, tú no temes nada ¿verdad, Will? 

Sentados junto al carromato en la vieja mesilla de mil colores, se tomaron de las manos en torno a una singular bola de cristal.

 

—Quiero que mires fijamente al interior de la bola, hazlo pausadamente, como si tuvieras que atravesar toda la esfera hasta llegar al centro de ella con tu mirada. Concéntrate en traspasar el cristal y alguien te hablará desde el más allá. No es casualidad que yo esté aquí, alguien me ha pedido que te viniera a buscar. 

¿Sabes que hay almas en pena que vagan sin rumbo ? se trata de almas que no encuentran su lugar. Destellos de luz que permanecen en una zona de tránsito, sin poderse marchar. Almas agraviadas que necesitan el saldo de una deuda. Normalmente, se trata de una deuda de sangre.

¿No conocerás a alguien así, verdad Will?

Will permanecía helado, petrificado por el miedo y el frío de la noche. No comprendía que hacia allí, como había llegado, ni como regresar. Aunque podía sentir angustiosamente el embrujo de aquella mirada con aires acusatorios. Una mirada que lo intimidaba con una profundidad imposible de esgrimir. Hizo memoria retrocediendo en el tiempo, escarbando en sus recuerdos. Buscando si existía algo dentro de él que debiera ser ocultado.

Y allí, en mitad de la nebulosa del pensamiento, se manifestó   la primera escena en su mente, como un fantasma del pasado. Apareció en su imaginación el cuerpo de Eloisa, cubierta de sangre, atada de pies y manos, cerca del puente.

Y acto seguido brotó otra escena, la de Norah, saltando al vacío, presa del pánico. perseguida por un depredador sexual. Y Julia implorando clemencia de rodillas, y…

Soltó de golpe las manos de la gitana, apartó la mirada de la bola de cristal y dándole un brutal manotazo la lanzó contra el suelo, haciéndola estallar en pedazos. Contuvo con sacrificio las lágrimas, ahogándolas en un grito de horror. Y recordó de golpe un pasado oculto en su memoria. Pepa agarró con fuerza las manos de Will y lo miró a los ojos, ahora su mirada parecía más encendida y menos negra. Mucho más furiosa y colérica.

— Vaya, Will, parece que no has sido bueno ¿quieres contarme algo? o prefieres contárselo a Norah, o a Sara, o a Eloise, Julia… podría continuar nombrándote decenas de nombres de chicas a las que llevaste al suicidio… Pensaste que podrías cometer tus fechorías y quedar impune al hacerlas luego desaparecer. Pero ellas han vuelto, para reclamar venganza, usándome a mi para tal fin.

Esta noche has venido por tu voluntad, sabes que debes pagar. El mal tiene un precio, pero la muerte, la muerte se paga con muerte y algo más…

Esta noche cuando te levantes de esa silla, caminarás hasta el puente Richmon dónde las obligaste a todas a saltar. Yo te condeno en el nombre de todo lo que luce bajo la luz de la Luna, en el nombre de las chicas muertas, te condeno a saltar por siempre al vacío.

Sonríe Will, para que pueda decirte con alegría… bienvenido al primer día del resto de tu condena. La eternidad.

 

 

 

 

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras, en ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... de todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.

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