La tecnología nos ha proporcionado tantos ruidos diferentes en forma de avisos acústicos que al final, forzosamente, se han de repetir.

Me despertó el pitido del microondas. Pensé que alguien me acababa de preparar el desayuno. No hay mejor estímulo para mí por las mañanas que un buen café con leche y magdalenas, incluso las mejores reflexiones me salen ante ellas. Estas son al desayuno lo que una ración de oreja al aperitivo: imprescindibles.

Al abrir los ojos comprobé que todavía estaba en la cama del hospital que me tenía postrado desde hacía unos días. Así que la señal sonora podría corresponder a alguno de los artefactos a los que me tenían conectado.

A veces los sueños se confunden con la realidad , pero en este caso yo he confundido los sueños propios con aquellos inducidos. Estos últimos son intrusos y se peleaban con los primeros para ocupar mi mente.

La forma de vivir los sueños inducidos es como la de esos juegos de realidad virtual: las cosas suceden de forma acelerada a tu alrededor. Tú eres el sujeto principal y las sensaciones te asaltan compulsivamente por todos los rincones que tu campo visual permite. El cuerpo se sacude a los numerosos y desordenados estímulos que recibes sin poder evitarlo. Los personajes no son tuyos ni de tu imaginación, nunca han estado en tus pesadillas y las historias nada tienen que ver con tus fobias o anhelos. Es un sueño ocupante.

Al entrar en aquella habitación ya noté que flotaba una atmósfera diferente, más cargada. Tenía la sensación de no estar solo. Comencé a inquietarme imaginándome que por allí vagaban las almas de los que habían ocupado aquel espacio antes que yo. Fantaseé con que por allí flotaban las historias personales de todos ellos. Me pregunté por qué se habían quedado allí una vez que los inquilinos abandonaban la estancia. Seguí elucubrando sobre la suerte que corrieron y si ese era el motivo de esas presencias invisibles.

Los médicos me decían que era normal tener esas alucinaciones, que eran producto de los potentes fármacos con los que trataban de mitigar los dolores provocados por la intervención quirúrgica. Yo les mostraba mis dudas al respecto y ellos me sonreían condescendientemente. Estaba convencido de que aquellos delirios no nacían de mi imaginación, sino que se mostraban para que yo los pudiera ver y sentir… Lo creo porque lo que pasaba antes mis ojos cerrados no tenía mucho sentido, pero sí estaba cargado de muchísima emoción. Podía advertir el sufrimiento, la aflicción y la angustia. La alegría y la tristeza, la esperanza y la desesperación. La ira, el odio, el amor, la traición, el resentimiento, la bondad, la inocencia y sobre todo el miedo.

¡Buenos días!

¿Quién es usted? —pregunté al aire porque no veía a nadie.

Soy la enfermera.

No la reconozco.

Soy especial, solo actúo en esta habitación

¿Cómo dice?

Soy la enfermera de la habitación de los sueños inducidos.

Quise reír, pero aborté el intento al notar los espasmos dolorosos en mi abdomen.

¿Así se llama esta habitación?

Efectivamente. Aquí están concentrados los sueños inducidos de todas las personas que han pasado por aquí antes que usted. Soy la encargada de velar por ellos y sobre todo de ordenarlos y ponerles dueño.

¡Venga ya! —exclamé asustado al comprobar como se parecía aquello a lo que yo había pensado o soñado. Estaba totalmente confuso.

Acaba de tener uno de esos sueños y es importante que sepa su nombre.

¿Cómo lo sabe? — le pregunté mientras le alargaba el brazo para que pudiera ver la etiqueta con mis datos en la pulsera hospitalaria.

Los sueños inducidos solo suceden una vez. Nunca se repiten. Por eso es importante saber de quién pudo haber sido.

Pero lo que yo he visto no tenía ni pies ni cabeza.

Sí, pero al menos sabemos a qué personas corresponden aunque no se le puede asignar a cada una el suyo porque se mezclan caprichosamente y se presentan ante el próximo residente de forma totalmente desordenada.

¿Y qué importa de quienes son?

No todos los sujetos soñadores sobreviven, yo me encargo de mantenerlos vivos en el recuerdo y así vamos formando una cadena entre los que están y los que se han ido. Mientras alguien se acuerde de ellos vivirán para siempre.

¿Y eso solo sucede en esta habitación?

Sí. Es ella, manipulando al destino, quien decide qué pacientes la ocuparán.

Creo que ha visto muchas películas…

Un día caminará por la calle y se cruzará con una cara que le sonará muchísimo. Tendrá la sensación de haberla conocido, pero será incapaz de ubicarla. Se pasará días enteros pensado en ello porque tiene el convencimiento de haber convivido estrechamente con ella. No se habrá vuelo loco. Seguramente antes que usted ha ocupado esta misma habitación y han compartido el mismo sueño inducido.

Miré ¿Sabe lo que le digo?…No me creo…

Una ligera corriente de aire cruzó la habitación seguida de un fuerte golpe de la puerta al cerrase. Me sobresalté.

Buenos días, ¿Qué tal ha pasado la noche? Vengo a tomarle las constantes vitales…

¿Quién es usted?

Sr. Pardillo, ¿No me reconoce? Soy la enfermera de día…

Pero… pero… ¿No ha pasado usted antes por aquí?

Pues sí, cada mañana. Veo que ha tenido un sueño profundo…Eso es bueno.

¿Cómo se llama esta habitación?

Está usted en la número 69

¿Ha ocurrido algo en esta?

Claro. Muchas personas han recuperado la salud aquí…¿Se encuentra bien? ¿Quiere que le traiga un calmante?

¡No! Quiero que se acerque y me dé un bofetón.

¿Se ha vuelto loco?

Bueno, pues deme un beso —sonreí al ver su expresión de sorpresa.

Buen intento. Es usted muy original Sr. Pardillo…

No, de verdad, por eso le pedía un bofetón. Un pellizco o un pinchazo también servirán…Quiero sentir dolor para confirmar que estoy despierto.

Se acercó más a la cama y se inclinó hacia mí. Pude notar su perfume y los latidos de su corazón. Cerré los ojos esperando …

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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