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Muy pocas veces le habían escuchado alzar la voz. Era un hombre tranquilo y silencioso. Entró a trabajar en aquella institución como aprendiz con doce años y no había conocido otro trabajo. Durante muchos años vivió incluso en el mismo edificio donde le habilitaron un cuarto con la comodidades imprescindibles puesto que, hasta que no mejoraron toda la instalación eléctrica, había muchas averías, tanto de noche como de día. Javier era hijo único y fue criado exclusivamente por su madre desde el mismo día que nació porque su padre los abandonó. Nunca quiso a Javier pero aguantó todo el embarazo hasta que lo tuvo en brazos y no pudo resistir el peso de la responsabilidad.

Su madre trabajó tantas horas como fueron necesarias para poder educar a su hijo lo suficiente para que pudiera buscarse la vida sin necesidad de pedir o robar, como era costumbre entre muchos jóvenes de barrio marginal donde vivían. Además de hablar siempre en voz baja era de pocas palabras, pero era sociable. La gente confundía esa prudencia y timidez con una rareza a la que no sabían cómo bautizarla. Así que de niño comenzaron a llamarle «El Rarito», porque no podían decir nada malo de él. Era amable y se prestaba a participar sin ningún problema en los juegos que se organizaban en la calle. Al hacerse mayor y sin darse cuenta, le mudaron el apelativo y pasaron a llamarlo «El Bonachón», entre otras cosas porque era grandote y siempre contestaba con una amplia sonrisa a quien le saludada. Ayudaba siempre a su madre y a sus vecinas. Era el primero en presentarse como voluntario para cualquier actividad vecinal y para las fiestas del barrio él , que era un manitas, se encargada de todos el montajes del entablado así como de su iluminación y sonido.

Nunca se le conoció novia o pareja. Se podría decir que vivía allí dentro y que lo que más deseaba era poder ocupar, cuando llegara el momento, una de aquellas habitaciones. Se conocía cada centímetro del centro y se movía por él con asombrosa facilidad. Formaba parte del paisaje así que no era de extrañar que nadie reparara en sus movimientos aunque fueran totalmente ajenos a su actividad.

Aquella noche volvió a entrar el la habitación. Esta vez aprovechó la débil luz de la luna llena que penetraba por la ventana, para moverse por allí sin necesidad de utilizar ninguna linterna. Además se la conocía bien. Elena notó su presencia de inmediato. Como acto reflejo cerró los ojos para hacerse la dormida. Estaba bocaarriba que era una postura que no le gustaba demasiado, pero había dormido tanto durante el día y la noche anterior que ahora no había marera de que Morfeo la abrazara. Sintió como el intruso la miraba. Olfateó el perfume barato que desprendía su mano cuando se la pasó por delante de los ojos para comprobar que realmente estaba dormida, incluso pudo percibir su aliento de tanto que se acercó. Esperaba que él no notara su temblor que de momento era interior pero que en cualquier momento podría mostrarse convulsivamente.

Javier se alejó y comenzó a revolver por el armario vacío de la difunta Rosario. Sus familiares ya se habían llevado todas sus pertenencias cosa que molestó y sorprendió al intruso. Siguió rebuscando por debajo de el colchón, por el suelo y por la mesita. Al abrir el cajón encontró un único dibujo sin acabar de colorear, que llevaba por título «La fuga» y en el que se veía dos personas en sillas de ruedas que intentaban salir por una puerta cerrada. Era evidente que Rosario no lo había hecho, pero el motivo no podía haber salido de otra mente.

Volvió junto a Elena y miró también bajo su cama y debajo de la almohada. Ella notó como su mano se adentraba y se movía sin orden por debajo de su nuca. Siguió haciéndose la dormida aunque su respiración agitaba indicaba lo contrario. Javier no la percibió porque estaba obsesionado en su empeño. Cada vez más ofuscado dejó de ser prudente y se ponía en evidencia con movimientos cada vez más bruscos y ruidosos. Su desesperación iba en aumento y anuló su pericia para moverse en la oscuridad. No tardó en perder el equilibrio al tropezar con la pata de la cama. Acabó besando el suelo formando un escándalo que no pasaría inadvertido. En eso momento Elena se sobresaltó abandonando el disimulo y comenzó a gritar. Al instante se abrió la puerta y se ilumino la habitación.

¿Qué cojones haces aquí? —peguntó el director acompañado de un par de policías y las enfermeras del turno de noche.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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