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¿Podría ponerme un vermú?

Buenos días, claro que sí. ¿Blanco o negro?

Perdón por mis modales, llevo un mal día. Negro va bien.

Ya veo. No se preocupe. ¿De grifo o embotellado?

El de la casa me gusta, con mucho hielo.

Perfecto, hoy es un día muy caluroso… ¿Le pongo una rodaja de limón o de naranja?

¡Un día de mierda! Espero que mejore a partir de ahora. Me gusta con naranja, pero lo que de verdad me gusta es el vermú…

Entiendo. Ya me apuro. ¿Le pongo una aceituna?

Mire usted. No hay que ser “Colombo” para saber que hoy todo me está saliendo mal. Recabo aquí después de no poder entrar en casa al dejarme la llaves dentro. Estoy sudado, sucio , lleno de arena, de babas de perro y sediento. Pero sobre todo cabreado. Mucho. Una oliva o veinte me da igual.

Tranquilícese. Ahora está aquí a la sombra y pronto se le pasarán todos los males con el dulce elixir que le voy a servir. ¿Le traigo sifón?

¡Por el amor de «Baco», tráigame lo que quiera!

De acuerdo. No le preguntaré a cuántos cubitos se refiere con lo de mucho hielo…

Mejor que no porque haría compañía a mucha gente que hoy he enviado allá donde el hedor es insoportable. Pero yo sí le voy a decir una cosa.

Dígame, aquí estoy para servirle. Soy un profesional…

No le voy a poder pagar.

No se preocupe. Le tengo visto y me fío de usted.

Muchas gracias. No llevo nada de dinero encima, no puedo entrar en casa y voy cargado. Tengo la garganta seca y llena de arena y aunque sería más razonable el agua, el alma me pide algo que atonte mi cerebro…

Entiendo, entiendo…

Déjeme seguir….Como le decía necesito olvidar un poco las penas, como se suele decir, pero mi estómago también tiene voz en este entierro, que como sabrá también es una frase hecha que se suele utilizar. Viendo su amabilidad, comprensión y a la vista de que cuando quiera llegar a eses punto ya estaré muerto de sed y de ansiedad , me anticipo a su batería de preguntas…muy profesionales todas, eso sí. ¿Podría ponerme algo para picar?

Señor, sé que está siendo irónico, pero no me ofende porque soy muy competente y esa parte , la de la paciencia, forma parte de mi formación en el arte de la hostelería, porque aunque esto sea un chiringuito asqueroso en una playa vulgar y llena de turistas que no saben valorar un buen servicio, yo no me relajo y me siento orgulloso de mi función social y de contribuir humildemente a engrosar la lista de ser el país con más bares por habitante. Teniendo en cuenta todo esto yo agasajo a mis clientes con una tapita de patatas bravas con cualquier consumición, aunque no tengan intención de pagar.

No pretendía molestarlo. Solo quería tomar un vermú sin tanta virtuosidad, pero también entiendo que me está haciendo un gran favor al servirme (espero que sea en algún momento) sabiendo que no llevo dinero, aunque mi intención es pagarle en cuanto las desdicha me abandone y pueda entrar en casa y, si no sucede un cataclismo al cruzar los escasos diez metros de calle, regresar con él. Por eso y ante su inagotable amabilidad y buen hacer, aceptaré esas bravas, pero para que que no se sientan huérfanas podría traerme también unos berberechos, unos mejillones y unas gambitas.

El paseo marítimo estaba a rebosar de gente a pesar del sol y los 40 grados que golpeaban a esa hora, donde las únicas especies que se atrevían a salir eran los reptiles (lagartos y variantes) y los humanos que están de vacaciones , sin importar raza, sexo o edad. Transitaba la mayoría luciendo el torso desnudo y mostrando las marcas infringidas en su cuerpo por la propia naturaleza (arrugas y otras cicatrices que luchaban por seguir siendo visibles ante la invasión del color rojo en la piel) o por la mano de otro ser parecido que utilizaba la piel de los congéneres como un lienzo.

