Natalia aparca el coche en la playa. La luna ilumina la fría noche de febrero. Sale del vehículo con el abrigo puesto. Mira al cielo. A pesar de la luz que proporciona el gran astro, las estrellas se ven. Unas más grandes. Otras más pequeñas.

Las olas besan la arena por la que camina lentamente. El olor a salitre inunda sus pulmones a tiempo que una pequeña brisa le mueve la coleta. Está tentada de sentarse en el suelo y jugar igual que lo hacía cuando era pequeña. No lo hace. Ha ido a ese lugar con otro propósito.

Se quita el abrigo y lo deja a merced de las olas de la orilla. Poco a poco nota la humedad en su zapatos. Los compró hace apenas un mes y no los había estrenado hasta ese día. No le importa que se mojen y se estropeen.

Cuando el agua le llega por la rodilla siente un escalofrío. Se ha puesto para la ocasión su pantalón vaquero favorito. Ese que su ex novio le decía que le hacía un culo perfecto. El jersey que lleva puesto se lo regaló su abuela meses antes de morir. Es de color rojo, su favorito.

Las olas le llegan por encima de la cintura. Nota el peso de la ropa mientras camina con paso decidido, adentrándose en la oscuridad. Está en paz. Siente que por una vez en toda su vida está haciendo lo que quiere hacer. A partir de esa noche, ningún hombre le va pegar, ninguna jefa la va a insultar delante de sus compañeros, no va a sentir miedo de llevarle la contraria a una madre autoritaria. A partir de esa noche, será lo que nunca fue. Feliz.

Desde siempre me ha gustado escribir relatos. Siendo adolescente escribía historias donde el amor triunfaba o el drama era el protagonista. En alguna de mis historias se mezclaban ambas cosas. A día de hoy, me gusta transmitir sentimientos y los relatos son un pequeño reto cada vez que cojo el boli. Espero seguir compartiendo letras con vosotros hasta que se me acabe la tinta.

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