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El día amanecía demasiado pronto para ser domingo. Una nueva excursión se oteaba en el horizonte. Hacía mucho tiempo que no salía a andar y tenía ganas de mover las piernas. Tras lavarme la cara y despertar a los pequeños, conduje hasta el punto de encuentro.

Caras nuevas, sonrisas en los rostros de las conocidas, ganas de andar por una buena causa… el día promete ser inolvidable. Montados en los coches, empieza el camino de ida a Huesca, donde empieza la ruta por los alrededores.

Al llegar, la organización lo tiene todo previsto, un pequeño desayuno y música para animar a la multitud de caminantes. Nos acercamos a la salida. Allí, el encargado de la música retransmite los saludos que la gente le pide. Conseguimos que nos nombre. “Los molones” es el nombre que tiene mi grupo de senderismo.

Comienza la andada. Tiramos de las orejas a una compañera que hace años, comentamos lo curioso del gorro con forma de paraguas de otro y nos animamos entre todos para completar la ruta. En dos puntos de la misma hay autobuses, pero estamos decididos a llegar al final andando.

“Venga, mamá”, me dicen los pequeños senderistas. Enseguida les pierdo de vista gracias a la multitud. Hemos desayunado lo mismo pero tienen mucha más fuerza que una servidora.

La mayor parte de la ruta estoy con Sonia, una amiga que se ha animado a venir por primera vez. Me alegra comprobar que está a gusto. Habla con unos y con otros. A lo largo de los kilómetros compartimos confidencias.

Hacia el final de la ruta se nos une Ana. Una mujer que no conocía porque estuve varios meses sin salir a andar con el grupo. Descubro a una mujer alegre, luchadora, optimista. Es de esas personas que te caen bien a los minutos de conocerlas. Las tres superamos los últimos kilómetros.

A pesar de ser llano, el último tramo se me hizo cuesta arriba. Una ampolla hizo acto de presencia dificultando la sencilla tarea de dar cada paso. Gracias a Ana, Sonia y la animada conversación no me rendí. Llegué al final para alegría de mis pequeños y del resto del grupo que esperaba con hambre.

Los garbanzos entraron solos y la trenza de Huesca de nuestra cumpleañera también. El cansancio hacía mella en un cuerpo que había perdido la costumbre de andar. Nos despedimos y cada uno se fue a su coche con una sonrisa en los labios.

Me sentí feliz cuando las sábanas tocaron mi cuerpo. Tenía esa sonrisa en los labios que la da la satisfacción de los kilómetros recorridos y las horas compartidas en buena compañía. Desgraciadamente no sabía que unos meses más tarde Ana tendría esa cita que nunca nos viene bien tener. El recuerdo de esta y de las rutas que vinieron después siempre seguirá vivo en mi memoria.

Dedicado a Ana.

Desde siempre me ha gustado escribir relatos. Siendo adolescente escribía historias donde el amor triunfaba o el drama era el protagonista. En alguna de mis historias se mezclaban ambas cosas. A día de hoy, me gusta transmitir sentimientos y los relatos son un pequeño reto cada vez que cojo el boli. Espero seguir compartiendo letras con vosotros hasta que se me acabe la tinta.

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