Ya sabía él que no era correcto, pero, cuando la veía salir de su comercio, la miraba fijamente al contraluz de la calle. No por su figura, a pesar de parecerle bella y etérea, sino, sobre todo, por esa sensación de orfandad y desconsuelo que le dejaba al marchar; esos movimientos cimbreantes que adoraba al llegar y que le herían al partir.

Todo empezó cuando comenzaron las visitas a su farmacia, primero por pequeñas dolencias y luego por dolores tan profundos que, según ella, sólo las confidencias que él escuchaba y consolaba en la rebotica, le producían sosiego..
Según le confesaba, ella necesitaba algo más que todos aquellos medicamentos que le prescribían para aliviar su ansiedad, su vida vacía, sus incontables sufrimientos al lado de aquel ser que no compartía con ella más que momentos de maldad y que, gracias a él, su querido vecino, parecían ser más llevaderos. No se daba cuenta,  no pensaba qué estaba germinando en sus sentimientos, cuando,  al amor de su perfume y la calidez de sus manos, la escuchaba con verdadero fervor, sintiendo no ser el héroe que ella necesitaba, capaz de aniquilar a quien la ultrajaba y humillaba en ese hogar, que no lo era, y en esa vida que no debía ser. Se mostraba agradecida por su comprensión y empatía y aunque ella no lo notaba, él temblaba como una hoja y soñaba con que aquello durara siempre.
Un día no bajó, ni dio explicaciones ni excusas, y él comenzó a vender supositorios por aspirinas y laxantes por jarabes para la tos.  Estaba desquiciado, tanto, que su empleado le pidió que se fuera a casa antes de crear un descalabro en el barrio.
Cariacontecido subió a esa casa fría y solitaria que le esperaba todos los días y que, a pesar de los cuidados de la fiel asistenta que lo había criado, no dejaba de parecerle la tumba en la que se alojaban las almas de sus ancestros.
Esos muebles por los que rogarían prestigiosos anticuarios y esas cornucopias que enmarcaban parientes que ni siquiera conoció, miraban al llamado siempre “el hijo del D. Florián” como si de un sin nombre se tratara. Y es que en realidad su vida, que ya rebasaba los cincuenta, estaba pasando sin pena ni gloria.
Volvió a la preocupación por su vecina. ¿Qué habría ocurrido en su casa? Su inquietud le llevó a la conclusión de que debía hacer algo; aún arriesgándose a ponerla en evidencia, iría a buscarla y saldría de dudas.
Descendió por la escalera y, al llegar a su rellano, lo encontró cubierto de yeso.  Había olvidado que estaban haciendo algunas reformas en el apartamento, y tuvo que esquivar escombros y pilas de ladrillos, que habían amontonado los operarios, antes de marchar.
Encontró la puerta abierta, no obstante llamó, pero no le respondió nadie. Se adentró en la vivienda y, al llegar al salón descubrió a un hombre tumbado en el suelo sobre un charco de sangre.
Inmediatamente le tomó el pulso y constató que estaba muerto. Se levantó y comenzó a buscar a su amada por toda la casa, temía por su suerte, pero no la encontró.  Desesperado se dispuso a salir de la vivienda y tropezó con ella que llegaba de la calle.
Le miró con cara de sorpresa e, inmediatamente, al ver sus manos llenas de sangre comenzó a gritar.
Acudieron los vecinos, entraron en el domicilio ante la falta de respuesta a sus preguntas y empezaron a hablar entre ellos hasta que alguien, con voz potente, los hizo callar para llamar a la policía.

Apoyado él contra la pared, mientras ella descansaba en los peldaños, se diría que se habían convertido en estatuas de sal, no se advertía que respiraban. La voz de un agente los hizo volver a la realidad y los trasladó a casa de un vecino.
Pasaron horas o minutos, no lo sabía, se observaban en silencio, sin que comprendiera cómo o porqué, había cambiado todo desde la tarde anterior, en que sus miradas eran tan diferentes, allí, en su rincón de la rebotica.
A él lo llamaron primero y contó, con todo detalle, la situación tal como la había vivido.
Salió ella a continuación para ser interrogada.
Cuando volvió, después de unos minutos,  lo metieron en un coche y, sin comprender el motivo,  le preguntó al agente:

– ¿Dónde me llevan?
– A la comisaría. –respondió el policía.
– Pero… ¿porqué?
– Es usted sospechoso de asesinato.

Supo que el hombre, una buena persona, había muerto por un corte en el pecho que le llegó al corazón y, lo que es peor, que había sido causado por el abrecartas que días antes le había regalado a su amada,  recordó la escena:
– ¡Qué bello objeto! -dijo ella.
– Se lo obsequio a usted con placer, le respondió él mirándola a los ojos. Fue el abrecartas que ya utilizaba mi abuelo.
Ella lo guardó delicadamente en un pañuelo de seda y lo introdujo en su bolso, agradeciéndoselo sinceramente.
Todo le imputaba. Las marcas en el polvo del suelo,  las manos manchadas de sangre y sus huellas, en el objeto cortante.
Probablemente ella,  después de matarlo, esperara pacientemente en el vestidor hasta que él fuera a buscarla. Sabía que lo haría.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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