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No pasaron ni 24 horas que Elena ya tenía una nueva compañera de habitación. Lo sospechó la tarde anterior cuando vio entrar a los de mantenimiento. Se disponían a sustituir la cama entera. Elena , que era curiosa por naturaleza, no pudo evitar interesarse por tan insólita actuación.

¿Oiga, usted?

Dígame, señora.

¿Por qué cambian la cama entera?

Órdenes de la jefa.

¿Qué clase de respuesta es esa?

Mire, nosotros hacemos lo que nos dicen sin hacer preguntas.

¿Pero usted sabe que han fallecido en esa cama dos señoras la última semana?

¿Todavía estáis aquí? —intervino la enfermera que acababa de entrar.

Esta señora …

Yo me encargo de Elena. Venga vamos que hay que dejarlo listo antes de que acabe el turno.

¿Qué ocurre , guapa?

Nada Elena, no te preocupes. Vamos a cambiar la cama no vaya a ser que sea ella la culpable de provocar las infecciones respiratorias de las difuntas.

¿Pero ya sabéis la causa de sus muertes?

No. Pero hay que contemplar todas las posibilidades y eliminar los riesgos.

No me gusta ese hombre de la barba que se acaba de ir…

¿Javier? Pero si es un bonachón. Lleva aquí toda su vida.

No sé cómo se llama, pero lo he visto entrar en nuestra habitación varias noches. De forma sigilosa y alumbrándose con la linterna de su móvil.

Claro, para no molestar. Seguro que estaban revisando la salida del oxígeno o cualquier otra cosa.

Sí, seguro —dijo con evidente ironía.

Lo comprobaré. Ahora descansa un poco. La doctora pasará esta tarde porque ya sabes que esta mañana hemos estado muy ocupadas.

La nueva compañera no callaba ni debajo del agua. Solo era capaz de estar en silencio y totalmente abstraída cuando pintaba. Como únicas pertenencias llevaba un portafolios con decenas de dibujos para colorear. Descubrió ese placer infantil a los 99 años que ya no arrastraba porque llevaba dos postrada en un silla de ruedas. Aun así la vitalidad que desprendía era agotadora y no dejaba de sorprender a familiares, médicos y compañeros de residencia. La habían ingresado para poderle controlar un poco mejor la diabetes que padecía desde que se la descubrieron a los sesenta años. Resulta que esta le había acompañado toda la vida sin ella saberlo. Todos los mareos, desvanecimientos y los problemas de visión eran consecuencia de esa silenciosa enfermedad, pero no le impidieron hacer una doble jornada de trabajo y ocuparse de toda su casa. Su aspecto frágil y delicado era un perfecto disfraz para camuflar el volcán que llevaba dentro.

Esta noche nos vamos a escapar Rosario.

Que me llamo Elena.

Pues eso digo yo, Rosario. ¿Quién es Elena?

Yo. Elena soy yo. Rosario es usted.

¿Y que hora es?

Son las doce. Debería descansar ya.

Rosario es un nombre bonito.

Mucho, pero no es el mío.

¿Y por qué me has llamado Elena?

No. Elena soy yo. Rosario es usted.

Pero no fugamos esta noche. No quiero estar aquí.

A Elena le entraba la risa. Era la mejor forma de tomárselo. A menos le daba conversación aunque fuera totalmente surrealista. Cuando no hablaba Rosario cantaba. Y no lo lo hacía mal. Como a ella también le gustaba y el insomnio era el fiel compañero de ambas, la segunda noche juntas acabaron cantando hasta que llegó la supervisora nocturna y se acabó la fiesta.

¿Rosario?

Dime —contestó Elena.

Me gusta estar contigo, pero tenemos que fugarnos porque nos quieren matar.

¿Y cómo lo vamos a hacer si las dos estamos en silla de ruedas?

Pues saliendo por la puerta, ya no tenemos edad de trepar.

Por fin parecía haber entrado la calma en la habitación después del ultimátum de la cuidadora. Rosario roncaba. Cuando Elena estaba punto de conciliar ese sueño ligero que llegaba más por cansancio que por motivación, notó una sombra que atravesaba el umbral de la puerta. Se quedó inmóvil paro no delatarse e intuyó, más que observó, los sigilosos movimientos del hombre de la barba. Si llevara la dentadura puesta esta le castañetearía del temblor frío que le recorría todo el cuerpo. Así estuvo por un largo espacio de tiempo o al menos a ella se lo pareció.

Cuando despertó sobresaltada no recordaba el momento en que se quedó dormida. El día ya había echado a andar hacía tiempo y no entendía cómo no la habían despertado antes. Miró a su compañera y se mantenía inmóvil en la misma posición que ella recordaba haberla visto. Volvió a temblar y el primer intento para emitir alguna palabra fue fallido. Tuvo que aclararse la garganta y respirar profundamente para volverlo a intentar.

¡Rosario, despierte! ¡Rosario! ¿Está usted bien?

Viendo que no recibía respuesta comenzó a respirar con dificultad. Era la misma sensación de angustia que le invadía cuando menos se lo esperaba. Esta llegaba sin pedir permiso y nunca sabía cuando se largaba. Era desesperante porque a esas edades se piensa siempre en lo peor y esa presión en el pecho se solía confundir con el anuncio de un infarto fulminante. Alargó el brazo para pulsar el botón de alarma pero no llegaba. La ansiedad no le permitía pensar con claridad. A su mente solo le venía la imagen de las otras desdichadas que habían amanecido muertas en ese mismo lugar aunque la cama era diferente. Ya daba por descontado que Rosario había corrido la misma suerte y estaba convencida de que había sido el hombre de la barba.

¡Rosario! —gritó con todas sus fuerzas.

Eso provocó que entrara la enfermera alarmada viendo que los gritos provenían de la habitación fatídica.

¡Qué es ese griterío?

Rosario, Rosario…no contesta. Anoche, él… Anoche, el de la…

¿Quién? ¡Cálmate , Elena! Por Dios, que te va a dar algo.

Rosario no se mueve. No responde.

Acudieron más auxiliares a la habitación aunque se tuvieron que poner en fila por falta de espacio. La enfermera se acercó lentamente al cuerpo de Rosario. No podía disimular el nerviosismo. Aunque los demás no lo percibieran le sudaban las manos. Cuando fue a mover el cuerpo para ver si reaccionaba, un solitario rayo de sol entró por la ventana dejándola ciega temporalmente. Se protegió colocándose las manos sobre los ojos a la vez que echaba el cuerpo hacia delante sobre Rosario. En ese mismo momento esta se despertó y al ver esa escena que no comprendía se pegó un susto que casi consigue lo que los 99 años no habían podido.

¡Un monstruo, un monstruo. Socorro!

Tranquila Rosario, que soy yo, la enfermera.

Pero.. ¿Que diablos ocurre aquí? —atinó a preguntar.

Nada estaba preocupada por usted porque no contestaba—dijo Elena.

¿A mí me llamabas?

Si a usted. ¿No lo oía?

Algo me pareció escuchar, pero pensé que alguien te llamaba a ti, Rosario.

Que no, que yo me lamo Elena…

¿Entonce quien es Rosario, tú? —señalaba a la enfermera.

No mujer. Yo me llamo Milagros. Rosario es usted.

Tú, sí, tú. La de esa cama. Mi compañera. Me da igual cómo te llames pero nos hemos de escapar de aquí…

Venga, Rosario, vamos a dejar de decir tonterías. ¡Buenos días!

No me toques , que ya sé a qué te dedicas.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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