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Todo loco nace de una rotura.

De algo que se rompe. Una fibra o una pequeña célula. Como la grieta que se expande con el latido de la tierra. Como el grito que irrumpe en la noche, rasgando el oscuro sosiego.

Hay días que no tienen sonido, ni ruido. Días que vibran al horrible compás del estruendo, de un inmenso silencio.

No son mas que días premonitorios de grandes tristezas, que acechan.

Esperando el momento de robarte la risa, de escalar los muros que sostienen tu alegría, de apagar la llama que guardas encendida para ti.

Pero si te fijas, si realmente te fijas y prestas atención, puedes oír un zumbido leve, reclamando atención en la lejanía. Proviene del suelo, del subsuelo. Una amalgama de pequeños aguijonazos que golpean, pidiendo paso desde el centro de la tierra.

Un amasijo de marga y grava que se retuerce y resquebraja, para traer al mundo y dar a luz, a las almas de los “no comunes”. Y es, entre pulsiones de densa lava, que renacen las almas forjadas a golpe de quebranto, de contratiempo, de dolor. Aquellas que luchan por sobrevivir a la catástrofe. Es un alma de una especie muy distinta a las que habitan normalmente, a pie de calle.

Se trata del alma irrepetible, de un loco.

De la esencia y la nobleza que se destila de la pureza. De la sinceridad sin máscaras. Un loco no tiene temor de serlo, pues se sabe protagonista de sus propios sueños, y  vive sabiéndolo, inmerso en ellos. Y no teme al tiempo, ni a la razón. Y no lo moja la lluvia, ni lo asusta el trueno. Es su verdad un lugar impenetrable, donde no queman ni mojan los elementos.

Es de allí, de donde provengo y donde volveré al final de mis días. Para fundirme con la tierra y volver a resurgir una y otra vez. A pesar de ti. Gracias a ti.

En ocasiones he sentido dolor, es fácil lastimarse cuando se tiene el corazón tan delicado.

Me han herido. Pero no he muerto.

Sigo en pie sin doblegarme. Sin rencor. Con intacta ilusión. Con la misma de antes, de siempre. Y seguirá siendo así hasta el fin de mi vida. Porque el faro que me ilumina no entiende de tempestades, y por mal que vengan los tiempos siempre sabrá regalarme su luz.

Y me recuerda  al mirarlo, cual es mi camino, y hasta me muestra amable, un atajo. Y yo lo amo, con la misma calma que me ofrece siempre, su tierno abrazo.

Dios salve a los locos, de los cuerdos y de ti.

 

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras, en ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... de todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.

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