Cuando se hizo presente la oscuridad de la noche y quedaba protegido de la vigilancia del enemigo, aprovechó para salir a tomar el aire fresco y fumarse un cigarrillo. Aunque parecía una contradicción necesitaba ambas cosas. La mayoría de la tropa estaba descansando -dormir era imposible- después de la primera jornada de una batalla que se le antojaba muy larga. Afortunadamente él no había tenido que disparar ni una sola vez, con lo que se había ahorrado el tormento posterior a segar la vida a alguien. La humedad era tan grande que tuvo mucha dificultad para encenderlo y el humo que despedía por la boca apenas se distinguía entre la espesa niebla. “¿Qué hago yo aquí ?”, se preguntaba.

Pensaba en desertar mientras apuraba el pitillo: “Pero ¿cómo?, estoy muy lejos de casa, además no tengo dinero ni sabría como manejarme ni comunicarme con los nativos de estos parajes. Antes de abrir la boca ya me habrían disparado como a un lacayo de Satanás”, se decía a sí mismo mientras paseaba en círculo. Se había alistado voluntariamente con esa idea romántica de luchar contra las injusticias del mundo y creía que la mejor manera era en el ejército, quien imponía la legalidad allí donde no existía. Era joven y todavía creía que las personas se movían por intereses éticos y morales y, en consecuencia, que las leyes eran justas.

Con tan solo una semana en el frente y en su primera operación (eufemística manera de llamar a la invasión, agresión, asedio…guerra en definitiva) se dio de bruces con la realidad. Cuando asaltaban una ciudad o un estado y hacían caer al gobierno corrupto y totalitario, no lo hacían únicamente para imponer el orden ni tampoco por razones humanitarias. Normalmente pasaba todo lo contrario: una vez que dejaban a la población a su suerte, el caos y la violencia, acompañada también de la hambruna, pasaban a gobernar el territorio. En realidad lo hacían porque a alguien le beneficiaba. Aunque se solía disfrazar y justificar como una necesidad para el bien común: “para la sociedad democrática y civilizada”, decían los que vestían con traje y corbata. La verdad es que siempre detrás de todo acto bélico había un grupo no muy grande de personas muy adineradas, cuyo único objetivo era acaparar todavía más riqueza y poder. Sus industrias se nutrían de la guerra, pero además la reconstrucción era un negocio muy rentable. Con todo ese dinero podían sobornar a todos y cada uno de esos gobiernos “civilizados y demócratas” para poder hacer la leyes a su medida. Los grandes líderes mundiales, que según ellos buscan el equilibrio de fuerzas para poder mantener el estado del bienestar, la libertad y el modelo de vida occidental, sucumbían a tan lucrativas donaciones y se convertían en meras marionetas de los poderosos.

Todavía no había amanecido del todo, que su batallón ponía rumbo a la ciudad donde se suponía que se escondía el enemigo. El objetivo era tomarla y hacerse con el gobierno. Empezarían por el ayuntamiento y seguirían por las emisoras de radio, periódicos, escuelas, centros de culto, etc… Mientras caminaba en silencio no podía dejar de pensar en lo mucho que habían cambiado las guerras. Antes se disputaban en los campos de batalla, alejados de los núcleos urbanos donde se citaban los combatientes para luchar a muerte. Los que sobrevivían habían ganado. Así de simple (salvo si una de las partes se rendía antes, aunque las posibilidades de morir eran enormes igualmente, por ese motivo no era frecuente esa solución: era indigna). Ahora las guerras modernas, se libraban en las calles de las ciudades atestadas de gente, que no podían huir o no les daba tiempo para hacerlo y en las puertas de sus propias casas. Le atormentaba la idea de tener que cumplir una orden que iba en contra de sus principios y del más elemental sentido común. Sobre todo aquellas que afectaban a civiles desamparados y pobres que se convertían en víctimas inocentes.

De repente se encontró con su mirada. No era lo único que lo apuntaba. También lo hacía un Kalashnikov sujetado por un crío de no más de 10 años que había aparecido no se sabe de dónde. Se quedó paralizado. La mirada del niño era increíblemente desafiante y si hubiera tenido dos palmos más de altura seguramente hubiera respondido como se espera de un soldado. Pero no pudo. Cuando quiso reaccionar ya fue demasiado tarde: un disparo certero abatió al chaval dejándolo inerte en el suelo. Provenía de su compañero de pelotón que se había quedado sin voz gritando: “¡acaba con ese hijo de puta de una vez!”.

Seguía todavía conmocionado mientras a su alrededor todo sucedía muy deprisa … Se acercó al cuerpo sin vida del niño; de su sien todavía brotaba la sangre y la mirada seguía siendo la misma que lo había paralizado minutos antes. Recogió el arma y se estremeció: era una réplica perfecta de plástico del Kalashnikov…

Normalmente cuando la población los veía acercarse se dispersaba, ofreciendo el aspecto de una ciudad fantasma. Pero sólo era una sensación: se percibían agazapados y vigilantes, no para preparar una emboscada, sino por precaución. Los diversos ejércitos que por allí habían pasado les dejaron un recuerdo indeseable. “El nuestro no iba a ser mejor”, se decía. Ahora emergían por todas partes, blandiendo palos y todo tipo de útiles de trabajo, gritando y llorando con desesperación y rabia. Recogieron el cadáver y se esfumaron con la misma velocidad con la que habían aparecido, sin que los soldados pudieran hacer nada para evitarlo.

Entre bocanadas de humo, se atormentaba con lo sucedido. Acumulaba ya muchas noches sin dormir.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

Últimos post porMeco (Ver todos)

Deja un comentario