Caminaba por el paseo marítimo, habiendo recobrado la compostura y masticando todavía arena. Ésta también la tenía adherida a mi cuerpo sudoroso porque finalmente no me duché para evitar perpetuar las sonrisas maliciosas de los testigos del abordaje que sufrí.

El orondo alemán seguía saludándome desde la playa , como vigilando que no tuviera más percances (como hacen las madres cuando dejan alejarse a su retoños unos metros por el parque), hasta perderme de vista. Supuse que es hasta allí donde él creía que llegaba su responsabilidad samaritana. Aceleré (sin ser consciente) intentando mantenerme erguido y orgulloso: no quería parecer desdichado (aunque así me sentía). Con el sombrero calado hasta la mismísima nariz y cargando con los cada vez más pesados bártulos me dirigí a casa. Me imaginaba dándome una ducha fría, relajándome en la terraza con una cervecita fresca y recapitulando la aciaga mañana. Me veía con un rictus irónico riéndome a solas de mi desventurado día.

Sin saber por qué, de repente se me aceleró el corazón. Una sensación de vacío en el estómago se apoderó de mí y lanzaba señales de pánico a mi cerebro que éste no sabía cómo gestionar. A medida que me acercaba al portal notaba el pulso cada vez rápido y la ansiedad me recordaba que tenía la boca seca y llena de restos de arena. No podía tragar por la falta de saliva y cuando el acto reflejo se imponía notaba como si por la garganta me pasaran papel de lijar.

Ya en rellano deposité con poca delicadeza mi equipaje (en ese momento ya eran elementos molestos y hostiles). Me costaba respirar como si hubiera corrido diez kilómetros en 38 minutos…Notaba cómo trotaba el corazón mientras buscaba y rebuscaba por todos los bolsillos de la mochila, de los bañadores, fundas y en cualquier otro lugar donde pudieran encontrarse las malditas llaves.

Cuando encontré un instante para pensar, vi pasar por mi mente , como si fuera una película a cámara lenta (supongo que para asegurase la tortura que ello me provocaría. Este cerebro mío siempre haciendo amigos…), el momento exacto en que me olvidé las llaves dentro de casa. Fue justo cuando estaba punto de atravesar el umbral de la puerta , cuando me percaté de que no llevaba el sombrero puesto. Retrocedí, deposité las llaves sobre la repisa del recibidor , me coloqué el hongo y salí de allí más contento que unas castañuelas en dirección a lo que que sería un matinal perfecto de playa y lectura (entonces no sabía, evidentemente, lo que me tenía preparado el destino).

Quise gritar y no pude. Apoyé la espalda en la pared y me deslicé hacía hacia abajo hasta quedar sentado en el suelo con las rodillas encogidas. Intenté meter la cabeza entre las piernas y tampoco pude (mi elasticidad es muy precaria y cómica, pero como en las películas lo hacen pensé que sería más fácil). En esa posición permanecí unos minutos hasta que un chucho me sacó del embelesamiento a lemetones.

No muerde , no se preocupe.

No hay nada que me ponga más en alerta que cuando el propietario de un perro (con apenas fuerza para sujetarlo por lo avanzado de su edad) dice, como si fuera un mantra, esa frase. Me tensiona de tal manera que me pongo borde y con el día que llevaba podía resultar una mezcla explosiva.

Señor, ¿no ve que me está lamiendo los pies , las piernas y que no será necesario que me duche porque se está comiendo la arena que tenía incrustada?

Es un pero muy cariñoso. No muerde.

Me di cuenta que también era sordo. Hice unos cuantos aspavientos con los brazos para quitármelo de encima mientras al mismo tiempo me levanté con una agilidad sorprendente.

¿Puede quitarme de encima este animal baboso de una vez?

No muerde…

¡Me importa un rábano que no muerda (ya solo me faltaría eso) , pero me está dejando perdido y no tengo por qué soportar que me riegue de babas todo el cuerpo y se frote sus partes con mi rodilla!

El abuelo, que apenas se sostenía, tiraba de él, pero al can le gustaba yo.

El pobre lo está pasando mal con tanto calor…Además tampoco lo puedo llevar a la playa para que se dé un bañito: está prohibido.

En cambio permiten a los cerdos…

No le entiendo señor.

Mejor que hoy no se bañe el animal. El mar está movido y devuelve toda la mierda que los cerdos tiramos por el sistema de alcantarillado.

El abuelo creyó que estaba loco y pensando que podría ser peligroso, se despidió educadamente y continuó su viaje escaleras arriba, mientras le repetía al perro : «buen chico, buen chico».

Esto empieza aquí:

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

Últimos post porMeco (Ver todos)

Deja un comentario