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Diana camina despacio pero con paso decidido. A pesar de no tener sentido de la orientación sabe perfectamente dónde quiere llegar. Su destino se encuentra unas calles más abajo. Mira al suelo. Se resiste a levantar la mirada. Nunca le han gustado esos sitios, motivo por el cual es la segunda vez que está ahí.

Un escalofrío le recorre la espalda. “Será por el frío”, piensa. Sube la cremallera del abrigo y continúa andando. Sabe que la sensación que ha tenido no es por el frío de la tarde de noviembre. Alguien le sigue con la mirada. Pero a ella le da igual. No tiene miedo.

Cuando sabe que está llegando, levanta la mirada. Se detiene justo delante de una escalera. Muy despacio, la sube. Nota como una lágrima resbala por su mejilla. Cuando llega a su destino, acaricia la foto de su madre. En ella, una mujer bonita vestida de novia, sonríe. “Qué ironía”, piensa. “Sus restos reposan en una caja de pino y veo su cara sonriendo. Y yo, que estoy viva, no puedo dejar de llorar”.

El silencio del campo santo sólo es roto por alguna que otra ráfaga de viento. Un aire que se lleva consigo los pétalos de las flores, que se desprenden de los ramos que hay en uno u otro nicho. No se oye nada. La muerte no tiene sonido. Sólo el goteo de las lágrimas de Diana. Gotas saladas que caen en el suelo.

—Hola.

La joven grita. Está asustada y sorprendida.

—No te asustes. Eres la hija de Catalina ¿Verdad? Sois iguales.

—Sí. ¿Tú eres…?

—La única persona que la amó. Como hombre, quiero decir. Porque estoy seguro que tú la querrías mucho. Fui su primer novio hasta que tu abuela le impidió que nos viéramos. Intenté volver con ella pero todos mis intentos fueron en vano.

—¿Qué haces aquí?

Diana ya conocía la historia, aunque llegó a creer que no era cierta. Nunca conoció a ese hombre cuando su madre vivía.

—Vengo a visitarla todos los años. Le traigo flores de plástico y limpio la lápida. Había bajado a por agua cuando te he visto pasar con la cabeza baja. Y he sabido quién eras, aunque el pelo te tapaba la cara.

—Sí, he notado que alguien me observaba.

Se miran a los ojos, en silencio. No hacen falta más palabras. Catalina ha querido que las dos personas que más ama, se conozcan. Sin mediar palabra se funden en un abrazo.

Media hora más tarde Diana desanda el camino. Ahora no la acompaña el silencio, sino una animada conversación con el hombre que conoció a su madre antes de que ella naciera. Él está feliz, por fin podrá saber qué fue de su amada desde que dejó de verla. Tal vez de esta manera sea capaz de poner punto y final a una historia de amor tan fuerte que ni la muerte pudo romper.Photo by Guillermo Perez Santos

Desde siempre me ha gustado escribir relatos. Siendo adolescente escribía historias donde el amor triunfaba o el drama era el protagonista. En alguna de mis historias se mezclaban ambas cosas. A día de hoy, me gusta transmitir sentimientos y los relatos son un pequeño reto cada vez que cojo el boli. Espero seguir compartiendo letras con vosotros hasta que se me acabe la tinta.

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