Entre la muchedumbre observé como una mujer rubia, con el pelo recogido en una cola de caballo , me sonreía a medida que se acercaba hacia donde yo me encontraba. Me froté los ojos para comprobar que no se trataba de otra broma de mi destino (aquel día estaba siendo insoportablemente cruel) o fruto del «espirituoso» que me estaba tomando. Cuando los abrí, allí seguía y parecía que me sonreía cada vez con más intensidad. Pensé que mi suerte estaba cambiando mientras me puse la palma de la mano sobre los ojos para evitar que el sol me deslumbrara. La tenía a contraluz pero aun así podía advertir la escultural silueta. Llevaba un pareo perfectamente colocado que con la suave brisa que parecía levantarse y el sensual caminar dejaban entrever a cada paso una pierna infinita y morena. Una camiseta de tirantes, ajustada y transparente, dejaban a la vista las marcas que el bikini mojado dejaba en la tela. Mi temperatura interior aumentó y tuve que dar otro sorbo para calmarla, pero provoqué el efecto contrario. Volví a notar como cabalgaba mi corazón, pero esta vez sabía perfectamente el origen de ese desbocamiento.

De repente una ráfaga de viento se llevó mi sombrero hacia un destino incierto. Salí disparado en su busca sin reparar en lo peligroso que era cruzar ese río de gente que circulaba por el paseo. La rubia desapareció de mi objetivo a la fuerza , aunque si hubiera podido dominar a mi cerebro (el muy listo siempre se impone a mis deseos), me hubiera quedado allí parado esperando el desenlace final de aquel ritual de sedución (así lo imaginaba yo en mi delirio).

Me despertaron las patadas de una manada de críos que se se habían cebado conmigo por hacerme responsable del daños sufrido por unos de ellos. Al abrir los ojos no vi el cielo. Lo que tenía ante mí era un montón de caras circunspectas mirándome con una mezcla de sorpresa, indignación y preocupación.

¿Está bien señor?

¿Qué ocurre , donde estoy? —pregunté.

Me incorporé con ayuda de alguien que me alargó su brazo fuerte y poderoso. Me senté y cuando fui a darle las gracias me percaté que se trataba otra vez del orondo alemán que ya me había auxiliado cuando los cazadores de Pokemons me habían arrollado. Me miró como diciendo: «no te puedo dejar solo ni un momento». Le sonreí a modo de agradecimiento y me correspondió con un saludo al estilo militar (poniéndose la palma de la mano sobre la sien y diciendo: a sus órdenes).

Miré a mi alrededor y la gente se había arremolinado junto al chaval que también estaba sentado en el suelo con una pequeña herida en la rodilla. Volví a repasar a la muchedumbre en busca del camarero peruano, pero afortunadamente no estaba. Tampoc la rubia que había visto, aunque ya no estaba seguro de que fuera real.

Había sido arrollado en mi carrera suicida en busca del sombrero, por un grupo de chavales que circulaban en unos artefactos con forma de patinete sin manillar ni ningún otro asidero. Viéndoles así, sobre la la plataforma con ruedas, maneteniendo el equilibrio mientras con la manos podían seguir cazando Pokemons o enviado mensajes, parecían seres de otra galaxia que se desplazaban levitando.

Tiene suerte, amigo.

Quien se dirígía a mí era una policía local vestido como si fuera uno de antidisturbios, con chaleco antibalas, botas militares , pistola, porra y toda la parafernalia necesaria para intimidar.

Verá señor agente, yo no sé que ha pasado. Solo quería recoger mi sombrero que había decidio emprender un vuelo incontrolado y sin piloto..

La familia de muchacho no presentará ninguna denuncia…

Hombre gracias, ¿y yo, puedo presentarla?

Venga señor, váyase a casa que ya es usted mayor para andar con estas tonterías.

¡Acabáramos! Me atropellan, me dejan a mi suerte en el suelo mientras todo el mundo se preocupaba por el renacuajo y ahora la autoridad competente me llama viejo y demente. ¿Qué más me puede suceder hoy? —dije gritando con todas mis fuerzas.

Cálmese y no altere el orden o tendremos que llevarlo con nosotros.

¿Sabe dónde se puede ir usted…?

No me dio tiempo a acabar la frase que noté como me apretaban las esposas.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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