El trabajo cada vez era más estresante. Con los recortes casi no quedaba personal en la redacción, Carlos cada vez estaba más saturado. Trabajaba hasta altas horas de la noche. Antes de irse a casa se pasaba por el pub a tomarse una copa. Lo hacía porque lo relajaba y se sentía mejor. Lo que en principio era algo esporádico, se convirtió en una rutina que poco a poco se adueñaba de su voluntad. María aguardaba despierta con la esperanza de tener un momento de intimidad, mientras los niños dormían. Al principio charlaban, cenaban juntos y disfrutaban el uno del otro. Con el tiempo, Carlos llegaba más ebrio. Tomar una copa después del trabajo se había convertido en un vicio. En una mala costumbre, en algo que a María no le gustaba. La crisis hizo que lo despidieran a él también. Se refugió por completo en el alcohol. Ahogaba sus penas, le hacía sentir fuerte e insensible a todo aquello que le provocaba sufrimiento. Ya no era un coqueteo con una copa, era algo más. Se trataba de una relación intensa, en la que se vio envuelto y de la que se sentía incapaz de salir. En casa la situación era cada vez peor. A María ya no le quedaban lágrimas, sólo decepción. ¿Dónde estaba Carlos? ¿Dónde se quedó aquél hombre maravilloso que la colmaba de atenciones?
No estaba del todo perdido, su amor por ella le daba momentos de lucidez. Cuando, sin poder controlarlo, rompía a llorar al verla, le prometía que lo iba a dejar, que volvería a ser el mismo.
Cansada de falsas promesas, de ver como cada día él se destruía un poquito más, decidió dejarle. Los niños estaban percibiendo una imagen de un padre que no era el suyo, de un hombre que actuaba seducido por el embrujo del alcohol. Él lloraba desconsolado y le pedía que no se fueran, que su vida sin ellos iba a ser un infierno, pero María estaba decidida. Se miraron antes de poner el coche en marcha, y sin decir una palabra, se fue. Fueron días duros para ambos. La casa estaba vacía, no habían risas, ni juguetes desperdigados por el suelo. Añoraba el olor a café recién hecho. Cuando llegaba a casa totalmente ebrio ya no tenía quien le hiciera sentir culpable. No estaban los ojos de María buscando en los suyos al hombre que la hizo dejarlo todo.
Eran algo más de las doce de la noche, iba zigzagueando por la calle tarareando algo parecido a una melodía. Un frenazo y un golpe seco hacen que se detenga. Un coche había atropellado a alguien que cruzaba la calle. El cuerpo salió despedido y cayó a sus pies. Se trataba de una mujer de unos cuarenta años. Se arrodilló para ayudarla. Al ver como temblaba de frío, la cubrió con su chaqueta. Apenas podía hablar, una leve sonrisa asomó en sus labios mientras su mano temblorosa buscaba la de Carlos. Sabía que su vida se acababa y una mano cálida haría que sintiera menos frío. Desesperado gritaba para que alguien la auxiliara. Sus gritos reflejaban la angustia de sentir que a aquella mujer que yacía a sus pies la vida la abandonaba. Sabía no podía hacer otra cosa más que acompañarla en su último viaje. Un viaje que ella no tenía previsto, pero al que la había forzado un conductor tan ebrio que apenas pudo bajarse del coche para ver lo sucedido. Mientras llamaba la ambulancia, sentía como la vida de aquella mujer se desvanecía entre sus manos. Su pulso era cada vez más débil. Ella le miraba mientras la vida iba dejando su cuerpo. En aquella mirada vio a María y todo lo que habían vivido juntos. Momentos de felicidad, llenos de vida. Momentos únicos e irrepetibles que habían dejado de ser por culpa del alcohol.

Begoña Rosa

Begoña Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña Rosa

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