El cazador de mariposas

Violeta luchaba con todas sus fuerzas para desenredarse, pero conseguía el efecto contrario y cada vez estaba más atrapada y lastimada. No sabía dónde estaba ni qué le pasaba. Había visto muchas cosas pero ninguna como aquella. Aturdida, dejó de luchar por unos instantes con la esperanza de recuperar la energía. De repente notó que volaba pero sin agitar las alas. Iba zigzagueando sin control y notaba com el viento unas veces le golpeaba por el costado derecho y otras por el izquierdo, pero ella hubiera jurado que lo tenía de cara. Lo único que podía ver eran los filamentos que la tenían atrapada. Supuso que eran de una telaraña, pero estos eran de color verde. Además las arañas no vuelan y obviamente no alcanzan esa velocidad.

En un momento que pudo concentrar la vista le pareció ver una especie de tronco o rama que terminaba en unas manos como las de los simios , pero estas era de un color blanquecino y de aspecto enfermizo. No pudo evitar pensar en su amiga voladora —el águila—y en cómo unos animales parecidos al que a ella le sostenía en aquella especie de red con mango, celebraban su muerte cuando yacía sobre el suelo.

¡Hola! ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿Dónde me llevas? —Violeta espera respuesta pero esta no llegaba—. ¿Sabes una cosa?…Yo quiero ver mundo. No es una forma cómoda de viajar esta, pero me adaptaré si me dejas acompañarte…

Unas horas antes, un todoterreno rompía el silenció del bosque con el rugir de su motor y contaminaba el aire puro de aquel recóndito lugar rodeado de árboles , cascadas y grandes cañones que habían sido rebanados por la fuerza constante que aquel río había ejercido a lo largo de miles de años. En aquel remoto lugar existía una fauna infinita y extraordinaria. Especies únicas, insólitas y de una belleza excepcional. Algunas de ellas desconocidas para el humano. Habían conseguido no extinguirse porque evitaban mostrarse cuando este andaba cerca. Aquellos bípedos pálidos eran los más temidos. No hablaban el mismo idioma y aunque no se movían con rapidez ni mostraban grandes habilidades eran los más peligrosos porque eran insaciables y arrasaban con todo.

Llegó un momento en que el vehículo no pudo avanzar más. La densidad de la vegetación impedía dibujar un camino apto para las cuatro ruedas. Había calculado poder avanzar un poco más pero no le importaba. Iba bien pertrechado para caminar y acampar durante días si era necesario. La humedad hacía que respirar fuera un esfuerzo, pero se sentía pletórico porque le había llevado casi toda un vida localizar el lugar donde podría encontrar el ejemplar que le faltaba para completar su colección de lepidópteros.

A su manera ese humano también disfrutaba del entorno calmado y silencioso. Buscaba la tranquilidad que no tenía en su jungla de asfalto y cristal. Perseguía un poco de paz y soledad donde poder conectar otra vez con la naturaleza, buscando el origen para ver si encontraba a sí mismo. El problema es que se llevaba para ese viaje las mismas servidumbres de la ciudad. No dejaba de consultar su teléfono móvil, andaba por el bosque escuchado música e ignorando las numerosas sensaciones que este le proporcionaba. Así, de esta manera, no era consciente del relajante sonido que hacían las hojas cuando crepitaban al ser pisadas por sus botas y tampoco se percató de rumor lejano que anunciaba la caída en picado del agua por una catarata.

Aquel día la suerte estaba con él. No se percató hasta que se dio de bruces con el río. Se quitó los cascos , alzó la vista i allí estaba. Sin apenas esfuerzo y sin haber comenzado la búsqueda la había encontrado. La tenía allí, delante de sus narices. Contemplaba la mariposa más bella que jamas había visto. La que llevaba décadas buscando. Rápidamente enarboló su cazamariposas. No le costó mucho atraparla pues Violeta estaba extenuada y su vuelo era titubeante.

¿Pero tú estás sordo o eres tonto? ¡Me quieres contestar! —insistió Violeta—.¿Acaso me vas a devorar?…Yo de ti no lo haría pertenezco a una subgénero muy venenoso…

Para evitar que se le escapara realizó unos violentos movimientos de izquierda a derecha para atontarla y poderla introducir en el frasco de vidrio.

Cuando Violeta se sintió libre comenzó a volar aunque apenas le quedaban fuerzas. Chocó contra el cristal y se desplomó hasta el culo convexo del recipiente. No entendía nada. Podía ver el exterior pero no lo podía alcanzar: una fuerza invisible se lo impedía. Empezó a gritar y expulsar improperios, pero nadie la escuchaba. Por encima de ella, en la parte superior del tubo, la superficie era opaca y solamente había unos agujeros por donde se colaba el aire que le permitía respirar.

De pronto se hizo de noche sin crepúsculo de por medio. Todo estaba oscuro. Un ligero vaivén la meció de forma agradable y el sueño la envolvió.

Esto empieza aquí:

 

 

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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