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Elena permanecía en su cama ajena a todo lo que sucedía a su alrededor. También ignoraba el esplendido día que desbordaba por la pequeña ventana de la habitación. Pocos días el sol entraba con tanta determinación iluminando la sombría estancia. Siempre había sido pequeña , pero todavía lo fue más después de la última remodelación. Para dar cabida a un pequeño baño adaptado, tuvieron que robar espacio a la intimidad y confortabilidad de trabajadores y visitantes. Justo se podían encajar las dos camas y el personal tenía que hacer verdaderos malabarismos para moverse por allí. Incluso tuvieron que prescindir de las mesitas (pensaron que los ocupantes ya no tenían mucho que guardar en ellas). Los acompañantes tenían que entrar por turnos porque más de dos personas a vez no cabían. Los responsables de la instalación jugaban con la ventaja de saber que muchos enfermos acababan olvidados allí. Muchos porque habían vivido tantos años que ya no les quedaban parientes ni amigos vivos y otros porque, como si de un mueble se tratara, habían sido depositados en aquel trastero humano como paso intermedio a su abandono total.

Aquella mañana el silenció era inusual. No corrían ni carros ni enfermeras por los pasillos. Todavía no habían levantado ni lavado a los pacientes que lo necesitaban. El acostumbrado bullicio de las primeras horas del día, había quedado diferido por una reunión urgente de todos los trabajadores con la dirección. Un único punto en el orden del día: las muertes sobrevenidas en la habitación 113.

Se revisaron los protocolos de actuación de todo el personal. Se les recordó que no solo debían atender a los enfermos desde el punto de vista clínico , sino también psicológico. Que tenían que estar pendientes de las personas que los visitaban y avisar a seguridad ante la más mínima sospecha. No había motivo para la alarma, pero dos casos de muerte súbita tan seguidos, en la misma habitación hacía que se tuvieran que extremar las medidas de atención y seguridad. No se abrió ningún expediente para investigar lo sucedido, porque estaban pendientes de las autopsias. Pero todos se tenían que poner en alerta ante una posible negligencia o un fallo grave de seguridad.

Hola abuelita, ¿que ocurre hoy aquí? No hay nadie por los pasillos.

Hola, Raquelita. ¿Ya empezamos preguntona?

No me llames así, que ya tengo 16 años.

Ay, mi mujercita. Tienes razón y yo tengo 95 y me has llamado abuelita…

Es cariñoso.

Raquelita también.

Bueno, no me líes. ¿Me vas a explicar qué ocurre?

Primero dame un beso.

Raquel lo hizo con gusto aunque eso implicaba sostener la respiración por unos eternos segundos porque su abuela la abrazaba igual que besaba: con una fuerza descomunal. Elena no tenía mesura: todo lo hacía a lo grande , a lo bruto, sin remilgos ni adornos innecesarios. Con sinceridad aunque doliera. Quizá por eso Raquel la quería tanto, porque ella era igual.

Ya ves , mi niña. Me he vuelto a quedar sola en la habitación. Andan todos por ahí un poco preocupados…

Jolines. ¿Pero tú estás bien?

No sé que pensar.

Oye, que esto no te afecte, Si te traen momias es normal que se mueran tan pronto…

No hables así, Raquelita.

Que me llames Raquel —comenzó a fingir que lloraba.

No llores, cariño. Ven que te voy a abrazar otra vez…

Es que no quiero que te vayas…

Todavía estoy aquí y voy a dar guerra.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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