El establecimiento tenía cuatro plantas. Los enfermos se clasificaban en ellas por gravedad , los más leves en el primero y los más afectados en el el cuarto. Se supone que para estar más cerca del cielo cuando llegara el momento del tránsito. Quizá también por eso a medida que se ascendía la decoración desaparecía así como las atenciones. Las habitaciones eran más pequeñas y despojadas de todo ornamento innecesario. Los cuidados se destinaban más a curas paliativas que rehabilitadoras.

El grado de cordura también iba en la misma progresión , así la primera planta la ocupaban enfermos con buen juicio y una lesión susceptible de superarse. La segunda y la tercera se destinaban a personas lúcidas de forma intermitente y con patologías que podían complicarse y comprometer seriamente la vida. Eran enfermos frágiles tanto física como mentalmente. La última planta estaba reservada para aquellos que ya no tenían juicio ni salud. En la cuarta planta se escuchan gritos perdidos, vacíos de intención y propósito que provenían de la mayoría de las habitaciones. Estas ni siquiera tenían aire acondicionado porque los residentes ya tenían el frío de la muerte metido en cuerpo. Eran enfermos que ni siquiera sabían que lo estaban ni eran conscientes de su existencia. De otra forma no lo podrían resistir. Solo esperaban, aparcados, la llamada para el último trayecto.

Por eso no era de extrañar que nadie quisiera subir a la cuarta planta. A veces, cuando no habían camas libres en los pisos inferiores o por un error de diagnóstico, algún paciente acababa allí sin merecerlo. Era fácil imaginar el tormento que padecía, no por falta de cuidados médicos, sino por la ausencia de calor humano. En pocos días perdía la cordura que conservaba y se quedaba allí.

Una cosa tenían en común los cuatro niveles. Quienes los ocupaban tenían esa edad en la que ya no existen las estaciones. Habitan en un invierno permanente. Cuando ya se habían acostumbrado al largo otoño y se conformaban con las exiguas caricias de sus suaves y efímeros rayos de sol, este también lo dejaban atrás.

Tú puedes abuela. Siempre has sido muy fuerte.

¡Ay, hija! Cuando eres joven no te das cuenta de la limitaciones que impone la edad… También es verdad que al final una se acaba adaptando para seguir adelante. Pero presiento que estoy llegando al final del camino…

¡Tonterías! Nunca has tirado la toalla y esta no va a ser la primera vez.

Estoy cansada, ya no tengo fuerzas. He visto más cosas de las que mis ojos y corazón pueden aguantar.

Pero te necesitamos. Yo te necesito…Te quiero mucho, abuela.

Y yo, pequeña. ¡Pero no ves dónde estoy! Aquí nos traen para lo que nos traen…

Eso no es verdad. Papá dice que eso es en la cuarta planta , tú estás en la primera…

Pero llevo mucho tiempo ya. Pronto comenzaré la ascensión…

Elena cargaba sobre sus hombros 95 largos años, siete hijos y diez partos. Toda su vida se resume en dos palabras: Trabajo y sacrificio. Tuvo que trabajar de niña para alimentar a sus hermanos durante la guerra y sacrificó su juventud recién estrenada para casarse con el primer hombre bueno que se le acercó. No porque lo amara sino porque así dejaba de ser una carga para sus padres. Sin tiempo a tomar consciencia de lo que era la vida conyugal se quedó embarazada de su primer hijo y ya no paró de alumbrar y criar hasta que su cuerpo se secó antes de lo previsto. Siguió trabajando para ayudar al sustento de la familia a la vez que se sacrificaba, una vez más, para que su marido tuviera siempre los mejores filetes y luciera las camisas planchadas mejor que nadie en el barrio. Como se desenvolvía bien con la aguja, de cualquier retal que obtenía casi regalado podía vestir a toda su prole. Tenía una obsesión especial por vestirlos a todos igual, aunque muchas veces eso le ocasionaba enormes confusiones para distinguir a sus hijos. A veces tenía que recitar el nombre de todos ellos hasta dar con el correcto. Según ella algo malo debía haber hecho porque solo un castigo divino podía ser la causa para que no pudiera concebir a una niña. Todos sus vástagos eran varones. Tuvo que esperar a ser abuela para disfrutar de la delicada compañía de una niña.

