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Raras, francamente raras aquellas adolescentes que, en los años 70 soñaban con demostrar al mundo que valían para algo más que formar una familia, sabían que tenían fuerza para trabajar y estudiar al mismo tiempo, y lo hicieron, de hecho, se dieron innumerables casos.
Nada más terminar su segunda enseñanza, se apresuraron a buscar la forma de solventarse la vida y no ser dependientes como las mujeres de su anterior generación, siendo lo más socorrido y apropiado para una fémina en aquellos tiempos, entrar en cualquiera de las administraciones públicas preparando unas oposiciones. Ya luego harían estudios, o no, y romperían, con mucho esfuerzo, el mito de “la mujer, la pata quebrada y en casa”, aunque no todos los hombres estaban dispuestos a que sus mujeres trabajaran fuera del ámbito familiar y algunas tuvieron que ceder sin remedio. Bueno, para ellas fue una elección confortable en unos tiempos en que la mujer no se sentía tan segura de dar un paso adelante, y romper con las tradiciones y los consejos maternos.
En esos años de cambio, en los que llegaban aires de otros países -Francia, von su aún reciente y glorioso mayo del 68, Chile, con la llegada de quienes huían del “Pinochetazo” , Argentina y la desvandada a causa del Régimen de Videla, los Beatles, que ya llevaban mucho tiempo cantando, pero, aquí, no tanto, los mercadillos hippies y las íntimas discotecas con poca luz y muchas ganas de expresar el amor- la vida comenzaba a tener un gran aliciente para muchas mujeres que sabían que los sueños podrían convertirse en realidad y que, bajarse del torreón a besar a su príncipe a pie de calle, ya no era una utopía.
Eso es difícil de comprender, desde la perspectiva de la época actual y por las nuevas generaciones, pero, comenzar a respirar aires nuevos, a pesar de que nada se movía en la organización del país, tanto a nivel legislativo como por la idea concebida del papel de la mujer, propició un movimiento no organizado, pero que fluía de esas nuevas mujeres que despertaban a la idea de la igualdad, aunque imaginaran lo lejos que estaba. Empezaban a saber de su derecho a luchar por ella.
Hay mucho que hablar sobre estos gloriosos momentos, y a todos los niveles, dado que se dispusieron a trabajar en un mundo de hombres sin estar preparadas para tal convivencia, aunque les costaran disgustos familiares, como era el control de llegada a casa, fumar un cigarrillo en la calle o, simplemente, bailar en una pequeña boite al ritmo de Aretha Franklin -algo tan sencillo como dejarse llevar, muy unidos, casi sin despegar los pies del suelo, inmersos en una nube de humo, y suspirando al oído del otro-
Lo de bailar a saltitos era muy divertido, pero no daba las mismas satisfacciones.
Se podría hablar del precio que pagaron entonces por esa decisión, porque, el hombre no estaba preparado para aquél cambio. Ahora, pasados los años, esas mujeres que compaginaron la casa, los hijos y el trabajo, consiguieron a base de su esfuerzo, acceder al conocimiento, simplemente, saltando barreras y sin retroceder en su camino.
A partir de aquí, es cuando se puede comenzar a contar una historia, muy común a todas ellas.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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