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A nadie le sorprendió cuando amaneció muerta su compañera de habitación. Eso era muy frecuente allí. A Elena le extrañó que estuviera en silenció cuando se pasaba las noches en vilo, hablando sola o gritando. Aquella mañana permanecía recostaba sobre el lado derecho mirando hacia la ventana. No podía observar el bonito día que despuntaba porque allí solo quedaba su cuerpo.

¡María, despierte! ¿Está bien, María?

Pero María no respondía. Elena llamó entonces a las enfermeras que al ver el cuerpo inmóvil de la anciana entendieron rápidamente que nada podían hacer ya por ella.

Era la segunda vez que se le moría una compañera de habitación en el periplo de hospitales que había recorrido los últimos dos años. «Yo nunca he estado enferma y mire ahora», le decía siempre a los doctores que la atendían. Ellos le decían que era normal y que debería estar contenta porque estaba muy bien de la cabeza.

Además tiene usted un aspecto envidiable.

¡Mira qué guapa estás! —apostillaba la enfermera.

Claro, doctor, es que en la cara no tengo nada. Lo que me duele son las piernas —contestaba Elena.

De esta forma siempre arrancaba una sonrisa a quienes la atendían. Y en aquel lugar no era diferente. Las auxiliares casi se preocuparon más de la reacción de Elena al principio que no de la difunta compañera.

¿Qué ha ocurrido aquí, Abuela? ¿Estás sola en la habitación? —preguntó Raquel.

La mujer de ahí ha estirado la pata.

¿Y tú estás bien?

Claro, mientras no me toque a mí…

Qué bruta eres , Abuela.

Si llegas a mi edad comprenderás lo que significa la palabra: tiempo.

¿Qué graciosa eres? Me gusta que estés de buen humor.

Ni estoy de buen humor , ni soy graciosa.

Ahora no te sigo.

Soy egoísta, otra cosa que aprenderás, y el sarcasmo me permite seguir con vida sin volverme loca.

Confundida Raquel la abrazó no tanto por la ternura que sentía por ella sino para disimular el desconcierto. A veces creía que su abuela era de otro planeta. Pero la quería tanto o más que a sus propios padres. Disfrutaba desde muy pequeña de las historias que le contaba. Lo hacía siempre con mucha gracia y expresividad. La mayoría de la veces acababan las dos llorando de felicidad. Al salir de clase y antes de llegar a su casa se había acostumbrado a visitar a su abuela. Le había costado no pocos disgustos con su madre que consideraba que no tenía edad para andar sola por la calle y sabedora de que los relatos de su suegra no siempre eran adecuados para una niña. Había mantenido más de una discusión con Elena acerca de la conveniencia de hablarle de esas cosas tan crueles que pueden llegar a hacer los humanos.

No protejas tanto a la niña, es lista y espabilada. No la atontes evitándole el lado amargo de la vida.

Ya tendrá tiempo de descubrirlo, todavía es muy pequeña— contestaba ella indignada.

Merendaba allí siempre. Mientras lo hacía Elena la miraba embelesada. Le gustaba ver como disfrutaba la niña con una simple rebanada de pan cubierta de aceite. Le ponía tanto que este chorreaba por los bordes y se filtraba por la miga. En ese momento Raquel le rogaba que le contara una de sus historias. Le suplicaba que fuera una de cuando ella era joven y bella y los mozos de su pueblo la pretendían con insistencia. Elena, que no quería romper ese encantamiento, se inventaba unos increíbles relatos de amor que nunca vivió, no porque no le hubiese gustado sino porque la hambruna, la miseria y una guerra cruel no se lo permitieron. Era tanta la intriga y los giros que le daba a su narración que Raquel se olvidaba de comer y se quedaba con la boca abierta hasta que Elena le devolvía a la realidad con unos sonoros besos que hubiera despertado a un muerto.

Bueno, al menos ahora estás sola en la habitación.

No creo que sea por mucho tiempo.

Así fue. Una vez que los familiares se hicieron cargo de las pertenencias de la finada y después de limpiar y cambiar la cama , esta fue ocupada por otra inquilina. A diferencia de la anterior esta no hablaba, pero en cambio, no paraba quieta en la habitación. Se pasaba el día deambulando por los pasillos con la mirada perdida y el bolso en la mano. Aunque iba casi desnuda, nunca dejaba ese complemento. Entraba en las habitaciones que no eran la suya y si se encontraba una cama vacía no dudaba en acostarse en ella. Las enfermeras iban todo el día detrás de ella enfurecidas. Pero la pobre las miraba si entender nada. Elena se convirtió en su vigilante durante los dos días que la tuvo de compañera. No duró más. Al tercer día tampoco vio la luz. No le dio tiempo ni a saber su nombre, aunque ella tampoco lo recordaba.

Que en menos de una semana hubieran dos fallecimientos tampoco era excepcional. Aquella institución tenía una de las estadísticas más altas de mortalidad en instalaciones hospitalarias. No era extraño pues se trataba de un lugar atestado de enfermos terminales. Pero que los dos fallecimientos hubieran ocurrido en la misma habitación y las dos al parecer con los mismos problemas respiratorios graves que no presentaban cuando entraron allí, comenzó a preocupar a los doctores y responsables del centro.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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