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Estaba viviendo esa pausa de silencio reflexivo justo antes de la gran batalla, como para poner en orden aquellas cosas que la muerte súbita no le permitirá hacer. Durante ese minuto reina una paz desconocida e indecente con la violencia inhumana que se desatará unos instantes después.

Por fin parecía que se iban a enfrentar al enemigo. Amaneció un día lluvioso, que era una cosa extraordinaria en la región. No llovía más de diez días al año y esa mañana era uno de ellos. Se encontraba parapetado detrás de un improvisada trinchera con todo tipo de escombros de bombardeos anteriores. El corazón parecía querer salir de su cuerpo. Bombeaba a toda velocidad provocando una excitación que tenía que contener para no mostrar su posición. Habían localizado al enemigo el día anterior y los mandos habían decidido ir a su encuentro.

De repente los más veteranos empezaron a gritar cómo posesos: era la señal inequívoca de entrar en acción. Un sudor frío le recorría por la espalda confundiéndose con la lluvia que le calaba. Respiró profundo y …¡zas! Su compañero cayó a sus pies impidiéndole levantarse. Intentó socorrerle entre disparos, gritos y soldados que avanzaban por encima de ellos tan cegados por la ira que no reparaban por donde pisaban. No respiraba, no sufrió: murió al instante. Se santiguó —era la primera vez que lo hacía porque no era practicante —, se colocó el casco, se incorporó y…!zas! Recibió el impacto de un disparo. Se derrumbó sobre el compañero que había dejado muerto hacía unos segundos. Ahora el agua de la lluvia le caía sobre la cara dándole un respiro a la agonía. En ese momento le vino a la cabeza y casi como último pensamiento, un concierto de música clásica al que había asistido poco antes de alistarse. Quedó impresionado por la fuerza que desprendían todos aquellos delicados instrumentos y comprendió por que muchas veces se ha utilizado la música clásica para acompañar a las películas bélicas. Decían que era capaz de transmitir la épica de la guerra, pero ahora que se sentía morir no percibía esa gloria. Se despedía de este mundo de la forma más ridícula y absurda. Moría por unas ideas que no existían, por un país que no lloraría su ausencia, en una guerra donde no había visto al enemigo y sin haber disparado ni una sola vez. Se llamaba Orlando Smith.

¡Capitán, deme el parte de guerra de hoy!

Sí, mi Comandante. Bajas en nuestras filas: 80 hombres. Todos de la misma compañía: la de los novatos. Daños colaterales: unas 150 víctimas civiles aproximadamente, incluyendo niños y mujeres. Bajas del enemigo: suponemos que unas 50.

¿Cómo que suponemos? —preguntó el comandante.

Porque no encontramos ningún cadáver por el camino mientras avanzábamos y le aseguro que el combate fue muy cruento.

¿Pero eso es mucho suponer? —replicó otra vez el comandante.

¡Señor, por esta región el enemigo tiene un comportamiento muy poco ortodoxo!

!Está bien!, siga usted capitán

Tomamos la ciudad y el orden se ha restablecido. No hemos perdido ningún vehículo y la moral está muy alta.

Muy bien puede usted retirarse.

El comandante se reclinó sobre la silla, resopló y contactó a través del teléfono celular con su superior.

¡Mi General!… ¿es usted?

!Al habla!

¡Misión cumplida! Hemos alcanzado el objetivo.

¿Muchas bajas? —preguntó el General.

Ha caído casi una compañía entera: ¡La de los novatos!

Lástima, pero está dentro de los límites soportables.

¿Quiere saber las víctimas civiles? —preguntó inocentemente el Comandante.

Preferiría no saberlo, pero de todas formas me lo va a decir… ¿cuántas?

Unas 150 personas.

Espero que nos puedan perdonar algún día —contestó el General con poco convencimiento.

A muchos kilómetros de distancia recogió la llamada el ministro de defensa. Tubo que retrasar una conferencia que tenía que impartir sobre la dificultad para obtener una paz duradera en oriente medio.

¿Como ha ido hoy , General?

Muy bien, señor. Seguimos avanzando según lo planificado y cada vez tenemos más territorio bajo nuestro control.

¿Y la tropa, está animada?

Sí, Mucho.

¿Cuantos soldados hemos perdido hoy? – preguntó el ministro.

Sólo 80 hombres, aunque todos eran muy jóvenes. Eran de la compañía de los novatos.

Daré instrucciones inmediatamente para que manden sus cosas y nuestra más absoluta consternación a su familias. Pero por lo que me dice, estamos por debajo de lo que teníamos previsto. Así que tenemos motivos para estar satisfechos. Todo anda según la estrategia marcada por el estado mayor y el presidente del país. ¡Buen trabajo, sigan así!

Gracias. En cuanto a las víctimas civiles…

No siga, no es necesario que me lo diga. No quiero tener ese cargo sobre mi conciencia. Informaré al presidente y éste seguro que por videoconferencia los felicitará.

Mientras tanto en un casi vacío pabellón Omega, un silencio infinito lo dominaba todo. Sólo era roto de vez en cuando por un llanto sordo desde una de la literas de los pocos supervivientes. Todo estaba perfectamente ordenado y listo para el pase de revista. Así lo habían dejado, como cada mañana, los soldados antes de partir de madrugada. Camas bien hechas, sin arrugas, perfectamente alineadas y los enseres personales guardados en las pulcras taquillas. Sobre la cama de Orlando destacaba un paquete de cigarrillos abierto.

Photo by csm_web

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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