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En la esquina de mi casa hay un hombre que toca el acordeón.
Lo toca siempre, a toda hora. Él cierra los ojos y no pone cuidado en el recipiente que tiene delante para las monedas. Se concentra y sonríe con sus ojos cerrados.
Es un hombre delgado, arrugado ¿mayor? No sabría decirlo. Sus pocos dientes y su cara delgada y seca dirían que sí.
De alguna manera ve a quien le da una moneda y, haciendo una pequeña reverencia con su cabeza, sigue tocando sus melodías.
A mí me sonríe siempre. Nos vemos todos los días. Como no trabaja para nadie no tiene vacaciones, ni licencias por enfermedad, ni cotiza….
Algunas veces le dejo alguna moneda, otras veces no, pero es igual, él me sonríe. Nos conocemos.
Este invierno mi marido se probó un chaquetón muy caliente que tenía en el armario y dijo que ya no se lo iba a poner. No quiso reconocer que ya no le abrochaba en la cintura, me dio a entender que quería algo diferente, no era cierto, yo lo conozco.
Una mañana, al pasar delante del músico, observé que en la esquina donde se sienta corre un aire muy frio, así que regresé a casa y le dí el chaquetón.
Cada mañana de este invierno, cuando me veía, abría un poco los brazos para que observara que lo llevaba puesto, y sonreía.
Algunas veces, al cesar su concierto, pliega su silla para ir donde viva, viene un hombre con un carrito en el que lleva las cosas más diversas que recoge en sus búsquedas, y los dos, ya de pie, beben de una botella de origen desconocido. Entonces, ambos ríen y él deja ver sus dos únicos dientes. Yo, que lo observo conmovida, pienso que llevaría alguno de oro, como es costumbre en esos países del este europeo de donde procede, pero que seguramente lo vendió para poder venir a España.
Parten juntos, riéndose y cogiéndose del cuello como dos chavalotes.
El mismo día en que hice esas reflexiones marchaba yo hacía el otro extremo y, pasando por un Organismo Oficial salían de su interior algunos políticos y, al contrario que el músico de mi esquina, no reían y, además, sus ojos y los de quienes los protegían estaban muy abiertos.
Los conductores de los flamantes automóviles les tenían las puertas abiertas y ellos desaparecieron dentro ocultos por los cristales ahumados. No sonreían, no, mas bien sus caras eran serias y rígidas. En esos momentos no estaban actuando y se veía en sus rostros la preocupación, por otra parte, justificada.
Yo no digo que la felicidad sea un estado permanente, no, eso no existe. En este lenguaje tan rico nuestro conocemos la diferencia entre el ser y el estar y a la felicidad sólo se le puede aplicar el segundo verbo.
Sería casi indecente y extremadamente egoísta decir que se es feliz. Con lo que se ve, con lo que se sabe, con las cosas que acontecen… no, dejemoslo en que estamos felices, porque la felicidad es un momento más o menos prolongado, justo el instante anterior a que se quemen las lentejas o le suba la fiebre al niño.
Yo diría que la componen momentos en que estamos bien con nosotros mismos y disfrutamos de lo que hacemos sin dañar a nadie, sin cuentas pendientes.
Todo esto me vuelve a llevar a pensar en el músico de mi esquina.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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