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Y ahí estaba él, mirándola fijamente. Llevaba tiempo observándola pero sentía miedo cuando pensaba en acercarse a ella. Tener tres años más le hacía sentirse mayor y tenía miedo al rechazo. En alguna ocasión a punto estuvo de lanzarse al agua helada para nadar junto a ella, pero rechazaba la idea al ver que otros más jóvenes le llevaban piedras. Cuando esto sucedía, abandonaba el lugar. No quería ver si las aceptaba o no.

Ella tenía la vista fija en un pingüino de su misma altura. No entendía por qué nunca le llevaba una piedra. Era importante para ella que lo hiciera, ya que era una regla que marcaba la madre naturaleza. El animal para enamorar a su amada, debía llevarle la piedra más bonita que encontrara. Si era aceptada la piedra, serían compañeros. Deseaba que fuera él y no otro el que le llevara una piedra. Cada vez que recibía una, la rechazaba sin miramientos mientras observaba cómo se alejaba aún más ese pingüino tan guapo.

Nadar, comer, hacer piruetas en el agua. Se lo pasaban bien. De vez en cuando, sus aletas se tocaban. Queriendo o sin querer, pero había contacto entre ellos. Tenían alguna que otra conversación. Comentaban el frío que hacía o lo grandes que estaban nos icebergs. Pero nunca pasaban de ahí y la temporada de apareamiento se acercaba.

Él se da la vuelta. De nuevo, otro miembro de su misma especie, le va a llevar una piedra a la pingüina más bonita del polo. Un objeto redondo le hace tropezar y caer de pico contra el hielo. Abre los ojos para admirar la belleza de la piedra. Es preciosa, blanca y redondeada. Sin pensarlo ni un instante, se arma de valor y la coloca encima de sus patas. Despacio camina con paso decidido hasta el lugar donde ella ha rechazado a otro pretendiente.

No se puede creer lo que ven sus ojos. Se ha decidido, por fin. Ve como se acerca su pingüino favorito cargado con una hermosa piedra. Ella se adelanta, impaciente. Cuando la piedra rueda bajo sus pies, la acaricia con el pico. Es la más bonita que ha visto y piensa guardarla en un sitio seguro

Sus miradas se cruzan. Es la primera vez que están tan cerca el uno del otro y la felicidad ilumina sus caras. Cierran los ojos mientras se acarician con las aletas y sus picos se unen en un primer beso. Él se siente orgulloso de haber reunido el valor para acercarse a ella y ella está feliz porque sabe que se ha quedado con el mejor pingüino del polo.

Desde siempre me ha gustado escribir relatos. Siendo adolescente escribía historias donde el amor triunfaba o el drama era el protagonista. En alguna de mis historias se mezclaban ambas cosas. A día de hoy, me gusta transmitir sentimientos y los relatos son un pequeño reto cada vez que cojo el boli. Espero seguir compartiendo letras con vosotros hasta que se me acabe la tinta.

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