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El Domingo era el día que se recibían más visitas. El edificio se llenaba de amigos y parientes que, aprovechando el paseo matinal, se pasaban por allí para hacer compañía a sus abuelos y para para tranquilizar las conciencias. En el caso de Elena no era diferente. Buena parte de sus hijos y nietos desfilaban por allí durante todo el día. Ella se sentía inmensamente feliz porque por un momento volvía a ser la matriarca que siempre había sido. Además las horas pasaban volando y no había tiempo para pensar en otras cosas que la deprimían. El jolgorio en la habitación, pasillos y patios exteriores era notable e incluso las enfermeras se las veía más relajadas y tranquilas. Por momentos todos parecían olvidar que se encontraban en un lugar tan sombrío.

A veces había más ambiente en las salas de espera que en la propia habitación. Allí se concentraban los familiares esperando el turno para poder entrar y se convertía, por unos instantes, en la improvisada sala de estar de la casa de la abuela. En muchos hogares se mantenía la costumbre de comer todos reunidos alrededor de la mesa del que estaba más arriba en el árbol genealógico. Como solía suceder, después de los saludos, abrazos y besuqueos varios, se repasaban los hechos cotidianos de la semana hasta llegar a un punto donde se debía de comenzar una nueva conversación al agotarse las que trataban sobre trabajo, niños, escuela, fútbol, dolores de toda índole y el tiempo, al que casi siempre se le echaba la culpa cuando la ciencia no encontraba el origen y en consecuencia tampoco el remedio. Es entonces cuando el más atrevido o el más malintencionado solía introducir algún tema conflictivo o de signo político. La prudencia inicial daba paso a una escalada de tensión y a la vehemencia de las opiniones encontradas. Cuando todos hablaban a la vez y los ánimos empezaban a calentarse , el celador les llamaba la atención para que mantuvieran la compostura y el silencio. Entonces volvían a la cuestión que les había llevado allí: qué hacer con la abuela o en el menor de los casos con el abuelo. Era curioso observar como la inmensa mayoría de los inquilinos eran viudas.

Raquel era precisamente el único día de la semana que no aparecía por allí. Decía que eso la distraía de lo que realmente le importaba que no era otra cosa que acompañar y cuidar de su abuela. Tener que esperar turno para poderla abrazar y besar no lo soportaba. Así que dejaba los Domingos para el resto y ella se dedicaba a estudiar y pasear con su amigas.

Era la nieta preferida de Elena, no porque la quisiera más que a las otras, sino porque era la más pequeña. Incluso las biznietas eran mayores que Raquel. Era una buena chica. No le daba apenas problemas a sus padres y los estudios los cubría con absoluta solvencia y facilidad. Inquieta pero serena de pensamiento. A veces parecía mayor de lo que era.

¡Pareces una vieja niña!

¿Por qué dices eso, abuela?

Porque tienes una forma de razonar que no es propio de una niña.

Que ya tengo 16 años, siempre lo olvidas.

Por eso , ¿qué haces aquí perdiendo el tiempo con una vieja como yo en lugar de buscar novio por ahí.

¡Ay, si te escuchara mi madre ahora!

Otra vez la risa de ambas iluminó la oscura habitación.

En verano el rostro de Raquel se cubría con unas graciosas pecas que con el sol parecían estrellitas que soportaban , como si fuera un pedestal, los enormes y bonitos ojos de color almendra. Le daba una aspecto simpático y risueño que para nada desentonaba con su carácter. Era imposible no quererla.

¿Y de mayor qué quieres ser? —le preguntaba la abuela.

¿Por qué todos los adultos peguntan lo mismo?

Pues porque tú también te harás mayor. ¡No te fastidia la niña!

—Pero…¿Por qué quieres saber qué seré si todavía ni yo lo sé?

Mujer es una forma de hablar.

Pues habla como siempre , abuela, que no te entiendo.

Pero qué lianta eres, hija.

Entonces Raquel le decía que dudaba si ser médico o enfermera. Le exponía que le gustaban las dos cosas: la primera porque podría curar a las personas y la segunda porque podría cuidarlas. Eran cosas distintas pero a ella e gustaban las dos.

Creo que optaré por la segunda, así te podré cuidar.

No viviré tanto. Elige la primera.

El tiempo respetó el descanso dominical. De esta forma los hijos de Elena pudieron pasearla por el patio interior del edificio. No era muy grande y tenía unos muros muy altos que lo rodeaban. Se parecía más al de una penitenciaria que al de un hospital. Unas plantas descuidadas y huérfanas de hojas rompían la monotonía de aquellas paredes grises. Unos bancos incómodos y ausentes de posaderas eran el único mobiliario existente. A pesar de su aspecto desangelado, al mediodía el sol desprendía toda su fuerza desde los más alto y calentaba aquel lúgubre lugar. Se podía respirar aire no contaminado y de vez en cuando un suave viento entraba por algún lugar que se antojaba imposible si no fuera porque Elena lo notaba sobre la cara.

Cuando empezó a refrescar uno de sus hijos la acompañó hasta su habitación. Estaba llegando el momento de despedirse. De la mayoría lo hizo antes de entrar otra vez en el edificio para ahorrarles la incomodidad del trayecto y las estrecheces de sus pasillos y habitaciones.

Cuando abrió la puerta se quedó paralizada. Horrorizada observó como la habitación estaba totalmente desordenada. Parecía que la habían desvalijado. Armarios y cajones abiertos con la ropa totalmente revuelta. Perchas descolgadas con los vestidos sobre las camas y los pocos enseres que poseían esparcidos por el suelo.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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