Patmos, en algún lugar de Grecia, cerca del mar Egeo, invierno de 1939

Un hombre amanece sentado al borde de un acantilado. Sufre terribles angustias y preocupaciones. Se ha levantado temprano, como cada día. Le inquieta el tiempo, el modo en que transcurre, tan veloz.

Siente pánico por el color del cielo, tiene una teoría. Y es que, su azul se parece tanto al del mar, que un día la naturaleza aturdida y asfixiada por la falta de ozono, cometerá un error, y los dos azules se intercambiaran de golpe, como una vuelta de tortilla en el aire, y entonces los humanos moriremos ahogados y gobernarán los peces la tierra.

Es una de sus muchas hipótesis que piensa a menudo en voz alta.

Divaga recordando amores viejos, dice que son el hilo conductor de la trama de su vida, de cada desengaño y cada alegría. Y eso le crea desasosiego e inseguridad. Y mira al cielo y vuelve a sentirse aterrorizado. Y sale cada mañana con el corazón encogido por los amores que perdió, pero ataviado con su traje de buzo y una bombona de oxigeno, esperando que ocurra el desastre del cielo y los peces.

Es hombre de gustos sencillos, sin embargo, busca a diario la profundidad en las cosas. Preocupado por grandes y serios asuntos. Es griego de nacimiento. Terco y tozudo como su madre.

Comprende que todo lo que es admirado, es digno de ser aprendido, y encuentra en la observación y el silencio, sus más fieles aliados. También en la cocina.

Ha desayunado dos huevos fritos con ajos, sal y vinagre, usando la antigua receta familiar. Lo hace por costumbre, cada domingo. Le da seguridad, le refuerza sus cimientos, le hace conectar con la madre tierra, dice.

Y después ha salido sin miedo a la calle, con la barriga caliente y con la mente hirviendo en ideas. Siente ira contenida, una rabia que para conocer su origen tendríamos que hurgar en el recuerdo más íntimo de su infancia. Pero este no es el caso que nos atañe hoy.

Dimitry está dispuesto a emprender un camino. Ha aceptado su existencia como quién acepta un cheque vencido. Sabe que es inútil huir de uno mismo. Y explora de forma introspectiva el secreto de las cosas. No puede luchar con el mar y el cielo, pero mira dentro de él, y puede así, sentirse a salvo.

Hoy por primera vez en 50 años, subirá al punto más alto de la isla, donde se encuentra el monasterio de San Juan, en la ciudad de Chora y desde allí decidirá que hace. Necesita dar una respuesta a un amigo.

Cinco días atrás, Teodosio Segundo, el cartero de la isla, le ha comentado que tiene pendiente un entrega para él. Se trata de una caja. El paquete en cuestión, está repleto de cartas, algunas sin nombre ni dirección. Según le comenta su amigo cartero.

Dimitry es un hombre abatido, presa de un estado mental que lo inhabilita para todo. No le gusta escribir, ni leer. Tan solo pensar. Desgranar el sentido de las cosas. Cree que toda la verdad por descubrir, se encierra dentro de uno mismo.

Ahora se enfrenta a una terrible incógnita y por primera vez en su vida, esta, no proviene de su interior. Se niega a leer desde hace años, se juró que nunca más leería nada de nada. Se prometió que dedicaría su vida a la meditación, la observación, y la cocina. Pero ahora tiene un problema.

Un error en el matasellos y una serie de catástrofes naturales, han propiciado que nuestro hombre sea el destinatario y posible portador de los secretos más codiciados del universo. Y es que, a modo de carta, han sido enviados a su nombre los cinco grandes misterios de la humanidad, fueron escritos en la antigüedad por un pastor clarividente con aires de profeta.

Uno de esos grandes misterios hace referencia al cielo, y al mar. Y en otro se explica donde está la solución para que esto no ocurra.

Pero Dimitry, aún no lo sabe. Ni nunca lo sabrá. Ha devuelto al cartero la caja con todas las cartas. El envío era a portes debidos y ha considerado que nadie que lo quiera bien le habría enviado un paquete en esas condiciones.

Hoy en día sigue mirando al cielo, con su neopreno y su tubo snorkel, esperando lo inevitable, la gran tragedia del mar y el cielo. Y sueña con Beatricce, desnuda en alguna playa azul del Egeo, mientras sigue buscando respuestas en su interior.

 

 

 

 

 

 

 

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras, en ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... de todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.

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