Cuando el último de sus retoños abandonó el hogar familiar para fundar el suyo propio, creyó que le había llegado el momento para disfrutar de un descanso merecido coincidiendo con la jubilación de su marido. Quizá había llegado el momento para vivir su matrimonio plenamente, para viajar, para mirarse a los ojos con detenimiento, para amarse, explorarse, escucharse y enamorarse. «Nunca es tarde y además ahora sí lo conozco bien y sé que es un buen hombre», les decía a sus amigas sorprendidas ante esa descarnada sinceridad tan poco corriente entre aquellas mujeres. Pero ella había nacido para trabajar y sacrificarse. Su marido enfermó lentamente dejándolo ido y postrado en la cama, en un estado casi vegetal. Le tuvo que dedicar diez años más de su vejez, postergando una vez más su propia vida.

Estaba claro que para poder soportar todo aquello había que tener una salud de hierro y ella la tenía. Era como una roca. Como robustos cimientos, sobre ella se asentaba toda la familia, así que no era de extrañar que ahora anduvieran todos perdidos y desorientados cuando estaba a punto de quebrarse. Ella era ahora la que necesitaba argamasa para seguir sosteniendo a toda la estirpe , pero notaba que el quebranto era demasiado grande. Aunque no lo quería reconocer ella precisaba ahora de un asidero, pero lo que obtenía no le gustaba. Estar allí encerrada entre aquellas cuatro paredes, lejos de su casa, rodeado de miradas perdidas y mentes vacías, le provocaba todavía más dolor que el que sentía cuando intentaba, sin éxito, ponerse en pie.

Vamos a ver, Elena, ¿cómo estamos hoy? —preguntó la doctora.

Mira, hija, como ayer. Con mucho dolor. No avanzo.

¿Pero ya pones todo de tu parte? Te has de esforzar mucho para volver a caminar…

¡Pero bueno! ya estamos otra vez. ¿Tú crees que yo estoy a gusto sentada en esta silla todo el día?

Ya me entiendes. Si no avanzamos …

¿Qué? ¿Me vais a echar a la calle?

No, mujer. Eso no. Pero quizá tengas que ir a otra planta.

Elena intentaba disimular la desazón que esa idea le provocaba. Cuando eso ocurría se pasaba el día en la cama ensimismada. No hablaba con nadie y eso incluía el personal sanitario. Tampoco quería recibir visitas. Era como como una declaración de rebeldía. Por la cabeza le pasaban ideas que no sentía como propias y que sabía que no podría realizar. Entonces se encomendaba a Dios. De pequeña había sido bastante devota y participaba en los actos litúrgicos de la catedral de su ciudad cantando en le coro como solista. Lo tenía que hacer a escondías de su madre que no quería que perdiera el tiempo en esas tonterías. Le gustaba la sonoridad del templo y la majestuosidad de su espacios. La altura y sobretodo la luz que entraba por la bóveda y vitrales. Allí dentro se olvidaba de las penurias y de la guerra exterior. Era como un oasis de calma y armonía donde ella se sentía como un ángel a punto de ascender al cielo cuando cantaba. Por eso cuando necesitaba refugiarse del exterior acudía siempre a esa imagen y rezaba. Rezaba con fuerza para que su Dios se la llevara pronto y antes de poder ver su propia decadencia. Antes de olvidar su nombre. Antes de no reconocer a sus hijos. Antes de subir a la cuarta planta.

Elena, cariño, ¿cómo estás? —preguntó la enfermera que una vez dejado el séquito de sanadores regresó a la habitación.

No recibió respuesta alguna. Elena mantenía la mirada fija en un punto que solo ella sabía. Enfurruñada como mucho emitía una especie de gruñido tan débil que había que estar muy atento para escucharlo.

No hagas caso al médico. Nadie te va a subir allí arriba. Te lo prometo. Haremos todo lo que sea necesario y tú me ayudarás. ¿Qué te parece?

Entonces Elena se giró con dificultad en su cama y miró fijamente a su ángel protector. Elevó los brazos y los abrió solicitando un abrazo. Lo recibió con fuerza y con un sollozo.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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