Era inevitable. La tentación no vivía arriba ni tenía forma de mujer voluptuosa. Hacía años que no sucumbía a ella, no por ganas sino por falta de oportunidad. Había dejado de ejercer con tan sabrosa obligación. Era un momento agradable, un recuerdo de la infancia, aquella que me resistía a dejar por miedo a que un día al mirar atrás la viera tan lejos que ya no me reconociera. En esa etapa estamos deseosos de crecer y no nos damos cuenta de que lo hemos hecho hasta que el camino no se pone cuesta abajo.

Con cada bocado sufría una especie de sacudida placentera que me transportaba a ese período embrionario de mi vida adulta. Cuando regresaba a casa con una parte de ella amputada, recibía la correspondiente reprimenda de mi madre que no por mucho insistir yo dejaba de repetirlo al día siguiente. Ya entonces era evidente que se trataba de un puro formalismo porque, a la que me daba media vuelta, ella también se dejaba llevar por tan deliciosa seducción.

Seguía caminando con ella en la mano, notaba su calorcito y la miraba con voracidad. Me cruzaba por la calle con otras personas y observaba que sufrían el mismo síndrome. Un síndrome que dibujaba una sonrisa de felicidad. De plenitud. De sabor humano. De algo que se mantiene auténtico e invariable a los largo de los tiempos, que te sigue acompañando durante todo el día en los momentos más entrañables y familiares y que la tecnología no puede ni suplantar ni desplazar. No sirve para alimentar el alma, pero consigue darte energía para que sigas viajando con ella. Diversas modas, intereses económicos e ideologías nacidas al amparo de la abundancia, han intentado marginar a tan esencial alimento sin conseguirlo.

El establecimiento donde la había adquirido, también desprendía un aroma de cálida tradición. Allí dentro parecía que el tiempo se había detenido. Con su trastienda, su mostrador de madera y mármol, repleto de artículos expuestos de forma desorganizada, casi anárquica, pero que ejercía una poderosa atracción sobre los ojos, pues todos los deseos empiezan por ellos. Para llevarte algo a la boca primero se tiene que tener el visado de la mirada y en algunos casos estar secundados por el olfato y el tacto. Allí te atienden con lentitud y una sonrisa amable. Saben tu nombre y se interesan por tu familia. No tienen caja registradora y todas las cuentas las hacen mentalmente o como mucho en el reverso de una cartulina de cualquier embalaje. Esos comerciantes, sin ser reconocidos, hacía décadas que reciclaban sin saber que luego le pondrían ese nombre y se convertiría en una religión. Hacían lo que siempre había dictado el sentido común: aprovechar y cuidar las cosas, repararlas antes de comprar una nueva y no tirar nada a la basura que fuera útil.

Cuando entrabas allí el mundo retrocedía unas cuantas décadas. De nada servía la impaciencia: las prisas no eran atendidas allí. Tenías que esperar tu turno que podía demorarse porque nunca dejaban una conversación a medias con quien que estuviera delante tuyo. Te dejabas llevar por el clima de relajación y por los cotilleos del barrio, que no solo consistían en burlas mordaces de algún vecino, sino que siempre habían conseguido unir de alguna forma invisible las vidas de todos los que allí estacionaban, sacándolas del anonimato y permitiendo así socorrer a una anciana que vivía sola, a una mujer maltratada, a un niño abandonado, a un adolescente suicida o cualquier otra desgracia no anunciada pero sí conocida por verduleras y panaderas. La balanza no era digital y si estaba trucada era imposible saberlo porque llevaba más de cuarenta años de servicio sin haber cambiado de lugar. Las marcas de ella estaban  incrustadas en el mostrador como reivindicando su lugar en aquel submundo.

Antes de despedirme con un «dales un beso a tu mujer y a los niños» me regalaban un caramelo de palo para ellos. Todo esto lo había obtenido con tan solo setenta céntimos que era lo que valía la barra de pan que había comprado.

Ya en la calle la volví a mirar: le faltaba el cantero de un extremo que ya había engullido. La otra punta se presentaba ante mí virginalmente. No pude resistirlo. Noté como crujía en mi boca.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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