María abre la puerta de la oficina, cabizbaja. Camina despacio hasta su mesa, situada al final del único pasillo. No saluda a nadie, no tiene ganas de hablar. Hace una semana que su padre falleció y la tristeza no ha abandonado su alma.

—Hola María. —saluda Roberto, su jefe. — sabías que no hacía falta que volvieras tan pronto. ¿Verdad?

Ella levanta la vista a tiempo que una lágrima resbala por su mejilla.

—Lo sé, pero hoy es mi cumpleaños y no quería quedarme en casa. La vida sigue y debo cumplir con mi obligación.

Aparta la mirada de unos ojos negros que la observan con admiración. Coge el primer papel del montón que tiene sobre la mesa. Es una factura. Enciende el ordenador al tiempo que muerde el tape del boli mientras mira la factura sin verla.

Durante toda la mañana se respira un ambiente de tristeza. Las bromas habituales dejan paso a los susurros. Los gritos del jefe pidiendo las cosas para ayer son sustituidos por palabras educadas apenas audibles por el destinatario. Todo el mundo se compadece en silencio de una María triste que intenta trabajar y no es capaz de hacerlo sin que las lágrimas asomen por sus mejillas.

—Buenos días. ¿María? —Un alegre repartidor abre la puerta. Lleva en las manos un gran ramo de flores.

—Soy yo. —Acierta a decir entre lágrimas mientras se acerca al hombre.

Tras firmar el papel que le entrega, lee la pequeña nota.

“Muchas felicidades, ratoncita. Es muy probable que no pueda darte un beso hoy. He oído a los médicos hablar con tu madre cuando pensaban que dormía. Si se cumplen sus expectativas, quiero decirte que eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Te quiero. Siempre. Allá donde esté”

Desde siempre me ha gustado escribir relatos. Siendo adolescente escribía historias donde el amor triunfaba o el drama era el protagonista. En alguna de mis historias se mezclaban ambas cosas. A día de hoy, me gusta transmitir sentimientos y los relatos son un pequeño reto cada vez que cojo el boli. Espero seguir compartiendo letras con vosotros hasta que se me acabe la tinta.

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