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Milagros Bueno siempre había tenido vocación para cuidar y proteger a los más débiles o necesitados. Pero tenía claro que lo quería hacer con la acción y no solo con buenos sentimientos. Ya desde muy pequeña jugaba a ser siempre la enfermera. Nunca aspiró a querer ser el médico porque decía que ellos no sentían el dolor de los pacientes, mientras que la enfermeras se desvivían por mejorar la vida de ellos y sobre todo por cuidarlos y consolarlos. La medicina era la necesaria práctica científica y la enfermería la humana. Naturalmente eran complementarios pero ella prefería la segunda opción. Sufría con el padecimiento de los enfermos, lloraba con la desesperación de los débiles y desahuciados y se enojaba ferozmente con las injusticias. No había causa en ese sentido que ella no apoyara con todo su alma y con el poco dinero que podía ahorrar. Después de acabar la carrera se embarcó en una serie de viajes por todo el mundo para ayudar desde su profesión a todos los pueblos que podía del llamado tercer mundo. Lo que vio y vivió la dejó marcada de por vida. No pudo soportar tanto dolor y lo que peor llevaba era que tanto esfuerzo por salvar vidas no tenía recompensa. No había proporcionalidad y eran muy pocos los que conseguían sobrevivir. Veía con impotencia como cuando un enfermo conseguía superar con mucha dificultad una enfermedad, a los pocos días otra infección se lo llevaba para siempre. La vida en aquellos lugares no tenía ningún valor. No existía la esperanza y se nacía y moría con la misma facilidad y monotonía.

Milagros había visto de todo durante los tres años que llevaba en África como enfermera voluntaria, pero aquel día cambió su destino para siempre. Atendían un parto complicado de una mujer que estaba pariendo a sus gemelos prematuramente. Tuvieron que elegir si destinar todos los esfuerzos a salvar a los niños o a la madre. El médico decidió que eran los niños quienes debían tener la oportunidad porque ella estaba perdiendo mucha sangre.

La choza de cañizo que se utilizaba como quirófano estaba sucia y las moscas revoloteaban incansablemente. El hedor era insoportable y a él acudían, como buitres, famélicos gatos negros. Carroñeros que olían la sangre y daban vueltas alrededor de la mesa improvisada como paritorio a la espera de ese manjar en forma de vísceras y sangre.

Se quedó mirando a la madre que, sin decir nada, lloraba sabiendo lo que le esperaba. Su ojos muy abiertos parecían pedir la oportunidad que nunca había tenido. Para ella parir era una cosa cotidiana y ordinaria. Ya había proporcionado nueve hijos a aquella naturaleza salvaje que, contra pronóstico, todavía sobrevivían. Estaba acostumbrada a que nadie la mirara directamente a los ojos, a que nadie la tuviera en cuenta. Era invisible en aquella sociedad. Su marido la violaba tantas veces como quería desde que fue vendida por su propio padre. Por eso lloraba. Porque la vida nunca contó con ella. Si le hubieran preguntado, habría dejado que la naturaleza dictara sentencia y así quizá se podría ocupar de ella, de sus nueve hijos y esperar que a su marido lo matara alguna tribu enemiga.

Milagros compendió perfectamente la llamada de auxilio que aquellos expresivos ojos le lanzaban, pero no intentó hacer nada para cambiar la opinión médica que estaba tomada con buena voluntad pero con mentalidad occidental. Finalmente no sobrevivió ninguno. Ni los niños ni la madre.

¿Cómo se llamaba? —preguntó a la voluntaria nativa.

Ashanti.

¿Y qué significa?

Gracias.

Aquel golpe fue definitivo y Milagros decidió regresar a casa y dedicarse por completo a lo viejos. Ella odiaba el término «tercera edad» . ¿Quién determinaba las etapas de la vida? Había gente de edad avanzada con una vitalidad que ya quisieran muchos jóvenes y al contrario, adolescentes sin vida, muertos antes de vivir. Decidió que ella se ocuparía de esas personas a las que ya no se les pregunta y que suelen molestar en su familias. Que las cuidaría y las ayudaría a sobrellevar el sufrimiento de verse enfermos, viejos , desvalidos pero sobre todo abandonados por todos.

¿Qué está ocurriendo en esa habitación?

Si lo supiera ya lo sabría —contestó sollozando Milagros.

Quien le había preguntado era el director de centro. Hacía media hora que se habían encontrado a Rosario muerta en la habitación.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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