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Carta al niño  hambriento  y agonizante que vi aquel día:

Querido pequeño desconocido. ¿Como podría explicarte que nunca te he olvidado? Que no ha existido ni un solo día de mi vida, en que tu imagen no haya regresado a mi mente. Como un destello inquietante, como una conciencia que no calla.

Querido niño de la calle, aquel día sin tu saberlo, quebraste por la mitad mi alma. Se quedó así, desecha, rota de espanto. Y es así como ha de quedar por siempre. No quiero arreglarla, ni recomponerla, quiero que me duela, para recordarte. Para no olvidarte jamás.

Querido ángel de las aceras, me consta que el día de tu muerte muchas cosas cambiaron en el mundo, como cualquier otro día. Pero nadie lloró tu ausencia.

Hubiera deseado sostener tu mano y acariciar tu rostro. Tantas veces. Que sintieras el calor de una parte de la humanidad que sí, llora tu perdida. Cantarte bajito al oído, la nana que nadie te cantó. Me hubiera gustado rescatarte y llevarte lejos. Y abrazarte y protegerte cada una de las noches en que sentiste miedo y frío.

Querido niño de la calle, aquel que vi un día en una foto, no sé tu nombre, ni sé tu edad. No quiero saberlo. No quiero olvidarte. Ni puedo hacerlo, ya.

No necesito saber como te llamabas para decirte, que para mi eras y eres importante.

No necesito saber como te llamabas, para sentir vergüenza por el ser humano que propició que tú estuvieras allí.  Por todos y cada uno de aquellos que permiten y consienten. Que se llenan los bolsillos y la panza y lo engordan todo a su paso, a todo cuanto les rodea.

Vergüenza de quien acaba dirigiendo un país, como pollo sin cabeza, por cosas del azar. Del patán que quiere y no sabe, y aún así se queda a mandar. Vergüenza de la ambición desmedida y a cualquier precio. De “el fin justifica los medios”, de la corrupción. De la mezquindad. De todos vosotros que miráis a otro lado cuando quien manda lo hace mal y aún así lo alabáis, como quien venera a un dios.

De tu maldad y de tu envidia. De la esencia miserable con la que se adhieren tus átomos y tus neuronas. De la mala sangre con la que se llenan tus venas.

Son vuestros nombres, COBARDES, los que quiero saber.  Nunca esas letras se las llevará el viento.

Para que no queden jamás impunes vuestros crímenes contra la humanidad.

Para contarles a mis hijos y a los hijos de mis hijos, el nombre que tiene el MAL.

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras, en ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... de todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.

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